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“Para Mercedes, por supuesto”

Esa es la dedicatoria que reposa en “El amor en los tiempos del cólera”. Cuatro palabras que dicen todo lo que Mercedes Barcha representó en la literatura de García Márquez. Aquí presentamos algunos testimonios que quedaron en los libros del escritor colombiano sobre su relación.

Andrés Osorio Guillott

18 de agosto de 2020 - 01:00 p. m.
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Gabriel García Márquez dejó registrado en un documental llamado La escritura embrujada que “Mi libro es El amor en los tiempos del cólera. Ese es es libro que va a quedar. Cien años de soledad es un libro mítico, y yo no trato de disputarle ningún mérito, pero El amor en los tiempos del cólera es un libro humano, con los pies en la tierra sobre lo que somos nosotros de verdad”. Ese relato sobre los amores contrariados de Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio García, sus padres, solo podía tener una destinataria y esa era su esposa, Mercedes Barcha, quien justamente le enseñó a partir de ella, pero también en la convivencia doméstica, quien era él en realidad, quienes eran los humanos y qué podía lograr el amor en la historia que dejamos todos nosotros en el paso por este mundo.

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“A Mercedes la conocí en Sucre, un pueblo del interior de la costa Caribe, donde vivieron nuestras familias durante varios años, y donde ella y yo pasábamos nuestras vacaciones. Su padre y el mío eran amigos desde la juventud. Un día, en un bailes de estudiantes, y cuando ella tenía solo trece años, le pedí sin más vueltas que se casara conmigo. Pienso ahora que la proposición era una metáfora para saltar por encima de todas las vueltas y revueltas que había que hacer en aquella época para conseguir novia. Ella debió entenderlo así, porque seguimos viéndonos de un modo esporádico y siempre casual, y creo que ambos sabíamos sin ninguna duda que tarde o temprano la metáfora se iba a volver verdad. Como se volvió, en efecto, unos diez años después de inventada, y sin que nunca hubiéramos sido novios de verdad, sino una pareja que esperaba sin prisa y sin angustias algo que se sabía inevitable. Ahora estamos a punto de cumplir veinticinco años de casados, y en ningún momento hemos tenido una controversia grave. Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente difícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e inclusive agotador muchas veces, pero vale la pela. Un personaje de alguna novela mía lo dice de un modo más crudo: ‘también el amor se aprende'”, le dijo García Márquez a Plini Apuleyo Mendoza en una entrevista que se convirtió en el libro El olor de la guayaba.

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Pero no todo fue por arte de magia. Gerald Martin, uno de los biógrafos del creador de Macondo, cuenta en Gabriel García Márquez, una vida, que el noviazo de ambos ”es un enigma de principio a fin. Ambos siempre han bromeado a propósito de que él retiere que decidió que sería su esposa cuando ella solo contaba nueve años, y de la insistencia de Mercedes en que casi no se había fijado en él hasta poco antes de que se marchara a Europa en 1955″.

El biógrafo inglés señala que Ligia García Márquez, hermana del Nobel colombiano, recordaba todas las horas que él pasaba en la farmacia que tenía Demetrio Barcha, padre de Mercedes, para estar cerca de ella. En el libro Martin menciona que en la casa de los Barcha, después de horas de visita del joven Gabriel, “le decían a Mercedes: ‘Oye, que Gabito sigue enamorado de ti', y que ella contestaba: ‘Ajá, estará porque desde que llega es con mi papá con quien habla. A mí ni siquiera me dice buenas tardes'”. Y más adelante escribe: “El Propio García Márquez ha admitido que durante diez años fue el típico esquinero, que merodeaba con la esperanza de atisbar a la altiva e irónica Mercedes...”.

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Altiva e irónica. Así se le reconoció siempre. Una mujer que llevó siempre marcado el volumen y el canto de ese acento costeño que no pierde los sonidos populares de un carnaval y tampoco ese final certero en la entonación de algunas palabras. Fue de un lenguaje preciso y corto. Así le gustaba ser. “Es firme”, le dijo García Márquez a Héctor Feliciano en una conversación que tuvieron en la calurosa Cartagena y que también quedó registrada en el libro Gabo periodista.

“El matrimonio es como una sociedad, pero hay que ser amigos”, le dijo Barcha a Feliciano. Y lo mantuvieron siempre presente. La vida privada de ambos se mantuvo siempre en el secreto inherente a los amores perpetuos. Entre menos se sepa más blindados se estará de la envidia, el chisme y otras epidemias que rodean a los grandes romances.

La columna vertebral de aquella historia, Así también se habla de Mercedes Barcha, que como personaje literario hizo parte de Crónica de una muerte anunciada y de Cien años de soledad. “Una boticaria silenciosa”, tal vez tan parecida a su padre, que fue boticario en esta realidad, “una muchacha con la sigilosa belleza de una serpiente del Nilo”. Así fue descrita por el Nobel. “Nunca he podido ir más lejos en su aprovechamiento literario, por una verdad que podría parecer un boutade, pero que no lo es: he llegado a conocerla tanto que ya no tengo la menor idea de cómo es en realidad”, le dijo García Mparquez a Plinio Apuleyo Mendoza.

La insistencia de aquellas tardes en que “Gabito” se quedaba en la casa del boticario Demetrio Barcha pudo hacer mella en el corazón de Mercedes. Algo de su timidez también pudo calar en una persona que tenía algunos comportamientos contrarios a los suyos, pero que por lo mismo pudo equilibrar esa cotidianeidad en la que supieron ser amigos, cómplices y amantes para toda la vida. En Vivir para contarla, García Márquez deja la anécdota previa a su viaje a Europa como corresponsal de El Espectador, una memoria que reafirma entonces porqué su obra y su vida debían ser dedicadas a Mercedes, por supuesto: “Por un reflejo que ya formaba parte de mi vida desde hacía cinco años miré hacia la casa de Mercedes Barcha. Y allí estaba, como una estatua sentada en el portal, esbelta y lejana, y puntual en la moda del año con un vestido verde de encajes dorados, el cabello cortado como alas de golondrinas y la quietud intensa de quien espera a alguien que no ha de llegar. No pude eludir el frémito de que iba a perderla para siempre un jueves de julio a una hora tan temprana, y por un instante pensé en parar el taxi para despedirme, pero preferí no desafiar más a un destino tan incierto y persistente como el mío. En el avión en vuelo (a París) seguía castigado por los retortijones del arrepentimiento. Existía entonces la buena costumbre de poner en el respaldo del asiento delantero algo que en buen romance todavía se llamaba recado de escribir. Una hoja de esquela con ribetes dorados y su cubierta del mismo papel de lino rosa, crema o azul, y a veces perfumado. (...) Escogí uno azul celeste y le escribí mi primera carta formal a Mercedes sentada en el portal de su casa a las siete de la mañana, con el traje verde de novia sin dueño y el cabello de golondrina incierta, sin sospechar siquiera para quién iba vestido al amanecer. (...) Sin embargo, al final agregué una posdata que me cegó como un relámpago al mediodía en el instante de firmar: ‘Si no recibo contestación a esta carta antes de un mes, me quedaré a vivir para siempre en Europa’. Me permití apenas el tiempo para pensarlo otra vez antes de echar la carta a las dos de la madrugada en el buzón del desolado aeropuerto de Montego Bay. Ya era viernes. El jueves de la siguiente semana, cuando entré en el hotel de Ginebra al cabo de otra jornada inútil de desacuerdos internacionales, encontré la carta de respuesta”.

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