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Olvido a veces

La mirada de un creador, la pluma de un escritor.

Roberto Burgos Cantor / Especial para El Espectador

01 de noviembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Es un hotel de paso. Más que pequeño, estrecho. Construcciones apenas pensadas para el cansancio de la noche que busca descanso sin perderse en detalles. Allí el hombre espera el automóvil que lo llevará al aeropuerto de una ciudad cercana.

En tanto, mira de vez en vez el cielo cuajado de una carpa lechosa, con jirones azules y un resplandor tenue que, sin embargo afrenta los ojos. El ventilador del techo, constante, remueve el aire tibio de la sala de espera apenas separada de la recepción por el descanso de la escalera. Tiene dos tramos angostos y empinados que empiezan en la puerta de vidrio de la calle. El mobiliario de la sala es escaso: dos sillas y un par de sofás con la cojinería de hule que devuelve el calor de los cuerpos, no transpira.

Así distrae la espera. Saca del morral un libro que compró antes del viaje. De esas adquisiciones inesperadas donde todo lo resuelve la convicción del librero. Al hombre le gusta subrayar las coincidencias súbitas o lejanas. Lee un poema de Wislawa Szymborska con un cielo de color pardo y un espíritu que invoca a los vivos. Lee: Pareces un espíritu/ que intenta invocar a los vivos./ Como aún me cuento entre ellos/ debería cobrar presencia y dar unos golpes: / buenas noches, es decir, buenos días, / adiós, mejor dicho, bienvenido.

Entonces, pasa la mujer. Pequeña y menuda. De formas nítidas. Le observa la curva graciosa de la espalda y las nalgas erguidas sin énfasis. Antes, cuando él levantó los ojos del libro, a pesar de los pasos sin ruido, respondió a su sonrisa: sin escondites, entera, inacabable. El esplendor de la piel surge de los hombros y del escote de la blusa, ligera y suelta.

La mujer avanza hacia el pasillo de las habitaciones y responde su teléfono móvil. Dice en un susurro: me tienes olvidada. Lo ha dicho sin reclamo y sin lamento. Apenas la corriente neutra, helada y sin centro, del murmullo.

Al hombre lo toma un sentir sin entrometimiento y domina el impulso de contestar: “¿A ti quién puede olvidarte?” No se atreve y vuelve a la lectura del libro. La mujer desaparece al fondo del pasillo.

Por Roberto Burgos Cantor / Especial para El Espectador

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