“Es un libro chiquito. Te lo lees en un día”, me había dicho L una vez que hablábamos sobre escritoras latinoamericanas. Mientras acomodaba unos libros en las estanterías y limpiaba el polvo sobre las solapas de los que ya llevaban varias semanas en la misma posición, L mencionó a Mariana Enríquez y Fernanda Melchor antes de nombrar a Fernanda Trías. Yo ya sabía quiénes eran ellas. Había estado siguiendo su trabajo muy de cerca. A Trías, incluso, me la había encontrado en algunos eventos y hasta le pedí un día que le llevara un paquete a R hasta Montevideo. Pero no la había leído mucho, apenas uno que otro cuento y había estado coqueteando durante un tiempo con esa novela suya que solo recibía elogios en la prensa y varias de las personas de mi círculo social recomendaban a través de sus redes. “Si lo abres, ya no lo cierras”. L era incisiva. Un día se inventó un club de lectura y allí decidí hacerle caso.
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El libro sí es chiquito. Cabe, literalmente, en el bolsillo interno del gabán o en el más ajustadito de la mochila. Es chiquito, sí, pero llega a traicionar con su apariencia. Comencé a leerlo una mañana en que la que el silencio de la cuadra llegaba a ser ruidoso y mi hermana estudiaba para un examen sobre antioxidantes en el cuarto de al lado. Tomé el libro, menudito, gris, suave al tacto, y en cuanto lo abrí, las primeras líneas me hicieron evocar el acento de su autora, la forma en que mueve las manos para decir las cosas, como queriendo pedir ejemplo para todo lo que no entiende y todo lo que quiere explicar. No me di cuenta en qué momento ya iba por la página 50 y se me hacía tarde para salir a trabajar.
La ciudad invencible es la historia de una mujer que llega a Buenos Aires después de un tiempo y se encuentra allí con la noticia de la muerte de su padre. Esta muerte del ser amado, que parece ser más su propia muerte, la de la protagonista, le permite reflexionar de a poco acerca de lo difusa que ha sido su vida. Su excusa para hacerse preguntas es la ciudad que la acoge. Sus reflexiones la llevan a realizar una cartografía personal de Buenos Aires. Intenta comprenderse a sí misma a medida que se adentra en una ciudad a la que reconoce sin una sola cara definida, tal como es ella. Recorre las calles y escarba en sus recuerdos, queriendo poner un poco de sí en cada esquina, como el beso que le dio a aquella chica o la vez que se quedaron viendo con Marita los techos de los edificios desde la ventana. Dice mucho al tiempo que no dice nada. “Me voy de Buenos Aires para quedarme”. Y es lapidaria con sus descripciones. Uno como lector no sabe si se trata de ficción o no ficción, si es novela o crónica. Por momentos parece más un libro de relatos que se van concatenando a medida que pasan las páginas, pero el registro es siempre el mismo. La obsesión es siempre la misma. “Todo coexiste. El artificio es cronológico”.
No pude terminar de leerla en un día, como había asegurado L. Pero no pude terminarla no porque no hubiese tenido el tiempo o el diagnóstico no haya sido acertado. En algún pasaje, entre el capítulo de las marcas y el del agua, sentí la necesidad de detenerme. El libro se me había metido adentro. Había una vocecita que martillaba incesantemente y me impedía incluso el sueño. Traté de leer otras cosas, de distraerme, pero fue imposible. “Ya es hora de que te levantes del piso”. Solo podía darle vueltas a esa frase, una y otra vez. Odié el libro en un instante y hasta pensé en decirle a L que se había equivocado, que la novela aquella no era amena sino corajuda, penetrante. No le dije nada y seguí leyendo.
“No sé cómo se cierra un círculo. Ojalá fuera tan fácil como anudar las dos puntas de una cuerda (pero cuánto tardé, de niña, en aprender a hacer un nudo). No sé por qué a todo el mundo le gusta decir eso: “Cerré un círculo”. ¿Por qué se habla de cerrar círculos o etapas como quien cierra un frasco de mermelada? Estamos abiertos; todo sigue abierto, en perpetuo riesgo de infección”. La lectura se me había vuelto personal. De repente, la voz que venía del libro no era la de una mujer sino la mía. Para cuando terminé, no pude evitar sentirme perdido, como estancado en medio de la nada. ¿Lo había entendido de la manera correcta? ¿Qué se supone que debía entender? Abrí el libro nuevamente y lo empecé una vez más. Lo leí, tal como había dicho L, de una sola sentada.
En lo que a mí concierne, esta no es una novela sobre una ciudad. Es, más bien, una novela sobre el intento, casi absurdo, de definirnos en medio de un mundo plagado de significantes. Nunca será suficiente una palabra para describir lo que somos o lo que pudimos ser. Nunca será suficiente cualquier cosa que pueda decirse sobre nosotros y los lugares que elegimos habitar. “Siempre tiene algo de ensueño el momento en que todos suspenden sus preocupaciones y están ahí, pura presencia: felices al mismo tiempo, conscientes incluso de lo ilusorio y pasajero de su felicidad. ¿No es esto la sabiduría? ¿No es esto acaso lo que llaman normalidad?