Susoke tiene cinco años, vive al lado del mar con su joven madre, mientras su padre, un pescador, pasa días enteros internado en un barco y de vez en cuando pasa por el frente de su casa y, con señales de luz, le dice a su hijo cuánto lo extraña.
Un día, mientras el pequeño juega con su barquito en la orilla del mar, se encuentra un pez atrapado en una botella. Arroja una piedra sobre el botellón para salvar a la criatura que parece estar expirando y se corta la mano. Entonces, el pez, liberado, de un lengüetazo le chupa la sangre y le sana la herida.
El niño no sabe que lo que tiene en sus manos no es un pez dorado, como ingenuamente piensa, sino una sirena, y sólo una sabia abuela descubrirá la verdadera naturaleza del animal: “Cuando las sirenas tocan tierra, el mar viene por ellas en forma de tsunami”, le dice al niño para que la regrese rápidamente al agua. Sin embargo, el propio océano se encargará de devolver a la traviesa sirenita al lugar donde pertenece. Pero el equilibrio natural ya se ha roto. Esta princesa del mar, hija del rey de los océanos, ha probado sangre humana y se ha enamorado del niño, quiere tener piernas y regresar cerca de Susoke.
Esta es la aventura de la más reciente película del animador japonés y ganador de un Oscar en 2003 con El viaje de Chihiro, Hayao Miyazaki, quien reinventa la clásica obra de Hans Christian Andersen, La sirenita.
Los paisajes marinos, la música que pinta imágenes coloridas y un par de niños que no hacen más que sugerir cómo se puede reinventar el mundo, son una vez más la encarnación de esa idea de Miyazaki de que no importa cuán apegados estemos a la realidad, “hay que darle un cuarto a la realidad del corazón, de la mente y de la imaginación, porque son cosas que ayudan a vivir”.
Pero, además de ser una película que mantiene el tono entrañable de esos viejos cuentos que contaban los abuelos, es una bella metáfora sobre el poder de la naturaleza. Pareciera que Miyazaki, en esta historia mágica y llena de una fauna marina que hace soñar, hubiera intentado darle la ventaja al hombre ante la inclemencia del mar, es como si descubriera una razón mitológica para todo el sufrimiento que han causado los tsunamis. Es en realidad un relato infantil que da cuenta de la lucha de dos mundos, de dos lógicas: la del agua y la de la tierra, la de los seres del mar y la de los hombres, en donde Miyazaki se distancia de la culpa ambientalista y más bien se acerca a la idea del justo y místico equilibrio.
Miyasaki, el director que nunca termina de escribir el guión cuando ya ha empezado a rodar la película, cree en el poder de las leyendas y dice estar convencido “de que las historias tienen un papel que desempeñar en la formación de los seres humanos”, y en Ponyo y el secreto de la sirenita, más que niños y reyes del mar o padres preocupados, hay un viaje al interior de los seres humanos, a sus emociones más genuinas y sus sentimientos infantiles. Quizás es por eso que el espectador no podrá quitar una sonrisa sostenida durante toda la película.