La primera noticia que tuve de Doña Bárbara fue en el cine de un barrio caraqueño. Aquella sala alberga hoy un templo episcopal. Resultaba francamente desconcertante para el niño que era yo: Doña Bárbara, encarnada por María Félix por obra y gracia de los estudios de Churubusco, no era la voraz latifundista con bozo hombruno, como es fama que fue el original que la inspiró. Al contrario, era una bella mujer que vestía blusa de volantes y falda de equitación.
No me explicaba por qué aquella diosa de insondables ojos negros tenía que verse expuesta al trato desconsiderado de unos falsos llaneros del Arauca Vibrador, que más que mozos de brega pecuaria parecían aguerridos “guardias de corps dorados” de Pancho Villa.
Rómulo Gallegos, maestro de escuela caraqueño, escritor de novelas y cuentos que transcurrían casi invariablemente en Caracas, nunca había ido al llano cuando, a fines de los años 20, se hizo invitar por unos amigos, comerciantes de San Fernando de Apure y dueños de hatos en el Arauca, cerca de Colombia.
Ellos le mostraron la doma del caballo, la caza del caimán con machete y estaca, los vados de los grandes ríos, los garzales, los palmares. Lo invitaron a un desafío entre decimistas improvisadores, y hasta arrojaron una res viva a un río llanero para que el novelista pudiese cronometrar el tiempo que a un cardumen de caribes le toma dar cuenta de un novillo. Todo ello durante una Semana Santa, hace más de ochenta años.
Gallegos fue, pasada ya la mediana edad, una ficha activa de “Acción Democrática”, el partido de masas que fundara Rómulo Betancourt y, habiéndolo sido, no dejó de ser blanco de la sorna de los comunistas ilustrados.
Allá por los años sesenta estuvo muy en boga, entre la intelectualidad filomarxista y algunos selváticos epígonos de la “escuela de la mirada” francesa, desdecir de la obra de Gallegos, fulminándola in toto, no sólo en razón de los tediosos didactismos que la surcan y que, sin duda, embarazan mucho la lectura de sus novelas del llano, sino negándose a acordarle al escritor mérito literario alguno. Según ellos, la reputación literaria de Gallegos no era más que una operación publicitaria de “Acción Democrática”.
Fue en esa sazón que García Márquez, de visita en Caracas, dejó en situación desairada a un preguntón “de izquierda”, en el transcurso de una mesa redonda. El guasón quiso servirle al novelista colombiano la ocasión de descalabrar la memoria de Gallegos.
Recuerdo que García Márquez se limitó a evocar su propia primera lectura de Doña Bárbara, dejando ver la gozosa memoria que anima a un buen lector cuando pondera con entusiasmo. Rescató una imagen galleguiana, apenas con un leve reparo. “Yo habría comenzado a escribirla desde allí”, dijo.
Se refería al momento en que Santos Luzardo entra a la oficina de Ño Pernalete, el bárbaro jefe civil de aquella comarca, con ánimo de denunciar a Doña Bárbara por un asunto de linderos y abigeato, pero no encuentra en su sitio al funcionario. En su lugar se topa con una gallina empollando en el sombrero del Estado ausente.
Ochenta años después de aquella Semana Santa en que un maestro de escuela citadino y positivista quiso ver de cerca el llano y tomar notas para luego sentarse a trasmutar todo aquello que vio en una novela que pudiese titularse Doña Bárbara, puede decirse que es casi lo único que los venezolanos pudimos mostrar en la feria patriotera de las vanidades literarias latinoamericanas.
Gallegos fue el primer presidente civil que tuvimos en el siglo XX y el primero en toda nuestra historia independiente en ser elegido en comicios universales. Un civil que hizo campaña electoral “con un libro bajo el brazo”. Su mandato constitucional duró solamente 8 meses. Terminó abruptamente en noviembre de 1948, cuando un trío de militares pretendió hacer de él un pelele teledirigido.
Es también Gallegos el epónimo de un premio internacional de novela que, durante casi 40 años, fue el más prestigioso de Hispanoamérica. Digo fue porque ya no es más que una réplica del premio Casa de las Américas cubano en su versión más decadentemente estalinista: se premia a los amigos de la causa.
No dudo que sea la condición de héroe civil que encarnó en Gallegos lo que molesta al régimen chavista y sus paniaguados intelectuales y que ha vetado conmemorar, tal como se merecía en febrero, el 80º aniversario de la aparición de Doña Bárbara.
En febrero, ya se sabe, sólo hay una magna fecha: cae el día 4, es de asueto obligatorio y conmemora la sangrienta chambonada golpista de Chávez.
Puesto que no tengo ni tendré jamás héroes militares, sino exclusivamente civiles, hoy me descubro en memoria de don Rómulo Gallegos y su guaricha, la Bárbara.
* Escritor venezolano.