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Pensar en Colombia (Sobrepensadores)

Sobre la manera en que los colombianos concebimos la actividad de pensar.

Roberto Palacio

18 de julio de 2026 - 09:19 a. m.
Roberto Palacio, filósofo y ensayista colombiano. Es el autor de libros como "La era de la ansiedad" y "Consumidores de atención".
Foto: Cortesía Penguin
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Cada vez que saco un billete de cincuenta mil pesos del bolsillo —muchas menos de lo que yo quisiera—, me es inevitable pensar en la extraña paradoja de que en Colombia sea un escritor en tinta azul verdosa quien adorne el efectivo. Pensar que García Márquez conoció la pobreza, que como el Coronel en El Coronel no tiene quién le escriba debió llegar a la conclusión de que el mes entrante comería dignamente mierda ante la espera de un pago que no llegaría describe la situación de los que nos hemos dedicado a pensar en un país en el que lo que sale del cajero irónicamente nos recuerda a los que rara vez podemos sacar del cajero. ¿Y para qué quiere uno dedicarse a pensar... para qué diablos?, se podrá uno preguntar. ¿Para qué dedicarse a escribir, a enseñar?

En alguna universidad privada de carácter religioso en la que alguna vez trabajé, ante un reclamo de los maestros que exigíamos un mejor salario, las directivas religiosas en un gesto que rememoraba la lavada de manos de Pilato inmediatamente le endosaron el problema a los padres de familia: aceptar estos reclamos subirá las matrículas, alegaron. Los padres reaccionaron con furia, la que sólo sabe producir el bolsillo amenazado: que los maestros toleren su mal sueldo, dijeron, ¿quién los manda a haber elegido una profesión que no es lucrativa? Sus hijos, con los cuales seguramente conversaban a diario sobre sus materias y sobre su educación como uno de los temas más importantes en la casa, debían ser formados por discapacitados financieros que se labraron su propio infortunio.

Pero no siempre hay esta posición ante el que tiene por oficio reflexionar, por la sencilla razón de que a menudo nos es indiferente y no nos afecta el bolsillo. La actitud del colombiano ante el que piensa es de indiferencia mezclada con la incomprensión que le dispensamos a un mártir, de esto es ajeno a mi y a mi casa en donde el único libro que había era el Almanaque Bristol del Granjero; de esa gente que se dedica a pensar y no a negociar algo raro han de tener.

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Epifanio Mejía, el “poeta nacional” de los antioqueños, fue internado en el manicomio luego de declarar que repudiaba los negocios. Cuando se confiesa que la dedicación es pensar, a menudo hay un momento de silencio, de lo que la filósofa Susan Haack llamaba “menosprecio condescendiente” y de desavenencia. Nadie quiere ser visto como un bárbaro inculto; nadie sale a gritar lo que la mayoría piensa: el que se dedica a pensar está inmerso en alguna extraña agenda política o sectaria de la cual nos quiere convencer, o simplemente ha sido presa de la locura. En alguna ocasión trabajé temas de pedagogía con los maestros de distintas regiones de Colombia. Recuerdo claramente una profesora que relataba cómo un niño de una escuela regional le preguntó con todo desparpajo, pero con toda sinceridad: “A vos leer tanto te enloqueció, ¿cierto Profe?”. Incluso si se tratara de una locura poco quijotesca, no inducida por la lectura de nobles novelas de caballería, habría motivos para defender ese tipo de insanidad. “Grandes cosas han llegado a Grecia a través de la locura”, decía Platón. Todas las nuevas ideas, las formas no convencionales de pensar, de ver las cosas son susceptibles de llamarse locura.

Pero el pensamiento sirve para más que la mera excentricidad de proveernos de la locura capaz de imprimirle un toque sazonado a la vida. Concuerdo con uno de los argumentos del filósofo del siglo XIX J. S. Mill según el cual el pensar, junto con la libertad, son elementos del bienestar. No decimos del que es incapaz de concebir ideas por sí mismo o dependa de la voluntad de otro “¡qué bien se encuentra!”. La privación del pensamiento crítico que se dirige a sí mismo y a la visión de la posición que uno ocupa en el mundo puede tener un efecto devastador sobre la auto-imagen y sobre la forma en que se concibe el entorno.

Por mucho tiempo he trabajado con chicos muy jóvenes de las casas del Bienestar Familiar. Les dicto charlas sobre diversos tópicos, las cuales a menudo simplemente se trastocan en conversaciones sobre los temas que más les interesan a los adolescentes. En la Calera conversé hace un par de años con un grupo cuyas edades iban de los 12 a los 18 años. Me preguntaban por temas como “los ricos”, la forma en que el “resto” de la sociedad los veía a ellos, por sus posibilidades de tener una “novia millonaria” de los estratos más altos de la sociedad. Antes de intentar una respuesta a preguntas de ese calibre, yo les pregunté cómo se veían a sí mismos. Uno de ellos, quizá el más joven del grupo, un chico de pelo crespo y de tez morena me respondió que él no creía que tuviera posibilidad alguna con una chica de los colegios más caros de Bogotá. ¿Por qué? pregunté yo: porque soy negro y feo Profe, me contestó con contundencia, con sinceridad, sin risa, sin chistes, como una conclusión a la que había llegado luego de lo que él veía como un duro examen desprejuiciado.

Rara vez reparamos que se requiere una enorme cantidad de pensamiento para abrirse camino a través de las barreras ideológicas y raciales impuestas por otros. Pero se requiere más aún para romper a través de las barreras impuestas por nosotros mismos basadas en esos dictámenes de los demás. Decía el mismo Mill en Sobre la Libertad que en el futuro —el libro es de 1859— la mayor fuente de opresión de un individuo serían no el Estado o las religiones, sino su propia estima y los demás.

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A menudo pienso en el chico crespo. Lo más probable es que termine cayendo en una forma de autopercepción que pasa por el odio auto-dirigido y/o la violencia. Dentro de un grupo violento, su auto-repulsión tiene la oportunidad de devenir un símbolo de estatus y respeto, uno basado en el miedo que él pueda infundir. “Antes de que me apasionara por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, dice la primera frase de La vorágine, una historia condensada y trágicamente precisa de Colombia, de nuestra compleja relación entre la autoestima, el amor y la muerte.

Decía el premio Nobel ruso Joseph Brodsky sobre la poesía algo que creo que aplica al pensar en general: si es la poesía una forma de lenguaje muy sofisticado, y si son cierto tipo de palabras las que nos distinguen de otras especies —hasta donde sabemos ni los delfines ni los elefantes tienen sonetos—, entonces no son un hobbie casual, sino un fin de la especie. Sustitúyase acá la palabra “poesía” por “pensar”. No digo que los animales no piensen, que no se comuniquen. El argumento va dirigido a convertir la poesía —y con la sustitución que propongo, el pensar— en una suerte de objetivo no casual de nuestras vidas.

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No abogo acá por una defensa romántica de estas actividades. Hemos visto cómo en Colombia esa visión llega sola. No sabemos para qué sirve el pensar, ni la cultura ni el arte. Si a eso vamos, tampoco para que sirven las matemáticas. El subdesarrollo puede entenderse como esa enorme confusión en la que no tenemos idea de nosotros mismos. Así sea sólo como una disipación de la confusión, así sea sólo porque la incertidumbre sin parámetros es menos deseable que el examen, así sea sólo por esto digo, pensar es preferible a no pensar, y hace que nuestras vidas, al decir de Sócrates, valgan la pena ser vividas.

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