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Nadie duerme ya en sus camas (Cuentos de sábado en la tarde)

Les presentamos un cuento de la revista literaria, Ocho:treinta, la cual es un proyecto organizado por los participantes del programa Elipsis 2019 y 2020. Jóvenes escritores de diferentes partes del país. El proceso de creación y edición fue colectivo.

Inés Kreplak

23 de mayo de 2020 - 06:48 p. m.
Ilustración de: Andrés Londoño
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Me despierto de golpe. Todo está oscuro. Giro la cabeza hacia la izquierda y miro la hora: 3.35 de la mañana. No tengo sueño liviano. Duermo siempre de corrido, con una profundidad admirada por mis ex parejas, agradecida por mis ocasionales compañeros de sueño, útil para una convivencia armoniosa con roncadores seriales. No tengo la sensación desoladora de una pesadilla reciente. ¿Qué pasó entonces?

Aprovecho la interrupción del sueño para ir al baño. Oliverio también parece desorientado. Me pongo de pie, el gato alza la cabeza y me mira mientras sigue hecho un bollo a los pies de la cama. Le respondo como si me hubiera hablado: “No me acompañes, ya vuelvo”, pero fiel a sus instintos baja de la cama, se despereza primero estirando la pata trasera izquierda y luego la derecha. Me siento en el inodoro. Oliverio entra al baño, me observa, se queda esperando que termine de hacer pis y sale para volver a la cama en cuanto aprieto el botón. Yo lo sigo cuando el ruido de un golpe seco retumba en todas las paredes del edificio. Oliverio eriza su cola, se asusta y yo también. Corro a ponerme el pantalón de pijama, siempre pienso en que si entran ladrones no quisiera estar desnuda. Otro golpe resuena. Y otro. No llego a detectar qué genera esos ruidos. Son puertas cerrándose, seguro maderas firmes que chocan contra algo. Escucho:

—Te-dije-que-me-dejaras-de-jo-der. Hija-de-re-mil-puta.

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Voy hacia la entrada de mi departamento. Reaseguro las cerraduras y dejo las llaves puestas en la principal. Verifico que el pasador de la puerta de la cocina que da al patio esté bien trabado. La nitidez con que escuché la pronunciación de esas palabras me aterró, parecían haber sido dichas en mi nuca.

El silencio posterior me da más miedo. Mi corazón late demasiado rápido. Decido sentarme cerca de la puerta, a esperar que mi vecina le responda o emita un sonido que me avise que está bien.

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Con las rodillas flexionadas y con una pierna sobre la otra empiezo a balancearme levemente. Oliverio se acomoda en el hueco de mis piernas y empieza a ronronear. Lo acaricio varias veces, de un lado al otro. Recorro su lomo con las palmas de las manos peinando y despeinándolo.

Abro los ojos de nuevo cuando el hormigueo de las piernas me obliga a pararme. Ya es de mañana. Me baño, preparo un café y me siento frente a la computadora para empezar a trabajar. Me paro enseguida, no logro concentrarme.

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Cinco minutos después escucho las patitas de Martínez, el perro de mis vecinos, bajando las escaleras de azulejos del edificio. Pongo la oreja sobre la puerta. Alguien sale del edificio a la calle.

— Brrr, qué frío hace hoy. Vamos, mi gordo, salga a pasear.

Es la primera vez en mi vida que escuchar la voz de mi vecina me reconforta. En seguida pienso que el perro ya ni ladra, puede ser por lo viejo o por lo resignado que está. Oliverio me mira ovillado desde el sillón. Apoya la cabeza. Se duerme.

***

"La escritura no tiene que ser un proceso solitario.  Creemos que las voces amigas que ayudan a mejorar un texto son como las costuras visibles que muestran que para tejer algo se comienza por esas puntadas, por esas colaboraciones. Por lo tanto, cerramos cada texto con un fragmento en su primera versión y algunos de los comentarios que ayudaron a formarlo hasta su borrador final." Germán Augusto Valencia, Director general de la revista.

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Por Inés Kreplak

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