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Pablo Montoya a “La sombra de Orión”

El escritor colombiano sorprende con una novela en la que recrea las violencias de Medellín, a partir de la polémica operación realizada en la Comuna 13 en 2002. Fragmentos del capítulo en el que evoca a las víctimas de La Escombrera.

Pablo Montoya * / Especial para El Espectador

05 de febrero de 2021 - 09:00 p. m.
Pablo Montoya nació en 1963 en Barrancabermeja y creció en Medellín. / Cortesía: Penguin Random House - Marcela Sánchez
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“Armando salió para la casa de su mamá”, dice la abuela. Vivíamos aquí, en El Salado, y yo no quería dejarlo ir. El hombre con quien cohabitaba esa mujer era mala clase. Pero Armando insistió: “Abuela, necesito unos tenis y mi mamá me los va a regalar”. La anciana le dio los pasajes de ida y vuelta y el adolescente le prometió que pasaba por los tenis y se volvía. Más tarde, Armando llamó de un teléfono público. “Abuela”, dijo, “me quedo una semana por acá y el sábado hablamos”. Llegó el sábado, otros días llegaron y Armando no apareció. (Recomendamos: entrevista a Pablo Montoya).

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Me contaron que se había comido el almuerzo de ese señor y que hubo una pelea. Le pregunto a la vieja si cree que ese haya sido el motivo de la desaparición. Ella levanta los hombros. “¡Dios sabrá!”, exclama. Agrega que recuerda poco de esos años y que a su memoria se la está devorando el animal del olvido. Entonces reviso las hojas que me pasa. Un formulario diseñado para las víctimas de desaparición forzada. Los papeles están sucios y, según ellos, Armando Morales López no era sindicalista ni reinsertado. No pertenecía a ningún grupo religioso, ni de derechos humanos, ni a organismos estatales, no era de la comunidad LGTBI, ni tampoco hacía parte de algún grupo armado. (¿Qué fue la Operación Orión? Aquí le explicamos lo ocurrido en 2002 con testimonios de las víctimas).

No se sabe, porque no hay testigos, del lugar de la desaparición ni sus causas. No hay autores que reclamen este acto. Ni el Gaula, ni el CEAT, ni el Esmad, ni el DOC. No hay brigada ni batallón. No hay paramilitares, ni guerrillas, ni bacrim. Por lo tanto, no existe ninguna característica sobre los posibles victimarios. Tampoco ningún dato a propósito de ropajes, vehículos ni armas. La lista que tiene que ver con cementerios, ríos y potreros está vacía. Igualmente sucede con los hospitales, las cárceles, los ancianatos, Medicina Legal y Bienestar Familiar. En la Procuraduría, en los juzgados, en la Policía, en la Fiscalía, en el CTI, en la Defensoría del Pueblo, en la Presidencia, en las ONG no saben de él.

Los familiares, salvo esta mujer que intenta recordar, no han querido pronunciarse. ¿Cómo imaginar la figura de Armando Morales López?, me pregunto. No hay una sola fotografía suya. No sé si era obeso o delgado. Si tenía tatuajes, cicatrices, lunares, manchas, quemaduras.

¿Cómo era su pelo? ¿Alguna particularidad sobre la nariz, la boca, las manos, los dientes? ¿Cómo estaba vestido cuando se fue para donde su mamá a recoger los tenis? Lo único que sé, con relativa seguridad, es que tenía doce años el día en que desapareció.

***

En realidad, no fueron dos los adolescentes que le llevaron la ropa al Calvo. Había uno más. Se llamaba Cristo Alcides Cifuentes. Como Carmenza y Juan Jaime, tenía diecisiete años. Su madre lo recuerda el día en que lo vio por última vez. Cristo le avisó que iba a hacer una vuelta con unos amigos y que ya venía. “Hasta el día de hoy”, señala la mujer. “Era buen mozo mi muchacho”, añade. Siempre tenía un pedazo de canción en los labios. Donde estaba él, la alegría se desbordaba. No me cansaba de prevenirlo con las chicas, no fuera que lo agarraran con la preñez y tuviéramos que responsabilizarnos de la criatura. Portaba dos candongas en las orejas. Un enredajo de semillas coloridas en el cuello.

Ese día vestía de blanco. Un blanco que hacía resplandecer su piel morena. La pinta y el ánimo se lo celebraban hasta sus amigos milicianos. Porque los tenía, dice la madre. Cómo no iba a tenerlos si ellos mandaban en Nuevos Conquistadores.

Pero nunca se metió en líos. Les decía que lo suyo era acicalarse, cantar a toda hora y jamás ponerse a disparar revólveres y metralletas. A punta de chistes y canciones los mantuvo a raya, hasta que llegaron los paramilitares. La madre añade que de la estación de San Javier se los llevaron a los tres para una casa en La Floresta.

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Desde allí, Cristo Alcides la llamó por teléfono. Dijo lo de siempre: “¡A lo bien, cucha, a lo bien!”. Incluso lanzó una carcajada. Pero fue una conversación cortada tan rápidamente que ella no sabe si esta se la inventó su desesperación, o si ocurrió antes de que los trasladaran a La Escombrera. En los papeles que hojeo, donde se reporta la desaparición del chico, hay un detalle que sobresale. Un número de radicado que me produce una impotencia desolada. Se llama SPOA, sigla que quiere decir Sistema Penal Oral Acusatorio. El número de Cristo Alcides Cifuentes es 060015000206201291253.

***

Elvia Johana Mosquera vivía con su novio en una pieza, en lo alto de La Divisa. A ambos les gustaban las canciones de Ismael Rivera. Cuando hacían el amor, la grabadora sonaba a gran volumen para que los vecinos oyeran las palabras cantadas y no los gimoteos del goce. Su madre le dijo que eso no estaba bien, porque el muchacho era miliciano.

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Tumba’o tenía dieciocho años; Johana, dieciséis. Él era larguirucho y afro y la ropa le quedaba ancha. Ella, en cambio, se ponía las prendas apretadas y era chaparrita y blanca. En el ombligo tenía un piercing y abajo un tatuaje. Era un dedo pulgar que señalaba hacia el sexo. Otra de las marcas la trazaba el lunar en la espalda, cerca de donde se expandía la cadera.

A Tumba’o le encantaba darles besitos a esa mácula estrellada y a ese dedo y al triángulo tapizado hacia donde debía ir. La muchacha se reía hasta que de nuevo el negro se le enredaba en las piernas y comenzaban a jadear. Ella se había ido de donde su madre, que vivía también en el barrio.

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Pero al cabo de cuatro meses le dijo: “Amá, el niño se me vino antes de tiempo”. Escuchó otra vez que no era bueno que se mantuviera con ese gavilán. Pero Johana estaba enamorada y hacía todo lo que su novio le pidiera. Tumba’o le decía: “Mirá, preciosa, entrégale este mensaje al comandante Marcos”.

Y a veces ella transportaba municiones en bolsos que Carlitos y Ojo de Vidrio le encargaban. Y hacía la fiesta en las trincheras que los Comandos Armados del Pueblo poseían. Una mañana, Johana fue al centro de salud. El sangrado seguía y unos vértigos le hacían ver chispas en el aire. La abordaron antes de entrar al centro.

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Otros dicen que fue después de la consulta. La metieron en un taxi y nunca apareció. Tumba’o se fue de la pieza al poco tiempo. Se encaramó como un gallinazo, puto y solitario, en uno de los extremos de La Luz del Mundo. Alguien le juró, y él apuntaba con el revólver a la cabeza del soplón, que Johana estaba en La Escombrera. Pero a Tumba’o, que se había conseguido una pala para desenterrarla, también lo desaparecieron.

* Cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

Por Pablo Montoya * / Especial para El Espectador

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