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Natalia Lafourcade: Irse sin partir

De imitar a Gloria Trevi a realizar un homenaje a Agustín Lara, de hacer un documental de 14 días en Japón a ser una de las artistas más importantes de América. Una historia de raíces y vuelos.

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Camila Builes
03 de septiembre de 2015 - 03:58 a. m.
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“Todo el tiempo quiero volver. Volver a Veracruz, a mi casa. Volver a México, que cuando le canto me tiembla la tierra en los huesos”. Después de todos los viajes, las giras y los conciertos; después de las fotos y firmar su cara en manos ajenas, Natalia Lafourcade siempre añora volver. Nació en febrero de 1984, nació el domingo 26 cuando la luna nueva emergía en la oscuridad, nació en la ciudad de México. Hija de la unión de Gastón Lafourcade, catedrático chileno de la Universidad Nacional Autónoma de México y fundador de la Asociación de Organistas y Clavecinistas de Chile, y María del Carmen Silva Contreras, creadora del método Macarsi, un sistema sencillo de enseñanza musical para niños.

Veracruz es un poblado protegido por los ríos Medio, Grande y Tenoya. Fue el lugar donde Lafourcade pasó toda su infancia en medio de flautas, pianos, guitarras, saxofones. Tomó clases de pintura y baile, imitaba a Gloria Trevi en 1993, cuando la cantante mexicana lanzaba su álbum Me siento tan sola.

“Yo siempre supe que quería cantar, ser una artista. Por ser de una familia donde la música ha jugado un papel determinante, mi vocación siempre estuvo apoyada por mis papás. Recuerdo que imitaba a Gloria Trevi y a otros cantantes en medio de la sala de mi casa o en el andén del frente. Me decían: ‘Canta, que lo hacés bien bonito’, y yo les creí y canté y canto, cantaré”.

Cuando tenía nueve años se mudó al Distrito Federal porque su madre fundó una escuela de música en la capital. Ahí Natalia pasaba horas enteras, jugaba haciendo canciones, programas de radio. Había una grabadora vieja en la que hacía grabaciones infantiles logradas en un teclado Yamaha y transferidas a un estéreo de doble cassette, aplicando el método de su madre.

“Cuando inicié mi carrera, hace ya 15 años, no tenía conciencia de lo que estaba haciendo. Sabía que quería cantar, eso era lo único que me importaba. Nunca visualicé todo lo que iba a pasar”.

Mariachis y tequila, hubo fiestas y borracheras, despechos y amores. Cuando tenía 14 participó en Twist, un grupo de pop. Pasó tres años en la agrupación, un año preparando el tour y dos recorriendo México. Se terminó. Empezó a estudiar música.

Mientras tanto vivía en la colonia Condesa, en una casa donde había una guitarra abandonada con tres cuerdas. Cuando volvía de la escuela, si la gira se lo permitía, tocaba lo que podía, como podía. Hacía canciones practicando los ejercicios que su novio le enseñaba. Poco después, su mamá la llevó por su primera Yamaha y fue el principio de la historia.

En 2006 partió a Ottawa, Canadá, por nueve meses, donde esperaba que la música no fuera lo más importante. Para encontrarse como una desconocida sin pasado ni futuro, para aprender inglés, dibujar, pasear y andar sin estructuras determinadas. Se hospedaba en una casa repleta de músicos entregados al folk, al blues, a la música francesa y de fusión, con la que no se había encontrado. Recibía música distinta y atractiva constantemente: el primer resultado de esta nueva etapa fue el disco instrumental Las cuatro estaciones del amor, inspirado en los cambios de ciclos, en sus principios y en los finales, en el paralelismo de los procesos en la naturaleza con los humanos. Inspirado en los ciclos del amor que tenemos los seres humanos, cómo sentimos en cada uno de estos momentos y en cómo sonaría un soundtrack de esto.

Natalia comenzó a producir y a revivir. Reconstruyó su corazón, se recuperó a sí misma creando una obra en la que entendía el ciclo del amor exteriorizándolo musicalmente. Lo que cada etapa le provocaba personalmente. Omitió el recurso de las palabras. Terminó Las cuatro estaciones del amor en tres semanas. Un martes por la noche, en un bar donde solía cantar en un escenario abierto.

“Ya me tocó caerme y levantarme tantas veces como ha sido posible. Decidí hacer de la música un acto de reflexión personal y conocer a través de mis ojos a los otros”.

Volvió a México. Hizo más canciones, creó un disco en vivo en homenaje al cantautor mexicano Agustín Lara, que llamó Mujer divina.

Se fue, pero nunca partió. Los escenarios de México y América Latina la esperaron, la aguantaron, la sostuvieron.

“Uno no deja de aprender. Siempre busqué retos más grandes que yo. Y ahora estoy acá con Hasta la raíz, un disco autobiográfico, un disco que surgió de mis miedos y mis dichas”.

Hasta la raíz

Ahora tiene el cabello corto, la sonrisa de medio lado, los ojos pasivos. Ahora no hay máscaras como en Hu hu hu su álbum de 2009. Lo simple de lo femenino en cada prenda y accesorio, la simpleza de lo magnífico. Fotos en sepia, todas de perfil.

Hasta la raíz es un disco transparente. Es el retrato de una persona que cambió y es consciente de ese cambio. Cuando lo escribí pasé horas pensando en todo lo que me había pasado. Las lágrimas y las risas que tuve que vivir para lograr una sola canción. Tengo un baúl lleno de canciones que jamás entraron en mis discos. Trece canciones en un álbum, y yo con miles... Así es, escribir mucho para escoger poco, escoger es la cuestión”.

Con este álbum, Natalia ha recorrido los teatros más antiguos de México con un show íntimo, para el público que a veces se siente como una estampida en el corazón, y otras, como una caricia o un puñal, dependiendo de la canción.

“El escenario pasó a ser el lugar donde vivo mi ritual más importante: cantar. Lo que hacemos antes de salir a la tarima es abrazarnos (con su banda) y decimos: ‘Acá estamos, una vez más, Dios. Acá estamos y lo vamos hacer como si fuera la última vez’”.

Le pregunté a Natalia Lafourcade por un amuleto; me dijo que su corazón. Por un lugar; me dijo su casa. Por una canción; me dijo el mar.

“Vámonos negrito la hice en Colombia, en Bogotá. Iba para el hotel y me dijeron que ustedes al campo le dicen vereda y lo único que yo pude hacer fue escribir, escribir, que para mí es cantar con los dedos”.

Por Camila Builes

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