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Pankaj Mishra: “Rendirse no puede ser una estrategia, aun si el fracaso está en el destino”

El escritor indio publicó “El mundo después de Gaza” (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuestiona las implicaciones culturales, sociales y morales de una guerra como la que se ha vivido en esa parte del mundo. Un texto que ahora, con el conflicto en Irán, cobra más importancia.

Andrés Osorio Guillott

03 de marzo de 2026 - 06:06 p. m.
Pankaj Mishra estuvo en Cartagena como uno de los invitados al Hay Festival. Allí presentó su novela "Corre a esconderte".
Foto: Victor Ogliastri - C&C Radio Emisora Caro & Cuervo
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Dice Pankaj Mishra en El mundo después de Gaza que “Toda una generación de jóvenes occidentales se ha visto abocada a entrar en una edad adulta moral a causa de la acción (o la inacción) de sus mayores, tanto en política como en el periodismo, y obligada a enfrentarse, prácticamente sola, a una serie de actos de salvajismo permitidos por las democracias más ricas y poderosas del mundo”.

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Más que hablar de Gaza, el ensayo que nos presenta el autor indio muestra una serie de reflexiones sobre el mundo, la cultura y el poder del Norte Global, y la esperanza del Sur Global en medio de lo que él llama el “dominio colonial”. En un momento al que se suma una nueva guerra en Medio Oriente, este libro de Mishra sirve para seguir haciéndonos preguntas. Varias de las que él se hace parten de un fenómeno moral y del concepto de la “culpa metafísica” de Karl Jaspers, que el ensayista indio explica como “la culpa de no poder poner fin a la violencia extrema”, en este caso a la dirigida contra la población civil de Palestina por parte del Estado de Israel.

¿Cómo explica usted esa idea de la “edad adulta moral” que señala para los jóvenes de Occidente en la actualidad?

Pienso que para muchos jóvenes de hoy el mundo es un lugar de terror, y tienen que luchar y enfrentarse a la vida de una manera en la que yo y mucha gente de mi generación no tuvimos que hacerlo. El proceso de crecer en un estado de inocencia, en una relación normal con el mundo en general, ha sido completamente destruido por lo que ha pasado en el mundo, incluyendo en Gaza en los últimos años. La gente ha sido forzada a crecer mucho más rápido de lo normal. Han sido forzados a enfrentar el dolor y el sufrimiento del mundo desde una edad muy temprana.

Dice también que viviremos con una herida dentro y con un trauma que no desaparecerá en mucho tiempo. La pregunta es: ¿cómo hacemos para sanar esa herida o para intentar solucionar ese trauma de haber visto desde lejos lo que pasó en Gaza o lo que está pasando?

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En la historia humana no hay millones y millones de personas que hayan estado expuestas diariamente, durante tanto tiempo, a la atrocidad como ahora. Nunca la gente había visto, de forma cotidiana, a niños siendo asesinados o a padres gritando por sus hijos asesinados. No podemos esperar que nuestras mentes y nuestras almas permanezcan intactas frente a esta experiencia horrible de violencia y sufrimiento. Es imposible permanecer intocables después de haber presenciado algo así.

Creo que la única consecuencia positiva —solo puedo esperarlo— es que las personas que han sido expuestas a esta violencia increíble y a este sufrimiento, especialmente los jóvenes, desarrollen un marco ético para entender el mundo y para actuar en él en el futuro.

Si no aprendemos de esta experiencia el valor de proteger a los débiles, de cuidar a quienes están en desventaja, de solidarizarnos con las víctimas de una violencia enorme, entonces no sé qué tipo de futuro estamos imaginando para nosotros mismos.

Hablemos del colonialismo y de la influencia que tiene este concepto para usted con respecto a lo que ha pasado en Gaza

Muchos países de Asia y África se liberaron del colonialismo en el siglo XX: India en 1947, Pakistán en 1947, muchos países africanos en los años 50 y 60. Sudáfrica finalmente escapó del supremacismo blanco y del régimen de apartheid a comienzos de los 90. Ese fue el último gran momento de liberación.

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Para muchas personas en Asia y África, el Estado-nación que hoy impone un sistema de apartheid sobre la población palestina en Cisjordania y en Gaza, que los somete a una violencia extrema y que mantiene fronteras en constante expansión —en Siria, en Líbano— recuerda a los regímenes coloniales de los que se liberaron.

Muchos pensaron que el colonialismo era una etapa superada, algo que había quedado atrás tras la independencia y la libertad nacional. Pero lo que Israel está haciendo, y lo que su principal aliado, Estados Unidos, está haciendo en otras partes del mundo —incluidas sus amenazas sobre Groenlandia o Canadá— reabre esa pregunta.

El colonialismo no es simplemente un gran evento histórico del pasado; es algo que continúa en nuestra vida actual. Y eso ha sorprendido profundamente a la mayoría global, a la mayoría de la población humana que vive en antiguos países coloniales.

¿Por qué una parte de la humanidad no reconoce la tragedia que ocurre en Gaza? ¿Por qué quienes muestran simpatía o empatía por los palestinos terminan siendo señalados?

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¿Por qué la empatía está siendo atacada en lugar de la indiferencia? Antes de que Trump llegara al poder, la crueldad ya se había convertido en algo de lo que algunos se sentían orgullosos. Si uno mira lo que sale hoy de la Casa Blanca, de la administración estadounidense, hay una exhibición abierta de crueldad y de desprecio por el sufrimiento. Pero sería un error culpar únicamente a Trump. Mucho antes de él, incluso bajo presidentes demócratas, ya existía esta cultura de crueldad o de desprecio hacia la empatía con los débiles. En mi libro intento mostrar que hay un precedente: no se trata solo de una persona. Es una cultura que castiga a quienes empatizan y que ha sido sostenida y consolidada por los más ricos y poderosos de nuestras sociedades.

Dice usted: “La vergüenza de la destrucción no puede borrarse; la confianza en el mundo no puede recuperarse jamás”. ¿Qué hacemos para luchar contra esta sensación de vergüenza y de desconfianza frente al mundo?

La respuesta simple sería elevar nuestra conciencia moral, recuperar un criterio básico del bien y el mal. Necesitamos reinvertir en valores como la compasión, la amistad y la solidaridad, que los más ricos y poderosos de nuestras sociedades parecen querer olvidar. Mientras abandonemos estos valores —y no paguemos el precio por haberlos abandonado— no podemos esperar recuperar la confianza perdida.

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Al final del libro dice que quienes se oponen a los actos de salvajismo de Israel no pueden aspirar a mucho más y que se arriesgan a amargarse la vida entera con el fracaso, pero que son depositarios de cierta esperanza para el mundo después de Gaza. ¿Cómo no rendirse ante ese posible fracaso?

Rendirse no puede ser una estrategia, incluso si el fracaso está en nuestro destino. Uno debe vivir su vida luchando contra ese destino, viviendo como si fuera a ganar.

Si aceptas el fracaso y te vuelves pasivo, simplemente dejando que el futuro llegue y te arrolle, ¿qué clase de vida es esa? Para que la vida tenga dignidad y significado, debemos involucrarnos en una lucha con nuestro tiempo, con las fuerzas oscuras que intentan destruirnos.

¿Qué mensaje le da a Latinoamérica, frente a lo que ocurre en Gaza y otras partes del mundo? Muchas veces creemos que la distancia justifica la indiferencia.

Creo que debemos recordar que lo que está pasando en Gaza hoy podría suceder en los países en los que vivimos. En Estados Unidos ya es evidente que la violencia que ese país ha exportado al resto del mundo termina regresando a casa. Lo que sucede en lugares como Minneapolis es, en cierto sentido, la guerra que vuelve al interior del país.

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Todos debemos prepararnos para la posibilidad de que esta enorme violencia, que ahora parece afectar a víctimas sin rostro en lugares lejanos, pueda acercarse a nuestras propias sociedades y hogares.

Por esa razón pragmática —no solo por razones éticas o religiosas— pediría a la gente que sea más consciente y que proteste contra lo que está ocurriendo en otras partes del mundo.

Lo que hoy parece sucederles a personas lejanas podría mañana sucederle a uno mismo, a su familia, a quienes ama.

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