30 Oct 2015 - 3:23 a. m.

Mónica Meira: el absurdo a gran escala

Ya son conocidos los personajes en éxodo y la bruma de los paisajes de la dibujante nacida en Londres. Pero ¿cómo está presente el absurdo en su vida? Intentamos rastrearlo en cuatro episodios.

William Martínez

No hay cielo en los paisajes de Mónica Meira. Tampoco horizonte. En esos campos abismales manchados a blanco y negro, de naturaleza muerta casi siempre, la gente y los perros —figuras minúsculas— escapan. Meira (Londres, 1949), aun así, ve esperanza en ellos. La esperanza, dice, está en que esa gente, que podrían ser indígenas guatemaltecos o refugiados sirios, soporta decenas de kilos de enseres en los hombros y sale del barro y atraviesa ríos en busca de otros paisajes. ¿A dónde van? ¿Qué sigue después?, uno se pregunta.

Las figuras pequeñas no son nuevas en la historia del arte. Las obras de Brueghel el Viejo o de los primitivos flamencos o italianos están repletas de ellas, aunque con un rol de accesorio: se utilizan para adornar iglesias o para mostrar a los donantes y sus ofrendas, buscando siempre la perspectiva. En Meira, en cambio, las figuras son el centro. Los espacios no tienen perspectiva: esa es la tensión, el ritmo.

Estos paisajes sólo son un camino del laberinto para llegar a Mónica Meira, una cazadora de situaciones inverosímiles. El absurdo, para ella, cae en la vida como un rayo. No se puede pelear con el azar: estamos acorralados. “Tú sales a la calle y ves un tipo en bicicleta que carga atrás su casa. Uno dice se va a matar, y no se mata”. Pero el absurdo también está en la tragedia. “Si te dicen: tumbaron las Torres Gemelas, uno no lo cree. No puede ser cierto que tumben esas torres gigantescas. Estamos rodeados de cosas que no podemos controlar, esa es la vida”.

Bogotá, la quietud

Meira se siente como uno de los personajes en éxodo de sus paisajes. Hija de padres argentinos —Ramón Meira-Serantes, diplomático, y Perla Zabotinsky, ama de casa—, pasó la infancia de país en país con sus cinco hermanos. En noviembre de 1956, en medio de una misión diplomática, llegaron a Colombia. Presenciaron la caída de Rojas Pinilla, vivieron los toques de queda. Seis años de estancia en el país le sirvieron a la familia para conocer la quietud: “Colombia no tiene estaciones, eso marca mucho. Para una persona que ha vivido en lugares donde cada cuatro meses todo está cambiando —la mentalidad de la gente, la manera de vestir, el paisaje mismo— es muy definitivo llegar a un paisaje más estable, una situación más estable”. En Bogotá, Meira terminó el colegio y la universidad, y estudió una maestría en bellas artes en la Universidad de los Andes, en donde conoció a su esposo. Sus hijos, Miguel y Verónica Cárdenas, también pintores, son colombianos. “Me nacionalicé en 2003. Hoy en la mañana, precisamente, se nacionalizó mi hermana. Es emocionante porque Colombia es mi segunda patria”.

Terremoto en Popayán, 1983

Una sacudida de 5,5 grados de magnitud despertó a Popayán un Jueves Santo. Dieciocho segundos: 380 muertos. El temblor hizo entender a Meira la fragilidad de la vida. “Somos jóvenes, llevamos poco de casados, los niños están chiquitos. Vámonos”. El destino era París. Quería viajar con el pintor Juan Cárdenas —su profesor en la Universidad de los Andes y luego su marido— para estudiar, conocer, dibujar. Vivió allá de 1983 a 1987, para después afincarse en Nueva York.

Empezar a los 40

Los temas trabajados en la historia del arte son pocos. La figura humana, el retrato, el bodegón, el paisaje. Para Meira, los instrumentos tradicionales —un lápiz, un pincel— son la punta de lanza de una obra contemporánea. En 1993 la artista empezó un posgrado en pintura en la Universidad de Nueva York. Tenía 40 años. Quería estudiar el fenómeno artístico de los noventa por una razón: el arte se había dislocado, tomado vías alternas a su formación clásica. “¿Qué hace aquí pintando con una paleta?”, soltaban, en medio de carcajadas, sus profesores y compañeros. “Tuve unas confrontaciones fuertes sobre qué era el arte y cómo se podía hacer. Pensé: con el lápiz y el pincel debo buscar una nueva forma de ver el dibujo y la pintura. ¡Que no me cataloguen! ¡Que no me digan que me quedé en el pasado!”. Por eso, tal vez, sus dibujos se salen de las proporciones regulares (esos cuadros difíciles de enmarcar miden hasta dos metros) y pueden pasar por pinturas. El nombre que tenía Mónica Meira en Colombia no lo tenía en Estados Unidos. Era una estudiante más, sólo que anacrónica y con un inglés renqueante.

9/11, Nueva York

El día en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, Meira pintaba inmigrantes sobre una lona en su taller, a setenta cuadras de las Torres Gemelas. La programación radial se interrumpió a las 8:45 a.m. para dar la noticia. Meira llamó a su marido, que estaba en Bogotá, y le dijo que prendiera el televisor. Los dos vieron derrumbar la segunda torre. Miguel, su hijo, estaba más cerca: había salido a tomar fotos por Chinatown. Como todos, estuvo dos días pegada al noticiero esperando por si pasaba algo más. Nueva York sin carros y sin gente: el monstruo convulso adormecido. La tensión del paisaje, la violencia manó en los lienzos tras esos 45 minutos de parálisis. “Reflexioné sobre las guerras. ¿Cómo pueden destruir tanto para pedir algo? ¿Hasta dónde llegamos por el odio? También entendí que no podemos oír todo el tiempo cosas trágicas y trágicas y trágicas. Si uno no pone humor, se hunde”.

 

Exposición: “El dibujo de Mónica Meira: testimonio de otra realidad”.

Lugar: galería Espacio Alterno, Asociación de Egresados de la Universidad de los Andes.

Horario: lunes a viernes de 10 a.m. a 1 p.m. y de 2 p.m. a 8 p.m. hasta el 27 de noviembre.
 

williammartinezh@gmail.com

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