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¿De qué se trata la campaña “Quiero ser grande”?
La campaña se inició en 2020 y está dirigida a sensibilizar a la sociedad civil, médicos, personal de salud, padres y cuidadores sobre el cáncer infantil, una enfermedad que cada día afecta a más personas.
¿Cuál es la importancia de sensibilizar a las personas sobre este tema?
Lo más importante es entrenar a la gente para buscar un diagnóstico oportuno, porque cuando los niños empiezan con síntomas que pueden estar relacionados con cáncer infantil, no siempre son evidentes. Puede tratarse de fiebre por más de siete días, algunas lesiones, palidez o dolores de cabeza, síntomas que a veces pasan desapercibidos. Por eso es muy importante que los padres y cuidadores los tengan en mente y consulten a tiempo.
¿Qué la llevó a especializarse en oncología pediátrica?
Llegué a esta especialización por profesores que me mostraron que era una alternativa y por la posibilidad de tratar de manera integral a un niño con una condición a la que no se le ponía tanta atención en la época que yo estudié. Yo primero hice pediatría en la Universidad Javeriana y, cuando terminé, me di cuenta de que había muchos niños que no tenían acceso a un médico experto que tratara enfermedades oncológicas; muchos eran atendidos por especialistas de adultos. En esa época, el Instituto Nacional de Cancerología era el único centro que ofrecía esa especialización en Colombia, así que estudié allí. Posteriormente apareció también el Hospital Fundación de la Misericordia, y tanto en ahí como en el instituto empezamos a surgir los primeros pediatras interesados en tratar este tipo de pacientes.
¿Cómo es tratar con los niños?
Siempre que uno dice “soy oncóloga pediátrica”, la gente responde: “Ay, qué duro, eso debe ser terrible”. Y por supuesto es una situación difícil, pero también es una oportunidad de hablar con niños que tienen cáncer y que le muestran a uno que lo importante no es eso, sino disfrutar la vida en cada momento en que se está vivo y se está bien. El cáncer es muy importante, claro, pero las personas no son solo la enfermedad.
¿Cómo describiría este trabajo a nivel emocional?
Creo que, a nivel emocional, es un trabajo que me ha permitido replantear mi propia vida y disfrutarla más, y al mismo tiempo ayudar a otras personas no solo desde el punto de vista médico, ofreciendo el tratamiento oncológico que fue para lo que estudié, sino también ofreciendo un espacio para que las personas hablen con tranquilidad de lo que está pasando. La gente normalmente se asusta mucho cuando un niño es diagnosticado con cáncer. Muchos se bloquean y no saben qué decir ni cómo hablarle. Se nos olvida que sigue siendo el mismo niño al que le gusta jugar y que la enfermedad no lo convierte en alguien distinto. Gran parte de lo que me llena no es solo estar con los pacientes y sus familias, sino también poder mostrarles a las nuevas generaciones —internos, estudiantes de medicina y residentes de pediatría— que los niños con cáncer siguen siendo niños.
¿Qué importancia le da a lo humano en su tratamiento? Me refiero a tratar a un paciente no solo con medicamentos o terapias, sino comunicándose con él, sobre todo si se trata de un niño.
Hay una cosa que ha cambiado en las facultades de Medicina y es que antes lo único importante era tener el conocimiento médico. La parte humana era algo alterno. Básicamente nos decían que teníamos que tratar bien a los pacientes y ya. Hoy en día eso ha cambiado, porque el desarrollo de la empatía y las habilidades de comunicación son fundamentales para crear una relación de confianza con el paciente. Está demostrado que muchas personas asisten a consulta pero no necesariamente logran una relación que les permita adherirse completamente al tratamiento. Desde el lado médico es fácil decir que los pacientes no son comprometidos y que el problema es de ellos, pero yo no creo que eso sea verdad. Esto es de lado y lado.
Aunque también está el otro lado y es que, si usted se involucra emocionalmente con todos los casos que atiende, puede terminar cargada con los problemas de cientos de familias. ¿Cómo lidia con eso?
Yo creo que uno sí debe involucrarse emocionalmente, pero no pensando que todo va a salir bien siempre. En enfermedades como el cáncer, por supuesto hay muchos niños que se curan, pero también hay muchos que se mueren. Uno no puede quedarse solo con los éxitos; tiene que estar tanto en el éxito como en el fracaso. Por otro lado, considero que es mandatorio tener un estilo de vida saludable. En mi caso, fortalezco mis relaciones familiares y personales. Para mí son fundamentales mi familia y mis amigos. Además hago ejercicio, que también es esencial. En el grupo con el que entreno he encontrado que la disciplina y el compañerismo son habilidades muy importantes y definitivas para mantener la salud mental. Y, en lo personal, amo los animales.
¿Cómo pueden aportar las personas que ni son cuidadoras ni hacen parte del cuerpo médico a una causa como esta?
Hay varias formas de aportar. La principal es acompañando a las familias que atraviesan una condición de cáncer, no solo en el caso de los niños. Muchas personas se aíslan porque les da miedo preguntar, pero en la medida en que normalicemos que el cáncer es una enfermedad como cualquier otra vamos a poder hablarlo más, y eso ayuda mucho. También se puede apoyar a organizaciones como la Fundación Leucemia y Linfoma, que llevan muchos años trabajando con pacientes oncológicos y tienen espacios en los que cualquier persona puede participar. Y lo tercero, que es parte de lo que buscamos con la campaña, es sensibilizar para que cada vez se logre un diagnóstico oportuno y los niños reciban el tratamiento adecuado.
