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El novelista japonés Natsuki Ikezawa, premiado en 1993 por su novela de inspiración macondiana “El incidente de Navidad: la caída de Matías Guili” (no traducida al español), acepta nuestra petición de entrevista y nos cita en el centro de Tokio a las tres de la tarde del 11 de marzo de 2026 (Recomendamos columna de Gonzalo Robledo sobre García Márquez en Japón).
Coincidimos a la entrada de la cafetería acordada a las 14:47, justo cuando termina el minuto de silencio que en muchos lugares públicos de Japón se observa ese día en homenaje a las víctimas del terremoto que 15 años antes produjo un devastador tsunami y provocó el accidente de la central nuclear de Fukushima. La triple tragedia dejó 19.729 muertos y 2.559 desaparecidos, según el recuento oficial.
La percepción de que muchos de los muertos se quedaron en este mundo para interactuar con los vivos dio lugar a un buen número de libros de ficción, y es un tema que Ikezawa ha tratado en su literatura y en sus ensayos, marcados ambos por una visión animista del mundo.
Ikezawa nació en julio de 1945 en Obihiro, en la isla septentrional de Hokkaido, y ha vivido largas temporadas en Grecia y Francia. Dentro de Japón ha residido en regiones conocidas por sus valles nevados, como su Hokkaido natal, islas meridionales como Okinawa y paisajes alpinos como Nagano, donde trabaja en la actualidad.
Sus más de 40 libros, ensayos y recopilaciones literarias han recibido importantes premios literarios japoneses, como el Akutagawa, el máximo galardón de la ficción japonesa entregado en 1988 a su novela “Still Life” (“Naturaleza muerta”).
Tiene el aire de un paciente explorador nórdico que acentúa su abrigo beige y su barba entrecana. Pide un café solo y abre la conversación contando que fue el primer japonés en leer “Cien años de soledad”. Explica que consiguió una de las primeras traducciones al inglés que entraron a Japón, en la década de los años setenta.
“Por supuesto, algunos hispanistas japoneses la leyeron en español cuando salió, pero aparte de ellos fui el primero”, dice sonriente. Confiesa que la primera lectura lo sedujo por ser “una obra completamente distinta a cualquier novela que había leído hasta entonces”. A la fascinación del lector le siguió la curiosidad técnica del escritor. “Enseguida quise entender su mecanismo interno”, continúa.
Para navegar por los episodios entretejidos y superpuestos, y orientarse entre las varias generaciones de aurelianos, desglosó la historia de Macondo en 80 entradas cronológicas e inventarió sus 13 personajes principales. La guía resultante fue una herramienta tan eficaz, que la editorial Shinchosha la publicó en una hoja aparte y la obsequió como si fuera un abrelatas a todo el que comprara la edición de bolsillo de la que, según cifras del editor, se tuvieron que imprimir 380.000 copias en 2024.
Deconstruir “Cien años de soledad” le sirvió para darse cuenta de que lo sobrenatural se podía narrar con el mismo tono que se cuenta lo cotidiano. “En aquella época la literatura japonesa empezaba a hacerse ‘universal’. Leías libros extranjeros y construías desde ahí tu propia escritura”, dice para justificar el haberse apropiado de un recurso narrativo que llegaba con la onda expansiva del “boom” de la literatura latinoamericana.
Retomó el proyecto de ambientar una novela en las islas de Micronesia que habían estado bajo control japonés en la primera mitad del siglo XX y que por haber visitado y fotografiado con interés habían sido tema de algunos de sus cuentos. Inventó una república insular de 60.000 habitantes en medio del Pacífico llamada Navidad, donde tres de las islas se llaman Melchor, Gaspar y Baltasar. Asignó la presidencia a un descendiente de japoneses llamado Matías Guili, inspirado en los dictadores latinoamericanos del siglo pasado.
“Miraba de reojo ‘El otoño del patriarca’, pues quería escribir mi propia novela presidencial”, añade para describir al tirano pacífico que duerme dos horas cada día, no sueña nunca y esconde en un papel escrito su rutina diaria para ocultar su amnesia. Su poder político se empieza a deteriorar cuando un bus lleno de veteranos japoneses desaparece misteriosamente, desencadenando una conspiración mágica y política que no puede controlar.
Ikezawa reconoce que su Matías Guili es un autócrata benévolo. “Comparado con (el patriarca de) García Márquez, le falta oscuridad, le falta maldad”, afirma y lo atribuye a la ausencia en la cosmovisión nipona de opuestos irreconciliables. “En el catolicismo hay una luminosidad deslumbrante y una oscuridad absoluta que producen un contraste extremo. Es algo que mi imaginación no ha logrado construir bien”, confiesa.
El texto original en japonés y su traducción en inglés (“The Navidad Incident: The Downfall of Matías Guili”, firmada por Alfred Birnbaum, el traductor que introdujo a Haruki Murakami al mundo anglófono), recurre a frases cortas casi documentales que dibujan un mandatario inquietante: “Con la cabeza totalmente en blanco, necesita que le recuerden. Una nota que deja junto a la almohada dice: Bañarse. Guardar la nota”. El recurso macondiano de instalar lo improbable en la rutina se percibe en frases como “Morir no convierte a la gente en pájaros de la noche a la mañana, dicen los ancianos de la isla, pero cuanto más tiempo lleven muertos, más fuerte graznan”.
La novela obtuvo 1993 el premio Tanizaki, otro de los grandes reconocimientos literarios nipones. Para Fumiaki Noya, uno de los grandes especialistas japoneses en García Márquez (lea acá una entrevista con él), “El incidente de Navidad: la caída de Matías Guili” representaba “la primera vez que la literatura latinoamericana abría un territorio, el de los relatos, que no solía ser cultivado en la literatura japonesa moderna”. “Sin García Márquez, Ikezawa no se hubiera interesado en la literatura latinoamericana y sin ‘Cien años de soledad’ no existiría Matías Guili”, dijo Noya en un coloquio con el autor que fue publicado en 1993 en la revista literaria “Shincho”.
En aquel diálogo, el académico y el escritor discutieron el dispositivo macondiano del condado imaginario como alegoría nacional y su transferencia al Pacífico para dotado de identidad asiática. Al recordar la fecha en la que tiene lugar la entrevista Ikezawa cuenta que recorrió las zonas afectadas por el terremoto y el tsunami de 2011, y presenció escenas muy duras. “Caminando solo entre los escombros me pregunté ¿Quiénes somos los japoneses? Y concluí que la mejor forma de conocernos es leyendo nuestra literatura”, reflexiona.
Antes de despedirnos nos ofrece una reflexión ambivalente sobre las tradiciones, el presente y el futuro de su país. Le preocupa la homogeneidad étnica de su país “que suele fomentar el nacionalismo en tiempos de guerra”. “En la cultura es al revés: entre más tipos de personas distintas hay, más se estimulan mutuamente, más ideas inusuales brotan”.
Elogia el verbo fundamental de la cosmogonía japonesa “naru”, convertirse, volverse, suceder. “Para los japoneses la hierba crece sola, el niño se convierte en adulto. Una fuerza interior es la que los hace mover. El universo funciona de forma espontánea, automática. Es lo contrario del mundo cristiano, donde Dios diseñó todo y es responsable de la creación”.
Para terminar, rehuye los mensajes grandilocuentes y se limita a aconsejar a las siguientes generaciones no dejar de leer libros. Eso sí: en papel.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.