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19 Jun 2021 - 12:05 a. m.

Moby Dick (Por capítulos)

La primera publicación de “Moby Dick” fue en 1851. Presentamos el primer capítulo de una de las mayores obras de la lengua inglesa.

Herman Melville

Traducción realizada en Colombia por Santiago Ochoa Cadavid.
Traducción realizada en Colombia por Santiago Ochoa Cadavid.
Foto: Panamericana Editorial

Espejismos

Dime Ismael. Hace algunos años, sin importar cuánto tiempo exactamente, teniendo poco o nada de dinero en mi bolsa, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que podría navegar un poco y ver la parte acuática del mundo. Es una forma que tengo de ahuyentar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que siento un mal sabor en la boca, cada vez que un noviembre húmedo y lluvioso arrecia en mi alma, cada vez que me encuentro haciendo una pausa involuntaria ante los depósitos de ataúdes e interrumpo cada funeral con el que tropiezo, y especialmente cada vez que mis hipocondrías me dominan tanto que es necesario un fuerte principio moral para impedir que salga deliberadamente a la calle y les tumbe los sombreros a la gente de manera metódica, entonces considero que es hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sucedáneo de la pistola y la bala. Con una floritura filosófica, Catón se arroja sobre su espada; yo me embarco en silencio. Nada sorprendente en esto. Si ellos lo supieran, casi todos los hombres, independientemente de su condición, en un momento u otro, albergarían los mismos sentimientos hacia el océano que yo.

Allí está ahora tu ciudad insular de los Manhattoes, rodeada de muelles como islas indias por arrecifes de coral; el comercio la circunda con su oleaje. A diestra y siniestra, las calles te conducen al agua. Su centro extremo es el Battery, donde ese espigón imponente es lavado por las olas y refrescado por las brisas, que unas horas antes eran invisibles desde tierra. Mira allá las multitudes que contemplan el agua. Recorre la ciudad en la tarde de un sábado de ensueño. Anda de Corlears Hook a Coenties Slip, y desde allí, por Whitehall, hacia el norte.

¿Qué ves? Apostados como centinelas silenciosos alrededor de la ciudad, miles y miles de hombres mortales están absortos en ensueños oceánicos.

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Algunos se apoyan en los pilotes, otros se sientan en los promontorios de los muelles, otros contemplan los baluartes de los barcos provenientes de China; otros más están encaramados en la cúspide de las jarcias, como si se esforzaran por tener una mejor vista del mar. Pero todos ellos son hombres de tierra firme que pasan sus días laborales reprimidos entre listones y yeso, atados a los mostradores, clavados a los bancos, remachados a los escritorios. Entonces, ¿cómo es esto? ¿Han desaparecido los campos verdes? ¿Qué hacen ellos aquí? ¡Pero, mira! Llegan más multitudes, caminando directamente hacia el agua y aparentemente dispuestas a sumergirse. ¡Extraño! Nada los contentará sino el límite más extremo de la tierra; merodear bajo el sotavento sombreado de aquellos depósitos no será suficiente. No. Deben llegar tan cerca del agua como sea posible sin adentrarse en ella. Y ahí permanecen, confabulados, montones de ellos. Todos son habitantes del interior, llegados de callejuelas y callejones, de calles y avenidas, al norte, este, sur y oeste. Sin embargo, todos se unen aquí. Dime, ¿las virtudes magnéticas de las agujas de las brújulas de todos esos barcos los atraen hacia allá?

Una vez más. Digamos que estás en algún altiplano lacustre en el campo. Toma casi cualquier camino que te plazca, y diez de uno te llevarán a un valle y te dejarán allí, en medio de un remanso en la corriente. Hay magia en ello. Deja que el más distraído de los hombres se sumerja en sus más profundos ensueños: levanta a ese hombre sobre sus piernas, pon sus pies en marcha, y te conducirá infaliblemente al agua, si es que la hay en toda esa región. Si alguna vez tienes sed en el gran desierto americano, ensaya este experimento, si acaso en tu caravana hubiera un profesor de Metafísica. Sí: como todo el mundo lo sabe, la meditación y el agua están unidas para siempre.

Pero aquí hay un artista. Desea pintarte el paisaje más ensoñador, sombrío, sereno, encantador y romántico de todo el valle del río Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Allí están sus árboles, cada uno con un tronco hueco, como si albergaran un ermitaño y un crucifijo en su interior; y aquí duerme su pradera, y allí su ganado, y en aquella cabaña se levanta un humo aletargado. En las profundidades de los bosques lejanos, los vientos son laberínticos y llegan a las estribaciones superpuestas de las montañas bañadas por el azul de las colinas. Pero aunque la imagen permanece en trance y este pino adapta sus suspiros como hojas sobre esa cabeza de pastor, todo ha sido en vano sin embargo, a menos que el ojo del pastor reparara en la corriente mágica que tenía frente a él. Visita las praderas en junio y vadea hasta las rodillas por millas y millas entre lirios atigrados.

¿Cuál es el encanto que falta? El agua, ¡no hay ni una gota de agua allí! Si el Niágara fuera una catarata de arena, ¿recorrerías miles de millas para verla? ¿Por qué el pobre poeta de Tennessee, tras recibir inesperadamente dos puñados de plata, se debatió entre comprarse un abrigo, que desgraciadamente necesitaba, o invertir su dinero en un viaje a pie hasta Rockaway Beach? ¿Por qué casi todos los niños robustos y sanos, con un alma igualmente robusta y sana, se obsesionan por ir al mar en algún momento u otro? ¿Por qué en tu primer viaje como pasajero, tú mismo sentiste una vibración tan mística cuando te dijeron por vez primera que tú y tu barco ya eran invisibles desde tierra? ¿Por qué los antiguos persas consideraban sagrado el mar? ¿Por qué los griegos le confirieron una deidad separada, un hermano de Júpiter?

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Seguramente todo esto no carece de sentido. Y aún más profundo es el sentido de aquella historia de Narciso, que al no poder abrazar la imagen exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se sumergió en ella y se ahogó. Sin embargo, esa misma imagen la vemos nosotros mismos en todos los ríos y océanos. Es la imagen del fantasma indescifrable de la vida; la clave de todo.

Ahora, cuando digo que tengo el hábito de hacerme a la mar cada vez que se me empiezan a nublar los ojos y comienzo a ser demasiado consciente de mis pulmones, no pretendo que se infiera por ello que voy al mar como un simple pasajero. Ya que para ir como pasajero es necesario tener una bolsa, y una bolsa vacía no es más que un harapo, a menos que tenga algo adentro. Además, los pasajeros se marean, se vuelven pendencieros, no duermen por las noches ni se divierten mucho en términos generales; nunca voy como pasajero, y aunque en cierto sentido soy un navegante, no voy al mar como un comodoro, capitán o cocinero. Les dejo la gloria y la distinción de tales oficios a quienes les gustan. Por mi parte, desprecio todo tipo de trabajos, pruebas y tribulaciones honorables y respetables. Es todo lo que puedo hacer para cuidarme a mí mismo sin tener que ocuparme de barcos, barcas, bergantines, goletas y todo lo demás. Y en cuanto a ir como cocinero —aunque confieso que hay una gloria considerable en ello, pues un cocinero es una especie de oficial en el barco—, de alguna manera nunca me gustó asar aves de corral, aunque una vez horneadas, debidamente untadas con mantequilla y rigurosamente salpimentadas, no hay nadie que hable más respetuosamente, por no decir reverencialmente, de un ave asada como lo haría yo. Gracias a las adoraciones idólatras de los antiguos egipcios por los ibis asados e hipopótamos braseados ves las momias de esas criaturas en los asaderos monumentales que eran las pirámides. No, cuando me hago a la mar, voy como un simple marinero, bien plantado frente al mástil o trepado en el palo mayor. Es cierto que prefieren darme órdenes y hacerme saltar de verga en verga, como un grillo en una pradera de mayo. Y al principio, este tipo de cosas son muy desagradables. Te lacera el sentido del honor, particularmente si vienes de una familia antiguamente establecida en tierra, como los Van Rensselaer, los Randolph, o los Hardicanute. Y más que todo, si justo antes de poner tu mano en la olla de alquitrán, la has manipulado como un maestro de escuela rural, haciendo que los niños más altos se atemoricen con su simple presencia. La transición de maestro a marinero es aguda, te lo aseguro, y se requiere una fuerte infusión de Séneca y de los estoicos para que puedas sonreír y soportarla. Pero incluso esto desaparece con el tiempo.

¿Y qué si un viejo capitán de barco me ordena agarrar una escoba y barrer las cubiertas? ¿A qué equivale esa indignidad, sopesada, quiero decir, en las balanzas del Nuevo Testamento? ¿Crees que el arcángel Gabriel piensa menos de mí porque obedezco de manera pronta y respetuosa a los ancianos en ese caso en particular? ¿Quién no es un esclavo? Dímelo a mí. Bien, entonces, sin importar cómo me ordenen los viejos capitanes de mar, por mucho que me aporreen y golpeen, tengo la satisfacción de saber que todo está bien; que todos los demás son mandados de una manera u otra del mismo modo, ya sea desde un punto de vista físico o metafísico, es decir, que así va circulando el golpetazo universal, y todas las manos deben frotarse mutuamente los omoplatos y darse por bien servidas.

Una vez más, siempre me hago a la mar como marinero porque se ocupan de pagarme por mis problemas, mientras que, por lo que he oído decir, a los pasajeros nunca les pagan ni un solo centavo. Por el contrario, ellos mismos deben pagar. Y existe toda la diferencia en el mundo entre pagar y ser pagado. El acto de pagar es quizá la aflicción más incómoda que nos legaron esos dos ladrones del frutal. Pero que te paguen, ¿qué se compara con eso? La actividad urbana por la que un hombre recibe dinero es realmente maravillosa, considerando que creemos de manera tan sincera que el dinero es la raíz de todos los males terrenales, y que de ninguna manera puede un hombre adinerado entrar en el cielo. ¡Ah! ¡Cuán alegremente nos condenamos a la perdición! Por último, siempre me hago a la mar como marinero por el ejercicio sano y el aire puro del puente de proa. Porque al igual que en este mundo, los vientos de proa son más frecuentes que los vientos de popa (es decir, si nunca violamos la máxima pitagórica), por lo que en su mayor parte el comodoro en el alcázar recibe su atmósfera de segunda mano de los marineros en el castillo de proa. Cree ser el primero en respirarla, pero no es así. De manera semejante, las comunidades guían a sus líderes en muchas otras cosas, y los líderes escasamente lo sospechan. Pero precisamente por eso, después de haber olido el mar una y otra vez como un marinero mercante, se me metió en la cabeza la idea de emprender un viaje para cazar ballenas; eso puede explicarlo mejor que nadie el invisible agente de policía de los Hados, que me vigila constantemente, me persigue en secreto y ejerce una influencia inexplicable sobre mí. Y, sin duda, mi participación en este viaje ballenero formaba parte del gran programa de la Providencia, establecido desde mucho tiempo atrás. Se manifestó como una suerte de interludio breve y solo entre actuaciones más extensas. Supongo que esta parte del cartel debe haber sido algo así:

Gran Contienda Electoral Por

La Presidencia De Estados Unidos

UN TAL ISMAEL VIAJA A CAZAR BALLENAS

Batalla Sangrienta En Afganistán

No puedo decir el motivo exacto por el cual esos directores de escena que son los Hados me asignaron este papel mezquino en un viaje de cacería de ballenas, cuando a otros les dieron papeles magníficos en nobles tragedias, representaciones breves y fáciles en comedias refinadas, y apariciones alegres en farsas, aunque desconozco con exactitud por qué fue exactamente así; sin embargo, ahora que recuerdo todas las circunstancias, creo poder vislumbrar las causas y los motivos que me presentaron astutamente encubiertos, lo cual me llevó a poner en práctica el papel que representé, además de embaucarme con la ilusión de que era una elección derivada de mi libre albedrío y discernimiento.

El principal de estos motivos era la idea abrumadora de la gran ballena en sí. Un monstruo tan portentoso y misterioso despertó toda mi curiosidad. Estaban, además, los mares salvajes y distantes donde giraba su masa tan grande como una isla, los peligros indescriptibles e innombrables de la ballena; esto, así como todas las maravillas complementarias de mil vistas y sonidos patagónicos, ayudaron a convencerme de mi deseo. Es muy probable que estas cosas no hubieran sido un incentivo para otros hombres, pero a mí me atormenta un deseo inagotable de cosas remotas. Me encanta navegar en mares prohibidos y desembarcar en costas bárbaras. Aunque no ignoro lo bueno, percibo rápidamente el horror, y podría incluso compartirlo si me lo permitieran, ya que es agradable estar en buenos términos con todos los inquilinos del lugar donde uno vive.

Debido a todas estas cosas, el viaje de caza de ballenas fue bienvenido; las grandes compuertas del mundo de las maravillas se abrieron, y en las vanidades desenfrenadas que me inclinaban hacia mi propósito se incrustaron de dos en dos en lo más profundo de mi alma, procesiones interminables de ballenas y, entre todas ellas, un gran fantasma encapuchado, como una montaña nevada en el aire.

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