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Pastel de manzana verde (El Cajón de Santaora)

En 1898, Eli Green empezó la marcha desde las plantaciones de esclavistas, al sur de Estado Unidos. Algunos siglos después, todavía mueve los pies de muchos bailadores en las pistas de baile caleñas.

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Julia Díaz Santa
30 de enero de 2022 - 05:38 p. m.
Sadie Koninsky compuso más de trescientas piezas de música. Una buena parte de su trabajo fue publicado bajo su seudónimo masculino: Jerome Hartman.
Sadie Koninsky compuso más de trescientas piezas de música. Una buena parte de su trabajo fue publicado bajo su seudónimo masculino: Jerome Hartman.
Foto: Imagen de la carátula de la partitura original.
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Cuando despertó, el pastel aún estaba ahí. Era una tarde calurosa y al fondo del pasillo sonaba el viejo foxtrot que siempre bailaba su madre. ‘Pastel de manzana verde’ era esa canción como una foto familiar que le gustaba recordar.

Un día, su mamá le dijo que había visto a sus padres, es decir, sus abuelos, bailándola en el Casablanca. Era sitio popular en Cali a comienzos de los años cincuenta. Quedaba sobre la carretera cuando Meléndez aún estaba a las afueras de la ciudad. Y como quien memoriza un número de teléfono fijo, se grabó no solo la imagen de unos jóvenes antiguos bailando ese disco, sino el nombre y el intérprete. Esto mientras su madre seguía contándole pormenores: ‘Pastel de manzana verde’, de Russ Morgan.

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– ¿Es el nombre original de esa canción?, quiso indagar años después.

Buscó y encontró que el nombre real de ese tema es Eli Green’s Cake Walk y no ‘Pastel de manzana verde’, como lo conocía hasta entonces. La compositora, Sadie Koninsky, era una neoyorquina del siglo XIX, quien había compuesto más de trescientas piezas de música. Reseñada como la primera mujer que compuso un Cake Walk, justo ese de Eli Green, en 1898. Además, una buena parte de su trabajo fue publicado bajo su seudónimo masculino, Jerome Hartman.

Quería saber todo sobre Koninsky, pero una pregunta se atravesó.

– ¿Qué diablos es un Cake Walk?, se sorprendió.

En algunos apartados encontró que era un baile de mediados del siglo XIX, popular en las plantaciones del sur de Estados Unidos, entre los afrodescendientes esclavizados. Al parecer, un baile de pareja que era interpretado de manera cómica, como burla a la formalidad y las posturas de los esclavistas blancos. En dicho encuentro, la pareja más llamativa se llevaba un pastel como premio.

–¡Bingo!, vociferó. Era ese tipo de hallazgos que disfrutaba encontrar. Se emocionaba al pensar cómo una canción cotidiana para ella, en pleno siglo XXI, tenía un delgado hilo que se amarraba a otra realidad, y la llevaba a un par de siglos previos. En esa larga fibra, imaginó, enlazadas, miles de historias.

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Se topó con otras versiones y significados de Cake Walk, pero la de la parodia a los opresores le gustó más. Las preguntas y nombres aparecían como un hipertexto y no sabía por cuál empezar: Koninsky, Cake Walk, Eli Green. Cosas que para algunos expertos podrían ser obvias, para ella eran algo así como la sal de la vida.

– ¿Quién es Eli Green?, se imaginó una mujer de ascendencia africana, pero no encontró más que la grabación del músico con ese mismo nombre. El hombre tocaba su guitarra, cerca de Holly Springs, Misisipi, y hacía salir un blues dilatado que le abrió otras tantas preguntas. No quiso tomar esa ruta. Se contentó con saber que, por fecha, no podría ser el Eli Green de Koninsky. La grabación era de 1965.

– ¿Cómo es que una marcha de esclavizados en 1898 se convierte en un fox que sigue bailando y suena en algunas emisoras de Cali, desde los años cincuenta hasta el 2022?, retomó.

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Y quiso dedicar su vida por completo a esa pregunta. Mientras habitaba esa fantasía, un olor dulce inundó la casa. Corrió a la cocina y sacó del horno la torta. Justo a tiempo. Había recortado la receta en una revista de variedades que encontró cuando era niña, en la casa de su abuela: pelar las manzanas y cortarlas en láminas finas. Llevar al bowl y agregar azúcar, sal, jengibre, canela, mezclar y dejar reposar veinte minutos. Mientras esperaba que el resultado se enfriara, repasaba en su mente aquellos pasos previos.

Luego, tomó el cuchillo y lo hundió desde el centro, pero no tocó el fondo del recipiente, sino que se fue escurriendo hacia una suerte de abismo. Asustada, pegó un brinco desde la silla. Cuando despertó, el pastel aún estaba ahí. Era una tarde calurosa y al fondo del pasillo sonaba el viejo foxtrot que siempre bailaba su madre. ‘Pastel de manzana verde’ era esa canción como una foto familiar que le gustaba recordar.

Por Julia Díaz Santa

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