23 Mar 2018 - 9:54 p. m.

No más democracia, por favor

Como lo señalaba hace ya medio siglo el historiador argentino José Luis Romero, tanto las democracias como las dictaduras son regímenes susceptibles por igual a la corrupción que al altruismo, y en todo caso cada una tiene tipologías y variantes.

Santiago Andrés Gómez Sánchez*

“La dictadura no es un fenómeno que pueda definirse solo negativamente como una quiebra de la juricidad; es también el resultado de un proceso activo, destructor en algunos casos pero constructor también en otros. Es, en resumen, un reflejo político de fenómenos más profundos e intrincados”.

José Luis Romero, “Democracias y dictaduras” (1960), en: Situaciones e ideologías en América Latina (Universidad de Antioquia, 2001, p. 215).

No podemos excluirnos de la era de la estupidez. Idealizar a la democracia, e incluso al humanismo, conceptos que hasta hoy han sido nuestro modelo, pero no desde siempre, puede ser ya negar la realidad. La simple supervivencia humana, en la que Colombia cumple un papel determinante, urge soluciones no solo atrevidas sino incluso dramáticas.

No pretendo convencer a nadie, aunque estoy seguro de que mis palabras resultarán irrefutables para los únicos que me interesa realmente que las aprueben: un cierto sector de las élites. Hoy en día la mayor parte de la información es ruido, y lo que pareciera más influyente, es como hojas al viento. Con todo, me expresaré de la manera más moderada, ahorrándome todo énfasis.

Empecemos por la idea de opinión pública. Todos creemos en lo que queremos creer, porque consideramos autoridad a unas fuentes y a otras no. Hemos llegado a un punto en el que la conciencia de que es posible un engaño en cualquier parte, nos previene definitivamente contra algunos mensajes y nos matricula, incluso a conciencia de esa misma posibilidad de engaño, en otros.

La paranoia afecta incluso a las mentes más lúcidas y nos lleva, sobre todo, a abrazarnos más a nuestros supuestos vitales, ya sean la libre empresa o el pacifismo.

Dentro de estos supuestos, el de la democracia como forma ideal de la sociedad es uno de los más universales, pero aun los pensadores más liberales saben bien de su actual crisis. Como parte de las ideas laterales de ese supuesto, es común considerar que toda revolución es hoy, además de pérfida, inútil, y que toda dictadura es destructiva.

Pero como lo señalaba hace ya medio siglo el historiador argentino José Luis Romero, tanto las democracias como las dictaduras son regímenes susceptibles por igual a la corrupción que al altruismo, y en todo caso cada una tiene tipologías y variantes.

Pues bien, la posibilidad de que las democracias en América Latina puedan salir por sí mismas del círculo vicioso de la corrupción es un imposible no solo por las dinámicas que las configuran internamente, sino por nuestra aceptación incuestionada de sus mecanismos, aceptación que en este contexto solo consigue reproducir los vicios del sistema. Y acudamos a un ejemplo.

Todo lo dicho es especialmente grave en una coyuntura como la que enfrentamos, pues la propia supervivencia de la especie humana tiene a los páramos y la selva colombianas como una de sus más importantes reservas, sometida al albur de los votos.

Si pensamos, para ir a un caso delicado, que Álvaro Uribe Vélez dijo hace unos días que la minería en el páramo de Santurbán era necesaria, y si constatamos que Uribe cosecha tantos votos en el país por cuenta de su hábil manejo de la información, o sea: de los valores y supuestos incuestionados de la opinión pública en Colombia, es fácil darse cuenta de que, frente a esto, las soluciones no pueden pasar ya por la democracia.

El riesgo es demasiado grande.

Hace ya diez años que el nivel del fósforo en el mar sobrepasó los límites debidos.  Hace un par de años que el oxígeno está en déficit en el planeta para todos, y hoy en Medellín es un peligro vivir por la polución ambiental. Los ríos se nos mueren, entre otras cosas, por la minería, y los que quedan tienen niveles de contaminación devastadores, empezando por el Magdalena a la altura de Barrancabermeja, incluso antes de la verdadera catástrofe ecológica de hace unos días.

Tan solo estos datos deberían ser una voz de alerta que una porción grande de la sociedad votante prefiere desconocer, y lo peor es que además son una alarma que cualquier político que llegue al poder atenuará o tendrá que poner en la balanza frente a los intereses de la industria, a no ser de que corra el riesgo de ser llamado tirano y el país entre en una situación de colapso, justo porque insistimos en ser demócratas e idealizamos a la libre empresa.

En este contexto, afirmaciones tan irresponsables como la de Uribe Vélez sobre la minería en los páramos o como las de los candidatos Vargas, Duque y Pinzón en el reciente foro de la ANDI, en Cartagena, de que el tránsito hacia una energía no fundada en el carbón y el petróleo “no puede darse de la noche a la mañana”, son algo más que una mentira, son cuchilladas al propio corazón de Colombia.

Ni los votos de la democracia ni el modo en que ella funciona en Colombia y el mundo están hoy en capacidad de hacer frente a la situación que estamos afrontando.

Yo cumplo con avisar.

* Escritor, crítico de cine, realizador audiovisual independiente.

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