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“Navegando en prosa y escribiendo en kayac” (Como de cuento)

Ramiro Araújo Segovia relató en un libro sus aventuras con Felipe Osadías desde un kayak, en un recorrido a través del río Magdalena que se inició en La Dorada y finalizó en Cartagena.

Fernando Araújo Vélez

23 de junio de 2020 - 07:44 p. m.
Río Magdalena, una travesía a lo largo del país en medio de la nada y el todo.
Foto: Otto Nassar
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Algunos de aquellos que los vieron pasar debieron haber pensado que estaban locos, que iban a fracasar, que a la vuelta del siguiente recodo naufragarían, o que en la mitad del camino, uno de los caimanes que pululan por el río Magdalena se los tragaría, o más allá, algún grupo armado de cualquier facción los secuestraría. Otros habrán creído en ellos, sin saber exactamente quiénes eran ni para dónde iban ni qué pretendían, y unos más los habrán bendecido. Sin embargo todos, de una u otra manera, los vieron pasar río Magdalena hacia abajo, en dos diminutas canoas como las que no habían visto jamás, ataviados con camisetas y pantalonetas como las que tampoco habían visto jamás. Los saludaron y se regocijaron porque les devolvieran el saludo. Sonrieron.

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“Voy a contarles la aventura que nos corrimos mi amigo Felipe Osadías y yo, navegando buena parte del río Magdalena, en kayac, desde La Dorada (Caldas), en el centro del país, hasta Cartagena de Indias (Bolívar), sobre el mar Caribe: unos 918 kilómetros, de los cuales navegaríamos 610. Serían ocho días de viaje, tomando dos para descansar y llevar los kayacs (en lancha) de Puerto Berrío a Barrancabermeja, y luego de Puerto Pilches a Gamarra. Al final fueron diez días y 470 kilómetros de remo efectivo. Acamparíamos en despoblado, a pesar de la inseguridad y del clima extremo de nuestro país. Vale la pena aclararle al lector desprevenido que Colombia, además de hallarse en región tropical de agreste geografía, también está poblada por una extensa fauna de grupos paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y delincuentes comunes que acechan caminos, ríos, parques naturales, pueblos y ciudades día y noche…”. (Navegando en prosa y escribiendo en kayak)

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Mientras ellos pasaban, unos y otros, los que los veían pasar, se preguntaban cómo se llamaban esas embarcaciones. Discutían. Tomaban fotos con sus celulares, y rápido, buscaban un catálogo de lanchas, canoas y demás. Alguno dijo que eran unos kayacs, y orgulloso, mostró la foto triunfadora. Los niños, barrigones, con los calzones a punto de caérseles, descalzos y vivarachos, corrieron al borde del río en aparentes carreras para preguntarles “pa´dónde van”, “Llévenme”. Alguno se metió al Magdalena hasta que el agua le llegó al pecho, pues quería ver más de cerca a los forasteros y sus botes. Ellos sonrieron. Desde antes de salir de Bogotá eran conscientes de que serían el espectáculo de los ribereños, desde La Dorada hasta Cartagena, y que a la vera del río les dirían mil cosas y les harían otras tantas propuestas.

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“El miércoles 7 de marzo salimos de Bogotá con Gonza y Javier. Gonza, gran amigo y socio desde la infancia, aventurero por vocación desde edad temprana, como que a los 16 años se largó solo a vivir veinte días con los indios de la desértica península de La Guajira. Desde hace unos años ocupa sus tiempos libres en recorrer Sudamérica en grandes motos, más pesadas que un toro, pero más ágiles que un cheetah. Javier es un soñador que ha sabido perderse de vez en cuando en las selvas del sur de Colombia y coronar en solitario una que otra cumbre. Pero volvamos a nuestro no menos grandioso viaje. Ni Felipe ni yo somos un dechado de planificación, de manera que el día de la salida aún no sabíamos con exactitud qué íbamos a llevar durante la travesía, ni cuál era el peso límite que podían soportar los kayacs…”. (Navegando en prosa y escribiendo en kayak).

"Navegando en prosa y escribiendo en kayak", un recorrido por el río más largo del país a través de las palabras
Foto: Archivo Particular

Camino al Caribe, que era camino a la aventura, o a la nada, porque lo que les importaba era el momento, y remar y seguir remando, que la corriente los llevara o los detuviera, que la incertidumbre los aturdiera, tomaron por el recodo equivocado, se metieron en aguas que ni se movían, como piscinas de río, salieron a ninguna parte, respondieron con sonrisas cada vez que un pescador les preguntaba dónde estaba el motor de sus barcas, bebieron agua y todo lo hidratante que encontraran, se arriesgaron a seguir algunos kilómetros sin GPS, creyeron ver cocodrilos inmensos que ya no existían, se palparon sus feroces cuchillos de caza, navegaron “sin agua”, encallaron, se encomendaron a los dioses del río de La Magdalena. Fueron descubriendo y descubriéndose.

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“A uno o dos kilómetros de Nare desemboca el río del mismo nombre, y el Magdalena se estrecha notablemente. La corriente se hace bastante más fuerte y con remolinos. Así que el paso entre Puerto Inmarco y Puerto Serviez, donde hay una fábrica de cemento, resulta bastante emocionante. Y lo fue más para nosotros, cuando se nos atravesó un enorme remolcador. La velocidad de la corriente no nos permitía calcular en cuánto tiempos nos interceptaría. Debimos vernos bastante torpes durante las maniobras, sobre todo yo, sesenta metros detrás de Felipe. Por fortuna, el remolcador comprendió la situación y bajó la velocidad para que cruzaremos holgadamente. Alcanzamos una velocidad récord de 16 kilómetros por hora”. (Navegando en prosa y escribiendo en kayak).

Río abajo, supieron, paladearon, tocaron la Colombia profunda de todos los días. La Colombia desconocida en las grandes ciudades, en los medios de comunicación, en los estrados judiciales y políticos. La de la gente que vive y a veces sobrevive de lo que consigue día a día, que vela por sus familias y por el futuro de sus hijos y si los hay, de sus nietos. Que no aspira a grandes cargos, y en cambio, trabaja. Que come con el pescado del río, con la yuca del sembradío, con un sancocho de gallina, con los fríjoles de la tierra y de las manos santas y sabias de las abuelas y las bendiciones de un dios o de todos los dioses. La Colombia del campo y del río, que no conoce más que campo y río.

Lo invitamos a que escuche el capítulo 13 de la audionovela Yo Confieso

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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