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“Nada es sagrado”

La próxima semana, Villegas Editores lanzará la segunda edición de la primera novela “Nada importa”, del joven escritor antioqueño en el exilio capitalino Álvaro Robledo.

Liliana López Sorzano

14 de agosto de 2008 - 04:33 p. m.
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Olga San o Alvin Roblext no son ni chistes malos ni simples alias o álter egos. Son como apellidos, tan propios y tan intrínsecos como su nombre de identificación: Álvaro Robledo.

El primero corresponde a esa influencia de Oriente, de Yukio Mishima, del Aikido, de la meditación zen, que data desde la infancia, y el segundo a la influencia de un español con cara de catalán que le metió españolismos a su primera novela, por lo cual recibió muchas críticas. “Leía demasiado a Bukowski y las traducciones españolas me jodieron. En esta reedición le quité mucho de eso. Antes peleaba por las posibilidades infinitas de una lengua inmensa y de reivindicar el derecho a escribir como a cada quien le pareciera. Pero un día le oí decir a Fontanarrosa que lo que más agradecía era oír a la gente hablar del lugar de donde eran”.

Después de algunos intentos fallidos de escritura en el colegio y luego de nueve meses de gestación, Álvaro Robledo escribió su primera novela a los 19 años mientras estudiaba literatura en la Universidad Javeriana. El hecho de que le publicaran el primer capítulo en el cuarto número de la revista Malpensante, la publicación cultural más importante en sus momentos, podría tomarse como el resultado de la buena suerte de un principiante. Un golpe de gracia es válido y plausible, pero dos eran la muestra fehaciente de un talento que no necesitaba de años para salir a flote. Por sugerencia de su hermano, el poeta Juan Felipe Robledo, mandó su novela, titulada originalmente Una leve alegría simplemente instalada allí, a concursar por el premio Herralde de las ediciones Anagrama como quien lanza un perdigón al aire en medio de una adolescencia tardía y un mal amor. La novela quedó de primera finalista, compitiendo con escritores como Héctor Abad Faciolince y Efraín Medina.

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Nada importa podría ser una alegoría de Metallica con su canción emblemática Nothing else matters, pero en realidad es una novela que se asemeja a las películas de carretera donde cuatro amigos se montan en un Mustang 64 con el pretexto de buscar el sitio donde había tocado el grupo musical Jethro Tull por primera vez. Al final, como suele pasar con todos los pretextos, se desmoronan y quedan las razones esenciales, en este caso, el viaje. “Es increíblemente masculina, es una novela de amigos que no paran de exaltarse en medio de su amistad. Es una especie de Club de Toby, donde las mujeres se mueven por la tangente”.

En este momento se encuentra escribiendo su tercera obra: El corto verano de Guido Alemán, que trata sobre esa obsesión humana tan vigente de buscar la salvación espiritual a través del yoga, del cristianismo gótico, del Pilates o de la oración fuerte al Espíritu Santo, todo contado con humor. Y es este último el que lo ayuda a no tomarse la vida tan en serio, porque nada es sagrado. “Hay un halo de ignorancia y de mucha inocencia cuando la gente se toma tan en serio sus actividades, sus relaciones. Los afanes y los apegos son la muestra de la poca armonía que tenemos con el universo”.

Por Liliana López Sorzano

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