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Edgar Morin: “Ni los hombres ni las mujeres deben ser juguetes de sus ideas y mentiras”

A propósito de la muerte del gran pensador francés, fragmento de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, libro escrito para la Unesco por Edgar Morin en 1999, como contribución a la reflexión internacional sobre cómo educar para un futuro sostenible.

Edgar Morin * / Especial para El Espectador

02 de junio de 2026 - 10:00 a. m.
Edgar Morin era un filósofo y sociólogo nacido el 8 de julio de 1921 en París y que murió el pasado 29 de mayo de 2026. Es considerado uno de los pensadores europeos más influyentes de la historia contemporánea.
Foto: AFP - PASCAL GUYOT
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Una idea o una teoría no debería ser pura y simplemente instrumentalizada, ni imponer sus veredictos de manera autoritaria; ella debería relativizarse y domesticarse. Una teoría debe ayudar y orientar las estrategias cognitivas conducidas por los sujetos humanos.

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Nos es muy difícil distinguir el momento de separación y de oposición entre aquello que ha salido de la misma fuente: la Idealidad, modo de existencia necesario a la idea para traducir lo real, y el Idealismo, toma de posesión de lo real por la idea; la racionalidad, dispositivo de diálogo entre la idea y lo real; y la racionalización que impide este mismo diálogo.

Igualmente, existe una gran dificultad para reconocer el mito oculto bajo la etiqueta de ciencia o razón. Una vez más, vemos que el principal obstáculo intelectual para el conocimiento se encuentra en nuestro medio intelectual de conocimiento. Lenin dijo que los hechos eran tozudos. Él no había visto que la idea fija y la idea-fuerza, o sea las suyas, eran aún más tozudas. El mito y la ideología destruyen y devoran los hechos.

Sin embargo, son las ideas las que nos permiten concebir las carencias y los peligros de la idea. De allí, la paradoja ineludible: debemos llevar una lucha crucial contra las ideas, pero no podemos hacerlo más que con la ayuda de las ideas. No debemos nunca dejar de mantener el papel mediador de nuestras ideas y debemos impedirles que se identifiquen con lo real. Solo debemos reconocer, como dignas de fe, las ideas que conllevan la idea de que lo real resiste a la idea. Esta es la tarea indispensable en la lucha contra la ilusión.

Lo inesperado nos sorprende porque nos hemos instalado con gran seguridad en nuestras teorías, en nuestras ideas, y estas no tienen ninguna estructura para acoger lo nuevo. Lo nuevo brota sin cesar; nunca podemos predecir cómo se presentará, pero debemos contar con su llegada, es decir, contar con lo inesperado.

Y, una vez sobrevenga lo inesperado, habrá que ser capaz de revisar nuestras teorías e ideas, en vez forzar la entrada del nuevo hecho en una teoría incapaz de acogerlo verdaderamente. ¡Cuántas fuentes, causas de error y de ilusión múltiples y renovadas sin cesar en todos los conocimientos! Por eso la necesidad para cualquier educación de despejar los grandes interrogantes sobre nuestra posibilidad de conocer.

Practicar estas interrogaciones se constituye en oxígeno para cualquier empresa de conocimiento. Así como el oxígeno destruía los seres vivos primitivos hasta que la vida utilizó este corruptor como desintoxicante, igual la incertidumbre que destruye el conocimiento simplista, es el desintoxicante del conocimiento complejo. De todas formas, el conocimiento queda como una aventura para la cual la educación debe proveer las ayudas indispensables.

El conocimiento del conocimiento que conlleva la integración del cognocente en su conocimiento debe aparecer ante le educación como un principio y una necesidad permanente. Debemos comprender que hay condiciones bio-antropológicas (las aptitudes del cerebro mente humano), condiciones socio-culturales (la cultura abierta que permite los diálogos e intercambios de ideas) y condiciones noológicas (las teorías abiertas) que permiten «verdaderos» interrogantes, esto es, interrogantes fundamentales sobre el mundo, sobre el hombre y sobre el conocimiento mismo.

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Debemos comprender que, en la búsqueda de la verdad, las actividades auto-observadoras deben ser inseparables de las actividades observadoras, las autocríticas inseparables de las críticas, los procesos reflexivos inseparables de los procesos de objetivación. Debemos aprender que la búsqueda de la verdad necesita la búsqueda y elaboración de meta-puntos de vista que permitan la reflexividad, que conlleven especialmente la integración del observador-conceptualizador en la observación-concepción y la ecologización de la observación-concepción en el contexto mental y cultural que es el suyo.

También podemos aprovechar el enajenamiento que nos hacen experimentar las ideas para dejarnos poseer justamente por las ideas de crítica, de autocrítica, de apertura, de complejidad. Las ideas que yo defiendo aquí no son tanto ideas que yo poseo, sino que son sobre todo ideas que me poseen. Más ampliamente, debemos intentar jugar sobre posesiones dobles, la de las ideas por nuestro espíritu, la de nuestro espíritu por las ideas, para lograr que el servicio mutuo se convierta en convivencia.

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He aquí un problema clave: instaurar la convivencia con nuestras ideas, así como con nuestros mitos. La mente humana debe desconfiar de sus productos «ideales» los cuales son al mismo tiempo vitalmente necesarios.

Necesitamos un control permanente para evitar idealismo y racionalización. Necesitamos negociaciones y controles mutuos entre nuestras mentes y nuestras ideas. Necesitamos intercambios y comunicaciones entre las diferentes regiones de nuestra mente. Hay que tomar conciencia del eso y del se que hablan a través del yo, y hay que estar alertas permanentemente para tratar de detectar la mentira a sí mismo.

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El presidente francés Emmanuel Macron (izq.) saluda al filósofo y sociólogo francés Edgar Morin (centro) y a su esposa Sabah Abouessalam (der.) durante una ceremonia para conmemorar su centenario en el Palacio del Elíseo en París, el 8 de julio de 2021.
Foto: AFP - YOAN VALAT

Necesitamos civilizar nuestras teorías, o sea una nueva generación de teorías abiertas, racionales, críticas, reflexivas, autocríticas, aptas para autoreformarse. Necesitamos encontrar los meta-puntos de vista sobre la noósfera, los cuales no pueden suceder más que con la ayuda de ideas complejas, en cooperación con nuestras mismas mentes buscando los meta-puntos de vista para auto-observarse y concebirse.

Necesitamos que se cristalice y se enraíce un paradigma que permita el conocimiento complejo. Las posibilidades de error y de ilusión son múltiples y permanentes: las que vienen del exterior cultural y social inhiben la autonomía del pensamiento y prohíben la búsqueda de verdad; aquellas que vienen del interior, encerradas a veces en el seno de nuestros mejores medios de conocimiento, hacen que los pensamientos se equivoquen entre ellos y sobre sí mismos.

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¡Cuántos sufrimientos y desorientaciones se han causado por los errores y las ilusiones a lo largo de la historia humana y de manera aterradora en el siglo XX! Igualmente, el problema cognitivo tiene importancia antropológica, política, social e histórica. Si pudiera haber un progreso básico en el siglo XXI sería que ni los hombres ni las mujeres siguieran siendo juguetes inconscientes de sus ideas y de sus propias mentiras. Es un deber importante de la educación armar a cada uno en el combate vital para la lucidez.

* Se publica por cortesía de la Unesco. Traducción original al español, a cargo de Mercedes Vallejo-Gómez. Edgar Morin (París, 1921): hijo de judíos sefarditas originarios de Salónica, su infancia parisina estuvo marcada por la lectura y una profunda conciencia política que lo llevó desde joven a participar en movimientos antifascistas y a alistarse en la Resistencia durante la ocupación nazi. Este compromiso vital se reflejará más tarde en su pensamiento complejo y transdisciplinario. Tras la Segunda Guerra Mundial, comenzó su carrera literaria con Año cero de Alemania (1946), una crónica lúcida de la devastación alemana. Su obra se nutre de su experiencia política, su formación filosófica y su vocación crítica. Expulsado del Partido Comunista en 1952, fue admitido en el prestigioso CNRS, donde desarrolló una trayectoria investigadora centrada en el estudio de la cultura, los medios y la condición humana, integrando influencias del marxismo, el existencialismo, la teoría de sistemas y la cibernética. Fundador de influyentes publicaciones como Arguments y Communications, Morin participó activamente en debates clave del siglo XX, desde la guerra de Argelia hasta el Mayo del 68, y fue pionero en la elaboración del paradigma de la «complejidad». Su obra magna, El método, compuesta por seis volúmenes publicados entre 1977 y 2004, propone una epistemología abierta que conecta las ciencias, las humanidades y la ética. Galardonado con premios como el Internacional Cataluña (1994) y la Gran Cruz de la Legión de Honor (2021), Morin sigue siendo una figura central del pensamiento crítico global, cuya obra ilumina los desafíos del saber en un mundo incierto y entrelazado.

Por Edgar Morin * / Especial para El Espectador

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