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Conocí a Nereo a comienzos de 1995, cuando lo visite en su apartamento de la calle de La Pola, al pie de la Universidad de los Andes. La idea era pedirle que me ayudara con una exposición en homenaje al famoso Grupo de Barranquilla que quería sacar adelante y presentar en la Feria del Libro de ese año. Pero me recibió con burlas y bromas, y me soltó un “qué Grupo de Barranquilla ni qué carajo. Eso sólo era un grupo de mamadores de gallo y de borrachines, entre ellos yo, que nos reuníamos a hablar paja y a tomar cerveza”. Y más bien, pues cometí el error de ir acompañado por una joven amiga, se dedicó a coquetearle a quien yo le arrastraba el ala en esos días.
Claro que finalmente me dio una mano y muy generosamente me facilitó un valioso registro gráfico de La Cueva, con la salvedad de que “no aparece Gabo, pues en esos años él vivía en Bogotá”.
El proyecto tomó muy buena forma a partir de allí, al punto de que la exposición El Grupo de Barranquilla. Una historia de amor visitó varias ciudades colombianas, e incluso formó parte de la delegación colombiana que representó al país en la Fiesta del Fuego de Santiago de Cuba en ese año en que Colombia fue el país invitado de honor.
Lo malo fue que Sandra Viviana se quedó a comer a la luz de las velas, invitada por Nereo. Y la perdí para siempre.
Luego vinieron otros encuentros e historias con este conquistador empedernido que me confesó que lo único que le faltó en la vida fue ser marica: “Y te juro que en ese caso hubiera sido el presidente del gremio”.
“‘La langosta azul’ la dirigió Luis Vicens”
“Me buscaron para que hiciera la cámara de la película, pero yo no tenía experiencia en manejar filmadoras. Entonces Luis Vicens, el verdadero director, me pidió que hiciera la fotografía. Pero, además, como el que iba a hacer de gringo, a la hora de la verdad, dijo que no le jalaba a esa mamadera de gallo, todo el mundo quedó en el aire y Vicens me dijo: ‘Pues te tocó a ti hacer de gringo porque tienes los ojos verdes’. Imagínate. ¡Y era una película en blanco y negro! ¡Y me pusieron gafas oscuras!
Todo eso fue improvisado. El director me decía: ‘Cógele la mano a Cecilia Porras y caminen por aquí y caminan por allá’. Y todavía hoy no entiendo el guión de un gato que se roba una langosta atómica y un gringo que lo persigue para recuperarla”.
De Aracataca a Estocolmo
“Cuando lo del Nobel a Gabito, le dije a Aura Lucía Mera, directora de Colcultura, que cómo no iban a mandar un fotógrafo a Estocolmo. Me dijo que fuera yo, pero que sólo me daban el pasaje, y le dije que con eso era suficiente. Y me dediqué a tomar fotos desde aquí hasta allá. Al llegar a Estocolmo, y como el encargado de sacar las credenciales no me sacó la mía, me tocó disfrazarme de Congo para entrar a la ceremonia con las comparsas y grupos musicales. Claro, con la cámara escondida. Al regreso le dije que había material más que suficiente para un libro y ella dio luz libre para que se hiciera”.
Nereo ama a Nueva York
“Regresaba al apartamento una noche, y en el metro una muchacha muy atractiva empezó a mirarme con particular insistencia. Ella iba sentada y yo de pie frente a ella. La verdad es que me sorprendía tanta miradera, pues tú sabes que allá ese contacto visual es el primer paso para algo más íntimo. Y claro que me sentí halagado. En el momento en que me decidí a decirle algo en son de conquista, ella se me adelantó y levantándose me dijo: ‘Señor, me gustaría cederle el puesto’. Ese día —a mis 90 años— se acabaron mis ilusiones como conquistador”.
Espero que Nereo me salga para pagarle
El año pasado usamos algunas de sus fotos del río Grande de la Magdalena para la exposición que la administración distrital realizó en homenaje a Gabo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Pero quedamos en deuda de pagarle ese uso pues el trámite se frustró en el camino tortuoso de la burocracia y la ineficiencia administrativa, y me convertí en su deudor moroso. Este año vino a Bogotá como invitado especial a la Feria del Libro y coincidimos en la gallera de Macondo. De la pena, traté de hacerme el invisible, pero claro que me vio de lejos, y en vez de saludarme con el afecto de siempre, me increpó para cobrarme, con todo derecho, sus dólares. Yo le dije que este año iría a visitarlo a Nueva York y que de mi bolsillo le pagaría esos derechos de uso, pero con la condición, al menos, de que me presentara a cierta muchacha latina de la que me había hablado con admiración meses atrás. Él se quedó mirándome con su dura “mirada número tres”, y me dijo:
—No joda. Tú no sólo me robas las fotos sino que ahora me quieres quitar los levantes.
Y hasta ahí llegó el cuento.
Quedé en deuda con Nereo.