México y el muralismo son ideas inseparables, como lo son también los nombres de los muralistas David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera. El mural como expresión de la identidad de México y testimonio gráfico de la Revolución mexicana es un referente bien conocido del arte del siglo XX. Sin embargo, como en tantas otras facetas y disciplinas de la vida diaria, que en estos tiempos vemos con otra mirada gracias al nuevo auge del feminismo, son varios los nombres de muralistas mujeres que han pasado desapercibidos.
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Fanny Rabel, Rina Lazo, Regina Raull o Aurora Reyes son apenas algunos nombres de importantes muralistas cuyo trabajo se vio opacado al competir con el de los hombres. La primera mitad del siglo XX seguía siendo en muchos aspectos un mundo reservado a los hombres, por ello el hecho de que estas mujeres lograran abrirse paso y conseguir algún reconocimiento de sus obras es una muestra de su valor.
Hay que tener en cuenta, además, la dimensión de lo que implica hacer un mural, pues se tiene que conceder el muro al artista, un espacio visible, bien sea público o privado, cuya relevancia justifique plasmar allí una obra. Que las mujeres lograran eso a mitad del siglo XX fue toda una gesta y también una declaración de poder, pues dominar un espacio a través del arte solo se puede interpretar como una metáfora de los espacios que han conquistado las mujeres en la sociedad.
Hoy, en una realidad dominada por una pandemia donde lo público se diluye al estar confinados a espacios privados, que surja una mujer muralista es una rareza. Eso es lo que ha logrado Moon Venture (Montserrat Ventura), artista gráfica de San Luis Potosí (México). La artista obtuvo su título universitario en Diseño Gráfico apenas en junio de 2020. Dos meses después hizo su primer mural y expuso otro en el Museo de Arte Contemporáneo de su ciudad.
En una entrevista para Verne, la historiadora de arte Dina Comisarenco reveló que en el mejor período del muralismo mexicano los hombres podían hacer hasta veinte murales en vida, mientras que las artistas apenas lograban hacer tres. En seis meses Moon Venture ha duplicado esa estadística, en una época, además, en la que los muros de las calles parecen ajenos debido a los confinamientos.
¿Cómo nació Moon Venture, la artista?
Toda mi vida he dibujado y he pintado, pero lo he aprendido yo sola. Desde siempre he traído esta onda del dibujo. Entrando a estudiar Diseño Gráfico, aprendí de herramientas y softwares, y tuve un poquito más de acercamiento a lo digital. Ahí me fui por el camino de la ilustración, porque fue lo que más me gustó.
En todo el discurso de mi ilustración represento la figura femenina, represento mucho poder. Creo que por ahí va: me buscan por esa línea de lo femenino.
¿Cómo fueron esos primeros trabajos?
El primero fue con una chava que tiene un Airbnb. Ella vio mis ilustraciones en Instagram y me contactó. Fue algo muy local. El segundo fue una convocatoria del gobierno para artistas de todo México llamada “Traza Jalisco”. Se escogieron 110 artistas, entre cerca de 900 que presentaron sus diseños. Fue para pintar unas columnas del tren ligero de Guadalajara. De estos dos proyectos partió todo. Justo al día siguiente de llegar de Jalisco, pinté en el Museo de Arte Contemporáneo de San Luis Potosí. Esa exposición se llamó “Neomuralismo”. Lo que hicieron ellos fue llevar el muralismo y el arte callejero al museo. Ahí participé junto con once artistas.
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¿Hay una intención artística en su trabajo desde el discurso feminista?
Sí, mi intención desde la ilustración es siempre mostrar a la mujer como algo poderoso, como algo muy bonito. Se trata de tener la intención de mandar un mensaje de presencia de la mujer y es lo que he hecho desde el primer mural. En él había una mujer, encima de ella la luna y ella estaba en el centro. Era la figura que más impactaba. Ese lo llamé Divina feminidad. Esta pieza la subí a redes sociales y en Twitter se hizo viral: tuvo 69 mil likes. Yo dije: ¡órale!, no esperaba eso, pues tenía como 700 seguidores. Así que a la gente le gustó.
Con respecto al segundo, me comentaron que unos días antes de que yo pintara ese mural se dio una marcha feminista donde rayaron todo el centro, los monumentos, el piso, todo. Mi muro se llama Sororidad y representa a tres mujeres abrazadas. Ahí entendí el sentido que la gente le fue dando a la obra, pues no fue nada más ver el dibujo ahí, sino entender que en el trasfondo hay una marcha en la que las mujeres estuvimos unidas. Ese es el impacto.
¿Qué opina de las reacciones frente a las pintadas en monumentos y espacios públicos? Muchas veces esto genera más indignación que la violencia que esas pintadas o murales denuncian.
Un mes después de que pinté la columna en Jalisco me llamaron de una emisora de radio de allá y me preguntaron si yo estaba de acuerdo con que las mujeres se manifestaran así: rayando. Es decir, me preguntaron si yo como artista que había hecho ahí un muro estaba de acuerdo con que ellas se manifestaran rayando monumentos. Yo estoy de acuerdo, pues lo que yo hago no se aleja de lo que ellas hacen. Está la intención, que creo que es la misma, ¿no?
Mucha gente decía: “lo que ustedes hacen está muy bonito, pero lo que hacen acá las feministas y los pandilleros no”. Y yo pienso que las dos son una forma de expresión, las dos son protestas, las dos son discursos. Cada uno lo hace a su manera y con lo que puede.
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En estos meses en los que empecé a pintar murales le agarré un sentido muy grande al mensaje y al impacto que este puede tener en muchísima gente. No se trata nada más de la gente que pasa en frente de un muro, sino de aquella a la que le llega la pieza por internet. Es un alcance impresionante. Mientras se sigan dejando esos mensajes, me parece que vamos por buen camino. Sea de la forma que sea, son mensajes a fin de cuenta. Estén en un monumento, estén legales en una pared, es lo mismo.
¿Cómo es la movida del arte callejero en San Luis Potosí?
Por lo que he empezado a conocer, creo que falta mucho. No hay tantos artistas, y menos mujeres, y si hay poquitas son más de lo ilegal, del grafiti. Todavía falta.
San Luis es una ciudad muy conservadora, es de las conservadoras de México, incluyendo Querétaro y Zacatecas. Estas son ciudades todavía muy cerradas, a diferencia de Guadalajara y de Ciudad de México donde hay muchísimos artistas y hay mucha más libertad. Aquí no. Aquí todavía hay personas que les rayan y se ponen mal, son de las que lloran por los monumentos.
¿Qué efecto han tenido los murales en su trabajo y en su mensaje?
El efecto más grande es que ahora hay mucha más gente que voltea a ver tu trabajo. Tener más espectadores no es que me cause una presión, pero sí pienso más en las cosas que quiero decir y ya un muro lo veo como una oportunidad de poder dar algún discurso, no necesariamente de protesta. No lo hago para que le guste a toda la gente, pero sí para dejar algo mío en ese lugar.
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¿Cuáles son sus referentes artísticos actualmente?
Hay una chava de la que me encanta todo lo que hace. En Instagram está como Poni, pero se llama Hilda Palafox. Ella también es ilustradora y hace murales con figuras femeninas. Y mi primer referente fue Paula Bonet. Ella es española, pero reside en Chile. Ella también hace una ilustración muy femenina y ha llegado a hacer uno que otro mural.
Y en las intervenciones concertadas, ¿cómo reacciona la gente a esos murales?
Hice el del Museo de Arte Contemporáneo y uno en la calle, ambos con temática del Día de los Muertos. A la gente le gustó. Pero creo que el más polémico no está en un lugar abierto: es mi quinto mural, el que hice en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Tuvo mucha aceptación, pero algunas personas me dijeron: “¡No, cómo estás poniendo eso!”. Yo dibujé dos mujeres gritando con un megáfono y había fuego en todo el mural. La leyenda decía: “Nuestros gritos seguirán ardiendo”.
Eso a muchos no les gustó, pues la Escuela de Derecho es un lugar supuestamente correcto, pero donde el acoso se ha visibilizado en toda la universidad. Hubo aceptación, pero no por parte de todos. Por supuesto, las críticas venían de voces masculinas, de adultos. Mientras yo pintaba se paraban con una cara de desprecio absoluto y se iban. Algo no les gustó (se ríe); pero ese muro no lo hice para que gustara, lo hice para incomodar.
¿Por qué sabía que un mural así iba a incomodar en una universidad? ¿Hay algo en el contexto de San Luis Potosí que permita entender ese rechazo?
Sí, claro. Esa convocatoria del mural la organizó un colectivo feminista de la universidad. A ese colectivo no todos lo quieren por lo mismo, porque es el que impulsa el “Tendedero de Denuncias”. Ahí ‘queman’ a los profesores porque, sí, hay acoso. Porque, aunque yo no voy a esa facultad —yo estudie en la Facultad del Hábitat—, a mí me tocó, a mis amigas les tocó y esto no es ajeno a una sola facultad. El acoso se da en toda la universidad y en todas las universidades.
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Por ejemplo, hasta en la misma marcha feminista del 8 de marzo, que fue en el centro de la ciudad, rayaron el edificio de la universidad, le aventaron huevos, le rompieron las ventanas, porque se estaban haciendo sordos ante todas las quejas. Se tardaron en despedir a profesores, aunque estaba comprobadísimo que lo hacían. La misma universidad los tapaba.
La verdad es que la pandemia agudizó y visibilizó más el problema, porque este siempre ha estado. Pero creo que esto es un avance importante: la universidad dejó que se pintara un mural feminista en esa facultad. Creo que ahí va. No sé qué pretendían cuando lo autorizaron, porque viene desde arriba, pero ahí está.