La voz de Alicia, casi al final del embarazo, me anunció que el bebé no tenía la posición apropiada de un parto natural; por lo cual su obstetra le había programado la cesárea para el día siguiente por la tarde.
Contra todos los pronósticos los dolores le comenzaron a la 1.00 am. Alicia había sido la médica directora del Hospital del Resguardo Indígena del Alto Andágueda, en límites de Chocó con Risaralda, y sabía qué era lo que pasaba en su cuerpo. En tanto se hacían los preparativos la notaba nerviosa por los altos riesgos que se corren con la anestesia y demás procedimientos durante una cirugía de ese tipo. Yo estaba a su lado animándola, tomándola de una mano, mientras hacía lo posible por ver lo que pasaba detrás de una especie de cortina que cubría su bajo vientre.
A las 5:50 a.m., empezó la cesárea y a los casi 30 minutos, el bebé que todavía no se llamaba Pablo, vio la luz esa mañana gris y fría, de aquel 9 de junio. Aun no tenía nombre porque acordé con Alicia dejarnos sorprender por la naturaleza y no comprar ropa de niño o de niña. Tan pronto sintió que le extrajeron al bebé me animó a que lo viera mientras a ella le cerraban la herida.
De lo primero que me percaté fue de su sexo. Tenía los testículos rosados y el cuerpo enroscado en el brazo de la enfermera, quien con un succionador le extraía las secreciones que tenía en la boca. Enseguida me indicó que tomara unas tijeras para que le cortara el cordón umbilical. Luego lo cargué y lo metí en una bañera con agua un poco más caliente de lo normal. Mientras lo limpiaba empecé a buscarle parecido con miembros de mi familia.
Yo miraba a mi hijo por todos lados, lo escrutaba para percatarme si tenía alguna anomalía o defecto. Pero no encontré nada diferente a lo que había visto en los demás bebés. Lo único raro era que no lloraba como creía que suelen hacer los neonatos. Solo emitía una especie de ronroneo que en un comienzo pensé fuera el de un gato cercano.
Hubo un instante que la enfermera salió y me quedé solo con mi hijo en aquella sala anexa al quirófano. No se oían voces sino sonidos muy leves que presagiaban el final de la cesárea. Puse a Pablo sobre una toalla blanca, muy blanca. Movía su cuerpecito como percatándose por sí mismo del misterio de la vida.
Sentía extraños cambios, me había transfigurado. Eso me iría obligando, con el paso de los días, a dejar de fumar, hablar bajito y cariñosamente. A que mis bravatas y otras actitudes agresivas debían desaparecer. Incluso, evitar a toda costa los callejones oscuros.
A solas con mi hijo sentí vergüenza por mis imperfecciones, errores y bravatas contra mis padres y personas mayores. Las trampas que había urdido y las artimañas con las que me impuse ante otros sin ningún miramiento. Estaba perplejo porque sentía que también algo de mí acababa de nacer y no quería que se volviera a corromper otra vez.
Entre tanto, la madre de Alicia, y la empleada de una tía habían esperado pacientemente para mantener informada a la familia sobre los acontecimientos de la venida al mundo de su primogénito. La empleada había llevado unos aretes que, apenas salí para informarla sobre los hechos, me los entregó para que se los pusiera a la niña que algunos miembros de la familia habían imaginado que Alicia llevaba en el vientre. De inmediato se los devolví y en son de burla le dije que el niño había venido con un par más grande colgado en medio de las piernas. Ofelia rio con vergüenza y exclamó a media voz:
─Entonces es un varoncito, ¡eh, Ave María!
Las recomendaciones y recetas de poetas y sabios sobre la crianza de los hijos desaparecieron ante la evidencia de Pablo. Desde que lo toqué me vi envuelto en emociones que superaban mis pensamientos y teorías. De vez en cuando iban surgiendo, de manera fortuita, hechos que me dejaban perplejo: gestos, balbuceos, palabras, acciones inéditas en las que renacía de súbito.
Todavía recuerdo su primera carcajada, de cuando solo tenía escasos dos meses de nacido. La llevo presente porque aún me produce mucha admiración que un ser tan pequeñito fuera capaz de hacerme llorar de la felicidad con tan poco.