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Nueva York
Fue a la sala. Acarició las hojas brillantes de las plantas que ella misma regaba una vez por semana. Las limpió como si fueran los deditos de la niña. Aún bajo cero abría las dos ventanas por donde entraban los escuálidos rayos del amanecer. Sentía que se ahogaba. Escuchaba el sonido de las cadenas de la puerta de la panadería colombiana que estaba al frente de su edificio y la abrían al amanecer. Los olores a queso mezclado con guayaba de los pasteles y panes recién horneados subían por las paredes y se metían por los vidrios opacos. Entonces se preparaba un té de manzanilla y volvía a la cama.
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No estaba allí. Ni en la cuna ni tampoco a su lado. Había pasado en vela y perdió la cuenta de los días y las noches. Hacía años que no dormía bien. Esa sensación de estar viendo las cosas desde arriba, como si estuviera flotando, comenzó en su adolescencia, antes que hubiera llegado a Nueva York, antes de haber pasado el río Grande, la frontera entre México y Guatemala, las carreteras centroamericanas. La bebé no estaba con ella y era como si le faltara el aire de las montañas cafeteras en Nicaragua, donde había pasado su niñez.
Ahora, casi cuarenta años después, en su habitación en Brooklyn, a la media noche, buscaba sonámbula y en la oscuridad a su hija. Tuvo dos hijos más, eran ya unos hombres y se habían ido de la casa. Cómo le hubiera gustado llevarla a la escuela, celebrar sus quince años, acompañarla a su grado, porque iba a ser una profesional antes de casarse. A medida que pasaba el tiempo, las horas se le hacían perpetuas, se daba cuenta de que había entregado todo a un solo hombre por nada. Entonces su marido se despertaba y le decía:
̶ Madrecita, acuéstese que mañana tiene que levantarse temprano.
Entonces ella le devolvía una sonrisa y cerraba los ojos como para no recordar.
¿Cómo fue que cedió a su hijita de dos meses a los coyotes para que la pasaran porque le dijeron que tenía que cruzar el río en la oscuridad y solo con la ropa que llevaba puesta? Durante cuatro décadas había intentado darse una respuesta lógica ante un acto que a simple vista parecía un arrebato y, de momento, solo un capricho. Pero en el fondo ella sabía que no fue así.
Para justificar su acción había querido creer lo que le aseguraron esos hombres: que se la entregarían una vez pasara al otro lado. ¿Cómo se dejó convencer tan fácilmente de su marido, quien ya estaba en México, para que prodigara la niña a unos desconocidos? ¿Cómo no se le ocurrió que la podrían secuestrar y luego exigirle plata para devolvérsela? Él no la había persuadido, fue ella misma quien lo planificó. Era la venganza.
Él estaba esperándolas desde hacía varias semanas en México. Ella solo aguardaba por una señal. A cualquier hora los coyotes se pondrían en comunicación con ella para que saliera de su pueblo, abandonara su país natal, cruzando el río Coco hacia Honduras, cruzara El Salvador hasta llegar a Guatemala, para allí pasarla a México. Lo que no le dijeron fue que tendría que entregar a la bebita antes de atravesar la frontera. Cómo odiaba a su marido por no haberle dicho nada. De saberlo, nunca habría dejado la casa de su hermana mayor. El marido había tenido que salir corriendo porque lo iban a matar por un lío de faldas. No como el rumor que se regó, eso de ser un Contra. Cómo lo detestaba, se había metido con la hermana de uno de los líderes sandinistas y la dejó embarazada.
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¿Por qué ahora le tocaba salir a medianoche, escondida como una delincuente, con la niñita en el regazo envuelta en un atadito, con el traje que su mamá le hizo para el bautizo? Era un vestido rosado tejido a mano. Ella había pasado una semana, sin descanso, haciéndolo, como si ya supiera que el cáncer que tenía regado por todo el estómago no le permitiría ver a sus nietos, así como a los otros hijos que tenía regados por el mundo. Sin embargo, la abuela alcanzó a ver a la niña vestida como a una princesa, en la iglesia, con sus ojitos negros bailaores, los mismos del abuelo (que en paz descanse) y la misma sonrisa inofensiva de su hija.
Unas semanas después falleció la madre y Ofelia se sintió aún más huérfana desde que el marido se había escapado a México. Lloraba por las noches por la pérdida de sus padres, la ausencia del esposo, pero se consolaba al ver a la niña junto a ella, que le sonreía con su mirada de gatica en medio de la oscuridad. Desde entonces vivía con su hermana mayor y le ayudaba con los trabajos domésticos para no pensar en nada. La casa materna se había convertido en un centro de refugiados familiares. Llegaban de otros pueblos, unos perseguidos por el gobierno, otros por los sandinistas y muchos porque no aguantaban más la pobreza. En una casa donde habían criado a una docena de hijos siempre se compartía hasta un pedazo de pan.
Ofelia atravesó medio Centroamérica para verse con el único hombre con quien se había acostado a los 14 años y que le ocasionó tanto daño. Lo conoció porque un hermano lo trajo a la casa y desde que la vio se enamoró de ella. Las hermanas lo notaron, pero a una madre no la engañan así no más, no permitió que volviera a la casa. Fue tanta la insistencia y los mensajes a través de sus hermanos que ella terminó viéndose a escondidas con él. Todo ocurrió tan de repente que al cumplir los quince años ya estaba embarazada y los Sarmiento lo obligaron a casarse con Ofelia. De jugar a la gallina ciega y al escondite en los cafetales, pasó, de la noche a la mañana, a cambiar pañales, a amamantar y a ser huérfana, así como a ser humillada ante la familia y el pueblo por su propio marido. La noche que le avisaron que tenía que salir ni siquiera pudo empacar otras muditas para la niña.
Cómo le hubiera gustado ver crecer a la niña en medio de los cafetales, jugando con sus futuros hermanos y primos. Así se había levantado ella, en el campo, en medio de una familia de doce hermanos. Ella y Sofi, su hermana gemela, eran las del medio y les tocó ayudar a criar a los más pequeños porque la madre no daba abasto con tantas bocas que alimentar, ropa para lavar, ocuparse de los quehaceres de la casa y atender a un marido tímido, pero no en la cama. Su padre había sido un santo, pensaba ella, y estaba convencida de que todos los hombres eran así: piadosos y callados. Los hermanos mayores trabajaban en los cultivos de café desde que tuvieron uso de razón. Pero unos se fueron a Managua, otros estaban en la guerrilla, uno de los menores en Estados Unidos, pero dos de sus hermanas se quedaron también en el pueblo. Sofi, la gemela, fue la más rebelde y ahora se llamaba Vínica, Victoriosa Nicaragua. Se había escapado con un sandinista muy buen mozo y no sabían dónde estaba. Se comunicaba a través de una vecina, pero nadie le decía a la madre dónde estaba. Eran las órdenes de la comandancia.
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Cuando falleció la mamá de cáncer, su hermana mayor, quien no era casada, asumió el mando de la familia. Ofelia se quedó en la casa de toda la vida y allí recogían a todos los familiares que estaban desamparados. Así fue como llegó de nuevo al hogar que había sido de sus padres. Venía huyendo porque también la iban a matar, como a su marido. Finalmente, la dejaron en paz cuando el nuevo alcalde del pueblo recibió una llamada de uno de los comandantes sandinistas ordenándole que dejara en paz a la familia Sarmiento. Todos en el pueblo sabían que la Sofi era la que había intervenido, ya que por su valentía y lealtad la ascendieron al rango de capitán Vínica. Ofelia no volvió a ver a su compinche Sofi desde que se había volado de la casa, pero de vez en cuando les mandaba dinero y su hermana mayor guardaba una fotografía de ella en la que aparecía con botas militares y con un sombrero de color camuflado, que no le sentaba nada mal. Era casi irreconocible. Supieron que era Sofi porque le faltaba el dedo meñique, mochado desde niña en la puerta de la cocina. Eso lo notó Ofelia al ver la imagen de su hermana, quien sostenía con mucho orgullo un fusil G3A3.
¿Cómo era que después de haber pasado más de 48 horas viajando en una troca escondida en la parte trasera, después de montar en buses públicos y otros vehículos que ya ni se acordaba, tuviera que pasarle a su hijita a unos hombres que jamás había visto? Pasó horas sin dormir, pensativa, en medio de otros que iban para el mismo destino. Quizás la polvareda en las carreteras salvadoreñas, las requisas en algunos cruces, el cansancio, el miedo, la rabia, un arrebato, la habían llevado a tomar una decisión de la cual se arrepintió toda su vida: entregarla con un maletín con tres pañales y dos teteros.
Casi como sonámbula, caminó por horas entre los otros miserables. Luego cruzó un río que no le impresionó, porque siempre le dijeron que se podría ahogar, pero solo tuvo que quitarse los zapatos porque ya había pasado el invierno y quedaban hilos de agua filtrándose en medio de las piedras. No le importó si se hubiera ahogado o tropezado con una roca, pues no tenía a la niña entre sus brazos. Al otro lado estaba México, el camino para llegar al destino final: los Estados Unidos (donde los esperaba su hermano). Otro día más para ver a su marido, a quien detestaba, porque no le perdonó.
Cuando comenzaron a devolverles las maletas y los bultos al otro lado de la frontera en México, ella salió gritando en medio de la hilera y les preguntó: “¿Dónde está mi hija?”. Los hombres se miraron entre sí, regresaron al carro, abrieron un portamaletas y le devolvieron un maletín con los mismos tres pañales. Le dijeron: “Se la tuvimos que dar a una señora antes de cruzar porque estaba llorando mucho y no podíamos levantar sospechas. No se preocupe que ya tendrá más hijos, usted es solo una quinceañera”.