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Paisajes imaginarios para un mundo real

Rafael Yockteng, uno de los ilustradores de libros infantiles más reconocidos en la actualidad. Junto con Jairo Buitrago ha estado detrás de proyectos como ‘Eloísa y los bichos’ y ‘Camino a casa’.

Santiago La Rotta

29 de agosto de 2013 - 05:00 p. m.
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Algunas de las cosas más extraordinarias del universo suceden lejos de la mirada de los hombres. Unas de estas son grandes, a veces enormes, como una estrella que se muere en un estallido de luz. Otras son diminutas, casi secretas, como una célula que se replica adentro de las cosas vivas o el polen que riega por todo lado el color verde.

Algunas de las cosas más extraordinarias del hombre suceden lejos de la mirada de los adultos. Muchas de ellas son grandísimas y poderosas, aunque suelen encarnar en cuerpos más pequeños: el gusto por los aguaceros, la facultad de convertir un lápiz en un cohete espacial, un borrador en un carro de carreras.

Es fantasía cuando se descubre el mecanismo que la impulsa, cuando se ven los cables y los ganchos que sostienen la escenografía. Es otra cosa cuando el encanto continúa oculto; no ilusión, tan sólo pericia: la voz en una zarza ardiente, el león que acompaña en el camino a casa, el dinosaurio que se sube al bus del colegio.

El punto es mantener la emoción, sostener el aliento. No magia, tan sólo realidad. No se necesita de princesas y tierras lejanas, dragones y enormes peligros. El enemigo, si acaso lo hay, no está detrás de un foso con agua y cocodrilos, sino en la tienda en la que ya no fían, en la ciudad en donde no se pueden elevar cometas.

En ese nivel de diálogo la belleza emerge en forma de natural improbabilidad en una niña que no ve extraños en las calles y en la escuela, sino sólo bichos; la nostalgia en forma de insecto. La narración, entonces, se desprende de hadas madrinas y moralejas para dedicarse a contar, a mostrar.

La imagen habla en varios niveles, sugiere, deja lugar a la intuición, al igual que un texto se entrega al ancho río de la interpretación. No hay evangelio ni verdad revelada. El dibujo escapa de la obviedad para entregar una historia por capas, en pequeñas dosis. Poesía visual, quizá.

Aspirar al cómic para terminar en el libro álbum. ‘Emiliano’ fue una de las cuatro propuestas que Jairo Buitrago le presentó a Rafael Yockteng en un momento para hacer un libro para niños. Fue el primer proyecto en el que trabajaron juntos.

“Siempre tuvimos muy claro que a nosotros nos gusta contar historias y de casualidad tenemos este lenguaje que es para niños”. El mundo en otro sentido, el mundo según Yockteng y Buitrago y otros creadores que llevan algunos años haciendo girar un engranaje que ha permitido la creación de una literatura infantil que privilegia la narración por encima de la clasificación de los lectores. El mismo rótulo de libro para niños acaba por ser problemático porque algunas de estas historias se plantean en términos que son válidos en cualquier momento de la vida: la soledad, la nostalgia, la pérdida, la amistad.

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La conexión no es obvia, es más, incluso no es necesaria. Un autor o un ilustrador de libros infantiles puede no ser bueno con los niños. Maurice Sendak, el hombre detrás de ‘Donde viven los monstruos’, vivió buena parte de su vida alejado de casi todos, con sus perros y sus amores y sus ideas.

A Yockteng no le va mal en este aspecto. Al final de un taller con unos 40 niños, todos quieren una foto con él, profesora incluida. Media hora después del final de la actividad, aún se encuentra firmando cuadernos con su nombre y un dibujo. Ellas, casi todas, piden mariposas; menos mal. Ellos piden cosas como lobos y gatos.

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El camino que va de la nada a una pasión en este caso fue una ruta que pasó por Hayao Miyazaki, el artista japonés, el cine, los cómics; una educación visual que visitó la Tierra Media de Tolkien a los 12 años y otros territorios de donde se nutrió la amplia imaginación de un ilustrador que ha trazado el universo de libros como ‘Camino a casa’.

Realizado en conjunto con Buitrago, este proyecto se ganó el premio A la orilla del viento, del Fondo de Cultura Económica en 2008 y puso el nombre de ambos en un lugar privilegiado en el panorama de la literatura infantil. “Las historias que más me gustan son las que me hacen llorar. ‘Camino a casa’ me dio muy duro: es el relato de una niña que perdió su padre y cualquier día hace el recorrido del colegio a su casa y recoge a su hermanito y cocina y todo el tiempo está con ella un león. Al final uno descubre que este león era la figura de lo que era el padre para ella, como esta presencia protectora, como la fuerza interior de la niña. Al final ella mira una foto con su papá, mamá y hermano, con su familia, y la deja al lado, en su mesita de noche. Este es un momento durísimo. Cuando lo hice me preguntaba por qué estaba dibujando esto. Qué cruel. Es un momento muy emotivo”. “Puedes irte de nuevo, si quieres. Pero vuelve cuando te lo pida”, dice el texto.

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Es bien sabido que los comienzos suelen ser algo traumáticos. El principio entraña un inesperado nivel de dificultad, una mezcla de incertidumbre y algo de inexperiencia, tal vez incluso de angustia.

‘Emiliano’ se demoró dos años en salir al mercado. “Nos demoramos tanto porque no sabíamos cómo hacer un libro. Ella nos enseñó este oficio de hacer libros álbum”. En el relato de Yockteng ella hace referencia a María Osorio, editora de Babel, que en 2009 publicó ‘Eloísa y los bichos’, un libro infantil que, con más de 120 mil ejemplares vendidos, ha sido editado en Japón, Corea del Sur, España, Argentina y Brasil, además de Colombia.

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Yockteng repite la cuenta. “Uy, ya todo eso”. Ríe. Los niños se despiden. Ríe de nuevo.

slarotta@elespectador.com

@troskiller

Por Santiago La Rotta

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