¿Cómo fue cuando le dijeron que le iban a dar el Premio a la Trayectoria Internacional?
Estaba en España y me llamó Margarita Díaz, la directora general del festival, para preguntarme cómo estaban esas fechas mías, dónde estaría, y me dijo que quería entregarme este premio. Eso me puso muy contenta, la verdad, porque el festival es como mi casa. Es el festival en el que he trabajado, en el que he crecido, en el que me he formado. Entonces era extraño sentir que se me reconocía en mi propia casa, en mi misma familia. Pero me hizo muy feliz; es un honor este premio.
Además, me siento muy honrada y muy feliz porque este año el premio lleva el nombre de Salvo Basile, quien ya no nos acompaña, pero dejó un legado en el festival. Me parece que no puede ser más perfecto que lleve su nombre: un hombre italiano que se enamoró de Cartagena, que trabajó por este festival, por el cine y por esta ciudad. Entonces también es muy bonito que este premio tenga su nombre.
Usted se ha convertido en una suerte de embajadora de este Festival, al igual que de Cartagena, de Tierra Bomba (donde además se convirtió en mamá)... en fin. Hablemos de todo lo que significa este premio, esta tierra y este evento, ¿cómo vive este momento?
A Cartagena me mudé hace ya diez años, aunque no fue una decisión fácil, porque realmente no es una ciudad que tenga una industria audiovisual potente en el país; casi todo está centralizado en Bogotá, donde nací. Pero el amor hizo que Cartagena se volviera una ciudad muy importante en mi vida desde joven. Venía con mis papás, aquí conocí a Juan Pedro, mi esposo, aquí nació mi hija, aquí creamos Fénix… ha sido una ciudad fundamental para mí. Y el festival, por ende, ha sido mi casa. Yo siempre vivo muy agradecida y, efectivamente, me siento muy embajadora de este festival, de la ciudad y de Tierra Bomba, precisamente porque es una joya.
Ahora, sobre el FICCI, creo que a veces no somos conscientes de la importancia del FICCI cuando estamos tan cerca. Es el festival más antiguo de Latinoamérica, un espacio en el que estuvo en sus inicios Gabriel García Márquez y que ha tenido épocas de gloria y otras más difíciles, como cualquier proceso que lleva tantos años.
Y, en lo personal, es un evento que me ha entregado muchísimo. Recuerdo que el año pasado, cuando le hicimos el tributo a Pablo Larraín y yo lo estaba entrevistando, no paraba de llorar. Me emocioné mucho porque crecí viendo sus películas aquí. Me pasó también con “Pelo malo”, de Mariana Rondón, que cuando se estrenó en 2013 pensé: “Sueño con algún día trabajar con esta directora”. Y lo hice en “Aún es de noche en Caracas”, que es la película que ya salió en Netflix. Entonces le agradezco mucho al FICCI porque me permitió soñar con estar del otro lado de la pantalla y me siento muy responsable de devolverle a este festival y a esta ciudad tanto de lo que me han dado.
Usted comenzó su carrera en telenovelas y muchos la vimos crecer en estas producciones. Luego vinieron proyectos como “Pájaros de verano”, “Terminator” y ahora “Aún es de noche en Caracas”. ¿Cómo fue esa transición de la televisión al cine y en qué momento sintió que se había disparado?
Creo que esa transición pasó por muchos lugares. Cuando era chiquita pensaba que ser una niña de Bogotá que pudiera vivir de ser actriz ya era un gran mérito. Pensar en ser actriz de televisión, wow… pero pensar en cine era algo que no parecía una posibilidad. En Colombia se hacían una o dos películas al año, con gente que prácticamente hipotecaba su casa, su carro, recogía plata... entonces, ¿quién podía pensar en vivir del cine? Era imposible.
A pesar de eso, me apasioné por el arte: cantar, bailar, actuar, todo eso. Así que empecé por teatro, luego vino la televisión, que, como dices, tiene una influencia en Colombia porque mucha gente crece viendo novelas, y después comencé a solar con el cine. Sabía que no era un camino fácil e incluso diría que hoy es mucho más difícil, porque hay tantas plataformas, celulares, redes... pero, aun así, sabía que ese era el rumbo.
Claro, también que me han ayudado mucho las condiciones y la suerte. Pienso mucho en mujeres como Consuelo Luzardo, por ejemplo, que empezó con esto hace ya 60 años. Yo soy intensa, hiperactiva, trabajadora, pero también reconozco que en ese momento, por más disciplina que hubiera tenido, probablemente no hubiese sido posible para mí. Entonces me siento muy afortunada por eso y por todas las personas me han acompañado.
En otras entrevistas ha hablado de los momentos malos de su carrera y ha dicho que las personas tienden a subestimar la importancia que tienen, tal vez por la frustración que generan. ¿Cómo ve hoy esos momentos en los que la han rechazado, pero que también la ayudaron a llegar hasta este punto?
A nadie le gusta equivocarse, a nadie le gusta embarrarla. Uno quiere hacer las cosas bien y cuando no sucede, se da muy duro. Pero creo que una de las cosas más importantes que he aprendido es que es justamente en esos errores donde más he crecido. Hoy en día empiezo a ver los problemas y las dificultades como una ganancia. Incluso cuando pasa algo muy trágico, trato de pensar: esto es lo que nos está costando aprender.
Y claro, cuando alguien dice “quiero ser actriz”, suena muy glamuroso, muy vistoso, pero lo que se ve y lo que mostramos en redes sociales es solo el resultado: el éxito, la película, el estreno, la alfombra roja. La realidad es otra. Mi vida como actriz es hacer castings, estresarme, muchas veces grabarme yo misma… hoy en día uno tiene que hacer de todo: maquillador, camarógrafo. Pero, la clave está en no quedarse en el “no”, sino entender que cada uno es un paso más cerca del “sí”.
Juliette Restrepo, que es una gran amiga actriz, lo dijo muy lindo: es cómo hacer fila en un banco. A veces uno llega al banco y hay 150 personas y uno dice: “¿Cuándo me va a tocar?”, pero llega. A veces la fila avanza más rápido, a veces más lento, pero te llega el turno. Si uno está ahí, con la ficha, atento al número, en algún momento le toca. Eso no quita que sea duro, pero este es un oficio artístico, de sensibilidad de muchas facetas, y una de las más importantes es la capacidad de aceptar el rechazo.
Debe de haber algo de locura y romanticismo en eso también ¿no? En seguir insistiendo en un medio en un medio en el que la competencia es feroz y que parece tan inestable. ¿Cómo maneja esa obsesión ahora?
Sí, la verdad sí creo que hay que ser un poquito loquito para dedicarse a esto, pero eso es lo lindo. Cuando la gente me pregunta qué hacer, yo digo: “Lo que sea que te apasione”. Lo que más le deseo a la gente es que encuentre su pasión y sé que hay algunos que no la encuentran tan rápido. Sea cocinar, actuar, escribir, bailar, siempre hay que seguir buscándola. Aquí sentado lo dijo Rodrigo Sorogoyen: yo sé que tengo que contar una historia cuando no me deja en paz. Me voy a dormir pensando en algo de un rodaje, en una idea, y sigue ahí. No me deja. Entonces yo sé que hay que hacer esa película, no hay posibilidad de escaparse.
Sí, hago muchas cosas. Soy mamá, que es un trabajo de tiempo completo y, además, mi gran sorpresa con eso fue darme cuenta de que no hay algo más duro, en el sentido de hermoso, agotador, demandante y confrontante. Pero siento que mientras esté esa pasión, esa obsesión, ese amor por lo que un hace, uno se levanta y sigue. Porque es físicamente imposible parar.
Hablábamos antes de los errores y cómo pueden ser muy formadores, pero ¿tiene algún recuerdo de uno que le haya dolido particularmente? Alguno que le haya hecho decir “¿Por qué hice esto?” o, al contrario, “¿Por qué no dije que sí a esto otro?”.
A pesar de que siento que he transformado mucho esa visión de los errores y, además, de que cada vez soy más consciente de las decisiones que tomo, sé que hay cosas muy vergonzosas en mi carrera. Gracias a Dios, en ese momento YouTube no era tan popular.
Me acuerdo de una en particular: me llamó un actor reconocido en el momento y me dijo que me necesitaban para grabar algo ahí en Teusaquillo. Me iban a pagar 40.000 pesos. Entonces, llegué, no me habían mandado las escenas, y entonces me dijeron: “Bueno, tírate al piso, comienza a convulsionar, nosotros te damos una Alka-Seltzer para que botes baba…”. Lo hice y nunca me pagaron. Pero lo peor fue que después alguien me llamó y me dijo: “Te acabo de ver en el Canal 1”. Hay una iglesia cristiana y hacen unos capítulos dramatizados como “el pecado del día”. Y ahí salía yo en una historia donde la presentadora decía “Valentina usaba drogas y convulsionaba”. Nunca fui capaz de verla. Y como esas tengo muchas historias vergonzosas, solo que ya las veo como aprendizajes.