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Viernes santo

Para Isabel

Óscar Laverde
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Mi sardina preferida.

Sentí que había vuelto a la vida cuando abrí los ojos y vi su rostro encima mío.
Foto: Pexels

Sentí que había vuelto a la vida cuando abrí los ojos y vi su rostro encima mío.

Su larga cabellera crespa y dorada se desvanecía sobre mis hombros.

Comencé el ritual: la besé, la probé; satisfacción.

Bebí un trago y fumé mientras la observaba dormida.

La miré de pies a cabeza, pero solo vi una enorme y mordisqueada aleta.

De repente escuché una sirena, otra sirena, muchas voces de sirenas.

No lo podía creer, era viernes santo, la única vez del año que nos ofrecían cuerpo y melodía.

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Por Óscar Laverde

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