A diferencia de la simpatía que experimentaba Marta Traba por el trabajo del mexicano José Luis Cuevas o del colombiano Alejandro Obregón, sentía verdadera aversión por la pintura del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, cuya “actitud premeditada y demagógica” le convertía en un “apoderado de los vencidos”. La crítica de arte colombo-argentina era una mujer cosmopolita y apasionada que no se detenía en contemplaciones inútiles para despotricar contra aquellos artistas a quienes consideraba inferiores en su escala personal de valores. No obstante su polémica obra, Guayasamín es uno de los maestros de la plástica contemporánea que mayor prestigio ha acumulado sobre su nombre y el de su país. Su mérito radicaría en un conjunto de elementos que desarrolló a través de su prolongado ejercicio visual.
Oswaldo Guayasamín nació en Quito (Ecuador) el 6 de julio de 1919 y murió el 10 de marzo 1999 a la edad de 79 años en la ciudad de Baltimore (EE. UU.). Su iconografía ha sido vinculada a cierta tradición indigenista que se remonta a la literatura de su compatriota Jorge Icaza, en su célebre novela Huasipungo, de 1934. Es una historia patética que narra la explotación, la violencia y el vil trato de que han sido objeto los aborígenes de su país. Esa escuela, que tuvo repercusiones tanto en la plástica como en la literatura, se propagó por el lomo andino en autores como Alcides Arguedas, en Bolivia, con su obra Raza de bronce; Ciro Alegría, de Perú, en novelas de vigoroso realismo social como El mundo es ancho y ajeno o La serpiente de oro. En Colombia tuvo el indigenismo un auge fugaz en las décadas del treinta y cuarenta entre aquellos pintores y escultores del Grupo Bachué, que tanto admiraron el arte nacionalista de los muralistas mexicanos, si bien enfatizaron las imágenes, las leyendas y los mitos prehispánicos en lugar de sus vicisitudes existenciales. En ese sentido los Bachués, un conjunto heterogéneo conformado por Luis Alberto Acuña, Rómulo Rozo, Pedro Nel Gómez, entre otros, se inclinaron más por el aspecto romántico que por el dramatismo que suscita la realidad cotidiana de los indígenas en cualquier país americano.
Aunque niega rotundamente ser “un pintor indigenista”, ese había de ser el tema que Guayasamín patentó desde el principio de su carrera artística. Por supuesto que no se trata ahora de aquella intención literaria de exaltar a una raza vencida, víctima de un sistema racista, sino de teatralizar la desesperación que sufren sus compatriotas en condiciones infrahumanas de marginamiento social. Su mejor época es sin duda la titulada Huacayñán, palabra quechua que significa “Camino del llanto”, la cual marcó a partir de la década del cincuenta y para siempre su estilo expresionista de figuras alargadas y rostros angulares cuyo símbolo es el dolor que expresan, en contundente gestualidad, las manos que imploran, oran o claman venganza. También enfatiza una fisonomía de quien padece los rigores de la existencia: el grito, el llanto, la desolación o el desamparo.
Si bien en su primera época intentó Guayasamín penetrar en el sufrimiento de sus compatriotas humillados a través de una serie de 100 pinturas; en su segunda etapa, conocida como La edad de la ira, proyectó un rechazo a la brutalidad en cerca de 300 obras y una amplia producción gráfica diseminada por el mundo. En su primera época encontramos una pluralidad de colores que fue depurando hasta limitarse a una estrecha gama de prodigiosa sobriedad, condicionada quizá por el tono de su temática social, y de donde sobresalen en ocasiones colores abruptos –un azul eléctrico, algún rojo centelleante o el blanco profundo– que dramatizan su contenido visual.
En realidad, Guayasamín ha pintado siempre el mismo tema: la injusticia social en cualquiera de sus manifestaciones. En El camino del llanto era aún quejumbroso y se advertía una mayor elaboración en el trazo que originalmente se nutría de la línea picassiana en su época cubista. Tiempo después sus perfiles se vuelven más esquemáticos a fin de simplificar la composición de elementos geometrizantes que recuerdan las elongaciones de Giacometti o la estilización formal de Modigliani. Pero es tal vez Goya, con sus Caprichos o Los desastres de la guerra, quien ha penetrado de manera profunda en un estilo que se inclinó por denunciar las calamidades que azotan nuestro continente. De todos modos, sus imágenes desgarradas aluden a una típica cultura andina, ya que sería difícil hallar en este artista los ingredientes de regocijado optimismo que caracterizan a la cultura costeña de ambos océanos.
En el conjunto titulado Mientras vivo siempre te recuerdo rinde un tierno homenaje a su madre, extraordinaria mujer de escasísimos recursos económicos, a quien recuerda lavando y planchando ropa ajena sin dejar de atender sus oficios domésticos para mantener a su numerosa prole. En esa temática, que se puede enumerar como del amor, el sufrimiento, la ira y la ternura, se inscribe la obra de este ecuatoriano nacido en un medio social humilde que logró superar todos los obstáculos para destacarse como uno de los artistas más mimados por la fortuna en nuestro tiempo.
* Escritor e investigador cultural, autor de “¡Azúcar!: La biografía de Celia Cruz” (New York, 2004); “Los recursos de la imaginación: artes visuales del Caribe colombiano” y Los recursos de la imaginación: artes visuales de la región andina de Colombia (Bogotá, 2012). Su libro más reciente es la novela “El umbral de fuego (Collage Editores, Bogotá, 2015). eduardomarceles@yahoo.com