Nietzsche acudió a lo simbólico para establecer diferencias entre la música del Clasicismo y el Romanticismo. Encontraba en lo clásico a Apolo, dios de lo proporcional, lo armonioso y lo racional. En contraste, lo romántico como embriagante y extático, lo identificaba con la figura de Dionisio, dios del vino y los placeres. Más que una antítesis, esta perpetua tendencia pendular entre estilos musicales que se suceden en un aparente ejercicio de negación dialéctica, es complementaria. Dicho movimiento de vaivén ha ocurrido con las músicas académicas anteriores y posteriores a las que Nietzsche se refiere, y aún es así en nuestro tiempo. Y ambos caracteres en la música pueden generar reacciones de diverso gozo en el oyente.
En este espíritu de complemento, el ensamble Le Balcon ofreció dos conciertos que presentaron repertorios contrastantes del siglo XX. El primero de estos conciertos –ofrecido la noche del jueves 8 de junio, presentó Le Marteau sans maître y Anthèmes II, dos obras de Pierre Boulez, a quien se le podría considerar como un compositor apolíneo, en términos de lo racional. A mediados de los años 50, cuando Boulez escribió Le Marteau sans maître, hacía parte de un grupo de compositores que en sus obras buscaban el completo control de los materiales musicales. En el serialismo integral se establecían órdenes en las notas, las dinámicas y los ritmos. En contraparte, el caso de Anthèmes II, pieza de los años 90, corresponde a una etapa en la que Boulez ya había pasado por distintos lenguajes y había adoptado la experimentación electroacústica.
El segundo concierto, realizado el domingo 11 de junio, presentó el Cuarteto para el fin de los tiempos, una obra emblemática de Olivier Messiaen, que podríamos identificar con un carácter dionisiaco. Esto, por la carga emocional de la obra en conjunto, escrita en un campo de prisioneros cuando Messiaen fue capturado por los nazis en medio de la Segunda Guerra Mundial. Aunque la inspiración del devoto Messiaen fue en ese momento teológica, dadas sus lecturas del Libro de las revelaciones en tiempos apocalípticos, el material apela también a lo humano, lo mundano y lo emocional.
Pero el logro de Le Balcon fue mayor al hecho de presentar repertorios disímiles, todos ellos muy bien interpretados en sus conciertos; tiene que ver también con una puesta en escena en este mismo sentido, que invitó tanto al disfrute refinado (apolíneo), como al goce profundo y placentero (dionisiaco) en los planos auditivo, visual y en general, sensorial.
En la sección que considero más ortodoxa del primer concierto, Le Balcon resaltó durante su interpretación de Le Marteau sans maître con su variopinta paleta de colores sonoros. Así la música serialista de Boulez se presente para algunos como extraña, lejana e ininteligible, con el recurso de una instrumentación nada común – pensada en su momento para enriquecer el lenguaje musical europeo, me sumergí en atmósferas con tintes afrocaribeños y asiáticos. El disfrute de esta parte radicó, para nosotros los desentendidos, en escuchar diálogos entre instrumentos que normalmente no asociamos con la música académica europea. También en los intensos diálogos entre la voz y la flauta, en una suerte de contrapunto en el que se diluían sus funciones, o al menos, las que les hemos otorgado. Como una suerte de epifanía entendí, gracias a seriedad, la concentración y el compromiso del ensamble al tocar esta pieza, que estos lenguajes ajenos a nuestra razón pueden disfrutarse una vez reevaluemos nuestras ansias modernas de comprenderlo todo. Con solo una pizca de curiosidad es posible adoptar una posición abierta frente a un repertorio de este tipo para entregarse a la contemplación de otra belleza: el sonido y todas sus características (color, brillo, intensidad), todas ellas como valores en sí mismos.
La esencia de la embriagante experiencia de la otra sección, más heterodoxa, con Anthèmes II, correspondió a una ofrenda (no podría llamarse de otra forma) a los asistentes al concierto, quienes atestiguamos un intenso diálogo hombre–máquina. La música en sí, a veces calma, a veces angustiosa y espeluznante, envolvió al escenario gracias a los recursos tecnológicos que alguna vez Boulez planteó para ella desde su pertinente y vanguardista IRCAM (Instituto de Investigación y Coordinación en Acústica y Música, por sus siglas en francés). Nunca una grabación podrá alcanzar o superar la experiencia de tener en frente a una virtuosa violinista, sola en el escenario, entablando una conversación en vivo con un software que sobre la marcha asimila y modifica los sonidos del instrumento. El resultado sonoro allí, en físico, fue abrumador no solo por otra inusual belleza –la de lo exóticamente oscuro, extraño y desconocido, sino porque nos interpeló como seres humanos por su vigencia en un momento de la historia en el que la tecnología y su ubicuidad intervienen en nuestra vida diaria.
Para finalmente cerrar esta celebración de una larga amistad a través del intercambio cultural con Francia, fue ofrecido en un día nublado y lluvioso –perfecta ocasión por la costumbre colombiana del recogimiento dominical, el famoso cuarteto de Messiaen. La versión que Le Balcon presentó en esta ocasión tenía un fuerte componente visual: una sala a oscuras, proyecciones de dibujos y símbolos con luz tenue sobre una tela que recubría el escenario, atuendos blancos, una disposición especial de los instrumentos, y un cuerpo de animal colgando del techo, con el pecho abierto y un corazón que alumbraba. La experiencia fue realmente impactante y la puesta en escena en conjunto fue de una intensidad visceral. Perdonarán los creyentes, y paz en la tumba de Messiaen, pero adicional a la música, que es excepcionalmente hermosa y que fue excepcionalmente interpretada, puedo decir que en el momento no pude sino sentir en el concierto un gozo espléndidamente humano y pagano, sinceramente dionisiaco.
* Guitarrista clásico egresado de la Universidad Javeriana y magíster en relaciones internacionales de la misma institución.