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En medio de la Amazonía ecuatoriana, la voz de Nemonte Nenquimo se ha convertido en un símbolo de resistencia y defensa de la vida. A partir de su experiencia con el extractivismo y la violencia que han enfrentado las comunidades indígenas, la activista waorani ha impulsado una lucha por la protección del territorio y de la selva.
Su liderazgo alcanzó un hito histórico en 2019, cuando ganó una demanda contra el Estado ecuatoriano y logró proteger cerca de 500.000 acres de Amazonía de la explotación petrolera. Esto la llevó a ser reconocida como una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time en 2020.
En “Seremos jaguares”, Nenquimo realizó un recorrido por los momentos de su niñez y juventud que moldearon su visión del mundo y que, además, formaron esa conexión con su comunidad y la selva que la llevaría a emprender su camino como activista. En entrevista con El Espectador, habló sobre el proceso de escritura del libro y lo que significó para ella compartir una historia que trascendió lo íntimo para convertirse en un testimonio colectivo.
¿Cómo surgió la idea del libro? ¿Por qué escogió el título “Seremos jaguares” para esta publicación?
El jaguar para nosotros, el pueblo waorani, es un animal sagrado. Es el mensajero de nuestro dios y nuestro animal sagrado porque, antes de la conquista y antes del contacto con el mundo exterior, el jaguar nos comunicaba cuando había peligro o riesgo en el territorio, cuando invadían otras personas u otros pueblos. El jaguar alertaba al chamán y el chamán alertaba a su colectivo.
Si llegaba una enfermedad, también alertaba el jaguar. Entonces, a través de ese medio, podían cuidar su territorio. Gracias a esa comunicación del jaguar, podían moverse a otro lado cuando llegaba el peligro.
Hasta hoy en día, nosotros creemos que el jaguar es la representación de nuestro dios y nuestro animal sagrado. Entonces, este es nuestro animal favorito. Por eso pusimos ese título. Mi papá decía que este mundo lo estamos cuidando y protegiendo; hablamos de defensa. Cuando uno muere, se transforma y sigue viviendo en la selva, protegiendo y caminando como jaguar. Por eso pusimos ese título: “Seremos jaguares”.
Usted realizó este libro junto a su pareja sentimental, Mitch Anderson. ¿Cómo fue ese proceso de escritura conjunta?
Nosotros, como cultura waorani, no somos escritores; somos orales. Desde hace muchos años venimos contando historias de manera oral para que la historia viva, porque si no contamos la historia, muere.
Una vez, mi padre me dijo: “Nemo, ¿por qué no escribes un libro? El mundo no conoce nuestra historia, nuestra vida, nuestra casa, nuestro hogar en la selva. Y yo le decía: “Papá, yo no soy escritora, ¿cómo hago?”. Entonces mi papá me decía: “Mira, ahí está tu compañero de vida. Él viene del mundo de afuera y puede escribir”. Ahí empezamos a hacerlo de una forma muy colaborativa y familiar.
Y también narrar la parte de mi juventud fue un poco difícil, porque ahí cuento cosas muy fuertes e íntimas que me pasaron. Dudaba y tenía miedo, porque ni siquiera se lo había contado a mis padres; mi propia familia no sabía lo que pasó, el abuso.
Además, la introducción del libro es muy fuerte porque mi papá decía que muchos secretos no debían contarse, que no había que revelar todo para poder sobrevivir. Entonces yo sentía miedo de contar todo eso, de pensar qué podía pasar. Pero realmente el libro no cuenta todos los secretos de nuestro mundo.
Más bien, habla de mi memoria de niñez y de la lucha mientras voy creciendo como mujer. Yo creo que ese libro, para mí, fue una terapia para superar muchas cosas. Y también habla muy fuerte de que las mujeres no podemos callar; podemos alzar nuestra voz.
¿Qué tan difícil fue, primero, posicionarse como una lideresa, siendo mujer y siendo indígena, pero también narrarse en este libro desde esa identidad?
Sí, eso fue muy difícil. Era la parte más vulnerable, la más difícil de todo lo que he vivido. Cuando conté todo eso, sentí como si mi niña interior se tranquilizara de repente. Yo pienso que las mujeres tenemos que tener valentía, porque si seguimos calladas, guardando todo, no vamos a superar nada ni vamos a tener amor por nosotras mismas.
Y eso es muy fuerte. Lo que he visto es que muchas mujeres se me han acercado llorando y me han abrazado. Me dicen: “Eso también me pasó, no solo tú sufriste”. Y yo me siento muy feliz de haber tenido esa valentía y ese amor. No fue solo para mí; siento que entregué mucho amor y que ayudé a otras mujeres del mundo a sanar y superar sus propias historias.
Usted narra en el libro la salida de su hogar a corta edad y también su regreso. Hablemos sobre cómo lo vivió y cómo influyó ese momento en su forma de ver el mundo.
En el mundo de afuera es muy fácil perder el idioma, la conexión con la naturaleza y la cultura. Pero realmente, cuando uno profundiza, siempre queda un vacío si primero no identificamos quiénes somos, de dónde vienen nuestros abuelos y cuáles son nuestras raíces. Eso me pasó a mí. Empecé a soñar con los ancestros que me llamaban y por eso regresé a mi tierra.
El amor por mi selva, por mi pueblo y por mí misma ha sido la base más fuerte para enfrentar mi vida. Sin ellas, creo que no habría sido defensora ni activista, ni una madre que ama la selva y ama a su pueblo, y que quiere generar un cambio para el planeta y para el bien de las futuras generaciones.
Y es muy fácil que los pueblos indígenas caigamos en las trampas del mundo exterior. En el libro describo que el animal más peligroso de la Amazonía es la boa. La boa atrae, atrae y atrae, y de repente uno se confía, siente que ese animal es bueno, y luego mata. Eso lo escribo de una manera muy profunda, porque también se tiene que saber que el mundo exterior es feroz.
¿Cómo se volvió activista y qué retos implicó convertirse en una cara tan visible de su pueblo?
Muchos jóvenes piensan que el mundo de afuera es lo mejor. Hoy en día hay mucha confusión sobre el territorio y la cultura. Por eso, durante el proceso de escribir este libro, empezamos también a trabajar en una educación propia con los niños y los jóvenes, para que podamos identificar quiénes somos y recuperar nuestros conocimientos.
Entonces, mi liderazgo no solamente consiste en llevar un mensaje al exterior, sino que también tengo que dar un mensaje a mi propio pueblo. Y eso ha sido un camino muy fuerte y desgastante, física y emocionalmente.
Lo que me ha ayudado y me ha mantenido clara ha sido la medicina y la ayahuasca. Eso me ha permitido mantenerme espiritualmente conectada. Porque ser líder no significa solamente pelear y estar en guerra todo el tiempo. También hay que desconectarse y darse tiempo para estar en la naturaleza. En caso contrario, si uno solo viaja afuera y afuera, dando y dando al mundo, es muy fácil enfermar la mente, la salud, el espíritu y el cuerpo.
Todo tiene que tener ese equilibrio. De lo contrario, uno no puede ser líder ni enfrentar las amenazas diarias que llegan desde afuera hacia el territorio. Cuando no se tiene esa conexión, es más fácil confundirse y caer.
A partir del reconocimiento internacional que ha adquirido, ¿qué posibilidades le ha dado para transmitir el mensaje que también plasma en su libro?
Ese reconocimiento ha ayudado a visibilizar mucho más nuestra lucha. Y queremos que la gente y la sociedad del mundo nos apoyen y que tengan solidaridad con quienes estamos en primera fila defendiendo la vida.
Porque ya no estamos hablando solamente de la defensa de la vida de los pueblos indígenas; ahora estamos hablando de la defensa de la vida planetaria. Actualmente, en todo el mundo se habla del cambio climático y de cómo está afectando en todas partes. Pero nosotros estamos ahí, en primera fila, cuidando, protegiendo y arriesgando nuestra vida.
Pensando en su trayectoria, ¿qué anhela hoy en día para su pueblo, los waorani, y también para el pueblo ecuatoriano?
Nosotros sentimos que la amenaza está llegando a nuestros territorios porque miran debajo de la tierra y ven mucha riqueza en el petróleo crudo. Y esa expansión afecta no solamente a nuestro pueblo, sino también a otros pueblos que viven bajo la misma amenaza. Entonces yo pienso que el gobierno y los políticos deben respetar nuestros hogares.
Todo lo que vivimos y defendemos no es solamente para Ecuador como país, sino también para el mundo. Eso deberían considerarlo. Y no seguir impulsando más extractivismo ni más consultas que terminan siendo una forma de engaño, diciendo que son procesos de consentimiento, cuando al final la misma amenaza llega para extraer.
Entonces, la única manera —y eso es lo que yo pido como mujer indígena— para que podamos vivir en el futuro es que escuchen a los pueblos indígenas y los respeten.
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