17 Sep 2020 - 2:54 p. m.

“Parar para avanzar”: la resonancia de la protesta en Colombia

Sandra Borda se puso en la tarea de escucharlos con atención, lo que hizo en una maratón de conversaciones de dos meses para escribir una “crónica del movimiento estudiantil ‘desde adentro’”.

Alexis De Greiff A.*

Quiero empezar por mi relación con Sandra Borda, la autora del libro que voy a comentar: Parar para avanzar. Crónica del movimiento estudiantil que paralizó a Colombia. Declarar el lugar desde donde se habla debería ser de obligatorio cumplimiento para los autores; Sandra lo hace desde las primeras páginas, así que sigo su ejemplo.

La conozco desde los años de estudiantes en la Universidad de los Andes. Ambos éramos asistentes de investigación en el Centro de Estudios Internacionales bajo la batuta de Juan Tokatlián. A los “millenials” les parecerá prehistórica nuestra labor: recortábamos artículos de periódico sobre los temas en que trabajaban los investigadores y los metíamos en unas carpetas que constituían el Centro de Documentación del CEI. No creo que hubiéramos intercambiado más de dos palabras por esa época: un silencio en que se escudaban dos jóvenes nerds y tímidos. Años después nos hemos encontrado en distintos escenarios y la leo con atención por lo que dice y como lo dice. En este libro, confirma su capacidad de síntesis aguda, su lenguaje directo y una sensibilidad delicada que jamás cae en el paternalismo meloso. Este libro es respetuoso tanto hacia los estudiantes como hacia los lectores: ella escribe sobre y para la ciudadanía.

Mientras que yo estaba en un micro-movimiento estudiantil que protestaba contra el alza de matrículas exagerado en los Andes, ella estudiaba incansable en la biblioteca de Derecho. Entró a la universidad, como muchos de los manifestantes de hoy, con un préstamo del ICETEX. Pero ella no era de las que salía a arengar ni se dejaba arrastrar por alguna inspiración ideológica. Estudiaba como ahora escribe y enseña: con curiosidad honesta, es decir, con la intención de entender y, ahora, explicar.

La autora no proviene, pues, de los movimientos estudiantiles del siglo pasado y eso le da, en mi opinión, aún más credibilidad al texto por su equilibrio y lenguaje mesurado. No significa que escriba desde la neutralidad y menos con un discurso aparentemente aséptico; su simpatía por la causa, las formas y los protagonistas de esta historia le sirven para hacer una radiografía desde esa experiencia traumática que fue estar a pocas cuadras del asesinato de Dilan Cruz, el estudiante caído el 23 de noviembre de 2019 cuando escapaba de una emboscada del ESMAD contra una manifestación pacífica en la Plaza de Bolívar. Sandra Borda reportó el hecho en vivo y en directo, y muchos nos enteramos primero por su trino que por los medios de comunicación. El libro se lo dedica a él, “a su ausencia ahora permanente, en nuestros salones de clase”. Así que Borda tuvo en esa tragedia un bautismo de lágrimas que la llevó a indagar por la imagen que daban los medios de comunicación –haciendo eco a las autoridades nacionales y de la capital– de que se trataba de “millenials perezosos”, “desinformados” y otros grupos de “desadaptados, marihuaneros, desocupados”.

Entonces se puso en la tarea de escucharlos con atención, lo que hizo en una maratón de conversaciones de dos meses para escribir una “crónica del movimiento estudiantil ‘desde adentro’”. Adentro no como activista, sino como una profesora de ciencia política de la Universidad de los Andes que se vio en la mitad de una batalla urbana que se extendió en las narrativas oficiales, que trataban de deslegitimar a toda costa el movimiento a punta de lógicas de la guerra fría con su correspondiente estigmatización de los manifestantes como “enemigos internos”.

Más que una radiografía el libro es una resonancia que permite ver no solo los huesos, sino también la carne del fenómeno. No habla desde lo alto del analista; su tono tan ponderado como respetuoso, sin embargo, es la de una académica rigurosa. De hecho, este conciso texto (154 páginas que se leen en menos de una hora) tiene el ritmo del reportaje. Una crónica llana que indaga por las causas, la posición de los gobiernos de Juan Manuel Santos y de Iván Duque, la manera en que los estudiantes se han organizado desde el 2011 y los múltiples grupos que constituyen a ese movimiento que paralizó a Colombia. En el último bloque, esboza en pocas páginas la diversidad de perfiles de los protagonistas: los estudiantes. Borda ha hecho una importante contribución tanto a la política como a la sociología del movimiento, pero sin la terminología que vuelve a los textos académicos mamotretos de nicho.

Lo que me parece más iluminador del libro es lo heterogéneo de ese movimiento que, los adultos, tratamos de encasillar en nuestra experiencia de las huelgas de los años sesentas, setentas y ochentas, que la Juventud Comunista (JUCO) y los sindicatos dirigían al compás de la inspiración revolucionaria. No son menos utópicos los proyectos (en plural) de quienes hacen parte del movimiento, pero rechazan cualquier tipo de violencia. Saben que su mayor vulnerabilidad está en la presencia de los que buscan “tropel” y de los infiltrados.

Esa es prácticamente la única línea roja que todos respetan. De resto, las discusiones son profundas, especialmente sobre cuándo dejar de protestar en las calles, es decir aceptar que se logró el propósito, o considerar que el gobierno solo entregó “migajas” y hay que aprovechar la fuerza que tienen. Es un movimiento con conciencia de que, a diferencia de los partidos, los convoca una voluntad colectiva y no una posición ideológica. Están unidos, pero son “diversos, libres, distintos, complejos e inteligentes”.

Lejos de ser una generación a-política, lo que nos muestra Borda es una multitud de jóvenes que no aceptan la “lógica adulta” de “si a mí me tocó duro en la vida, que a los que vienen les toque igual. Que la luchen”. De hecho, es sobresaliente que, como señala el libro, una gran parte de quienes participan son estudiantes de últimos semestres que podrían estar dedicados a buscar trabajo. En cambio, tienen la conciencia política y la solidaridad social para empujar cambios en una institución que pronto dejarán atrás. Lo que ha cambiado es la presencia de partidos o grupos políticos en el movimiento estudiantil. Por supuesto que hay estudiantes que militan en partidos, pero las mesas directivas están compuestas por líderes “naturales” que han surgido de la dinámica de la protesta y no de algún tipo de formación de cuadro de partido. Mejor dicho, la dificultad para entender esta forma de movimiento social está en nosotros, los adultos que queremos encuadrarlos en nuestras experiencias anteriores, sin reconocer que las formas de manifestarse, las lógicas políticas, los mecanismos de representación y decisión y la iconografía de los jóvenes han cambiado radicalmente. También quieren hacer una revolución, sin duda, pero ya no les creen a las formas de otros tiempos. Están experimentando y aprendiendo. Pero no están aprendiendo algo que nosotros ya sabemos, sino que están andando un camino nuevo. Por eso tenemos poco que enseñarles en cuanto a cómo hacer política más allá de señalar en dónde nos equivocamos, con la esperanza de que ellos no caigan en baches parecidos.

“Parar para avanzar” es una crónica que guarda una convicción: “Una democracia de verdad y no de fachada se caracteriza justamente por abrirles espacios de participación y concertación a estos grupos, por escucharlos, por entablar conversaciones genuinas con ellos y construir una política pública de manera conjunta”.

Sandra Borda no pretende vaticinar el futuro del movimiento, pero se atreve a concluir que “hemos aprendido a procesar agravios, demandas e insatisfacciones a través de la acción colectiva no violenta y el poder de ese aprendizaje es ilimitado”. Tengo la misma esperanza y estoy seguro de que este libro nos sirve para enraizar la lección del movimiento estudiantil colombiano del siglo XXI.

* Centro “Nicanor Restrepo Santamaría” & Departamento de Sociología / Universidad Nacional de Colombia, Bogotá“Parar para avanzar” es una crónica que guarda una convicción: “Una democracia de verdad y no de fachada se caracteriza justamente por abrirles espacios de participación y concertación a estos grupos, por escucharlos, por entablar conversaciones genuinas con ellos y construir una política pública de manera conjunta”.

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