El arte de Ramón Laserna está desprovisto de discursos conceptuales, sociales y políticos.
No hay un tratado ni largas explicaciones detrás de su fotografía, la que revela sobre una superficie de aluminio tridimensional. “No busco hablar de la pobreza ni de la violencia. Hay una búsqueda estética y quiero que mi arte sea placentero, agradable; que sea una especie de juego donde la gente pase el mayor tiempo posible contemplándolo”.
La aproximación a la obra de Laserna no se hace de la misma manera que a un cuadro, una escultura o una fotografía convencionales, porque en la suya hay tres campos visuales en una sola superficie. Por ejemplo, del lado izquierdo se ve la cara desenfocada de un policía, del lado derecho, su nuca, y de frente, la fusión de estas dos imágenes. Es un trabajo que se debate entre el lado positivo y su negativo, el sello y la cara de una moneda o la parte dual de una misma imagen. Así, logra que el espectador lo mire de un lado, del otro, de frente y haga un recorrido de ires y venires para no olvidar lo que se vio en la otra esquina o por la simple recreación de una imagen cambiante. Hay una intención de jugar con el público, con la línea y el color. Es así de sencillo y así de fascinante.
Ocho ensamblajes de gran formato, tres esquineros que juegan con los reflejos y las repeticiones y cinco retratos componen la muestra. Estos últimos pertenecen al paisaje de la ciudad, personajes que se pueden identificar por sus atuendos en las calles: un mensajero, un celador, un vendedor de cigarrillos o un policía. Tiene como asignatura pendiente hacer una serie con punks y skinheads.
Las interpretaciones y las influencias en el arte son innumerables. La de Laserna corresponde al arte cinético, a la estética del movimiento, al famoso efecto del “trompe l’oeil” y al despertar de una obra por la mirada que se desplaza. De hecho, su admiración e influencia se las debe a los artistas venezolanos Jesús Soto y Carlos Cruz-Díez, importantes exponentes latinoamericanos de esta corriente artística.
Desde cuando se graduó de Diseño Industrial en la Universidad de los Andes viene trabajando esta idea de los ensamblajes por medio de la fotografía, esa con la que tuvo química desde el principio y que reemplazaba la mano alzada del dibujo con la que tanto sufrió.
Sifones, cables de luz, varillas de construcción, una grieta en un muro, puertas de un garaje o las paredes de un parqueadero en la 55 con séptima, son elementos cotidianos y anodinos que bajo su lente se vuelven sorprendentes. Su ojo siempre está atento y alerta a objetos urbanos que contienen color y líneas, que después pasa a fragmentos y los vuelve abstractos.
Enfoque, desenfoque, lados opuestos, derecho y revés, oculto y visible, estas son las paradojas visuales con las que a este joven artista de relativa corta trayectoria le gusta experimentar y que ya ha logrado tener su segunda exposición en una de las galerías más importantes del país.
Galería Casas Riegner.
Calle 70a # 7-41.
Tel. 235 3310.
agosto 21-septiembre 27.