22 May 2021 - 5:36 p. m.

Percepciones esquizoides (Cuentos de sábado en la tarde)

Cada plenilunio me asomaba a la ventana a contemplar la luna junto a mi madre. ¡Siempre se ve hermosa!, me decía ella. Siempre, respondía yo.

Yina Osorio Anaya

Imagen de referencia.
Imagen de referencia.

La luna producía tantas cosas en mí: curiosidad, fascinación, miedo y terror. Deseaba que no existiera la luna, que sus salidas nocturnas no influyeran más en la locura de ningún mortal, que no influyeran más en la locura de mi madre.

Había leído en uno de mis libros de ciencia que la luna afectaba las mareas y cualquier masa de agua. Y en la meditaciones que hacía de mis lecturas concluía que el ser humano estaba compuesto por un 80% de agua, por tanto, la luna ejercía una influencia sobre él. Leía también que había tres membranas que protegían el cerebro y en medio de ellas fluía un líquido viscoso llamado líquido cefalorraquídeo. La luna, seguramente, influiría desfavorablemente sobre éste.

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A veces quisiera ser como muchos, sentir que vivo porque respiro y disfrutar sin preguntarme el porqué de los eventos metafísicos. A corta edad había decidido no casarme, sentía que no podía condenar a alguien a vivir en medio de barbitúricos y crisis esquizofrénicas, y si los planes me fallaban y me casaba, no tendría hijos, pero conocí un hombre interesante, cuyo encanto eran sus criterios bien pensados con base en la ciencia y, al igual que yo; disfrutaba de los fenómenos naturales. Alguien con quién podía hablar con pasión de literatura, pintura, música, cine, teatro, así como de sexo o religión. Aunque yo diera dos pasos para alejarlo, el daba cuatro para permanecer cerca. Me casé con Horacio y, pasado un tiempo, quiso que tuviésemos un hijo, pero por más que justificaba mi negativa, a él no lo convencían mis excusas. Llegué a pedirle que tuviera su deseado hijo con otra mujer y por supuesto, no aceptó.

Cedí ante su insistencia y tuvimos un hermoso niño, algo que aumentó mi terrible miedo. Mi infancia se fue volando mientras enfrentaba la enfermedad de mi madre y, ahora que era adulta y ella no estaba, seguía enfrentando mis traumas: me convertí en psiquiatra. Ayudaba a muchos trastornados, pero ¿Quién me ayudaría a mi? ¡Rayos! ¡La puta vida siempre suele ser irónica!

La ansiedad estaba creciendo cada vez más: no toleraba la alarma del reloj, el sonido del microondas, el pito del semáforo y los autos en la calle. No comía bien, no dormía bien, el cabello se empezaba a caer en cantidades, las uñas se volvían mas quebradizas, los dolores de cabeza aumentaban y los tics nerviosos eran más notables, tenía pesadillas recurrentes de los peores momentos de mi infancia.

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Me preguntaba si mi hijo estaría en los planes fortuitos de la esquizofrenia y me aterrorizaba pensar que volvería a perder lo que más amaba. Me obsesioné con el niño. Abandoné mi profesión porque no quería dejarlo ni un momento solo, le daba vitaminas, complementos nutricionales, juguetes costosos que demostraran mi amor. Dejé de ir a reuniones sociales, dejé de lado las compras, las recetas de cocina y poco a poco fui perdiendo el gusto por las cosas sencillas de la vida. Horacio se mantenía al margen de mis manías y yo me encargaba de ocultárselas cuando llegaba a casa.

La medicación me ayudó a retomar el control de mi vida, volví al trabajo y a la vida social, pero un día de esos que no quieres que se repitan, me dispuse a despertar a mi pequeño, pero él no respondía. Me alarmé, me llené de miedo, mis instintos de madre se agudizaron y rápidamente le presté los primeros auxilios. Me alegré cuando abrió sus ojos, pero la risa desproporcionada me indicaba que aún dormía.

Lo miré fijamente buscando en su físico un indicio de normalidad. Vinieron a mi cabeza varias hipótesis como la de Sonambulismo. ¡No! La idea de siempre que ya creía desterrada nubló mi pensamiento y dije con lágrimas en mis ojos: ¡la enfermedad de mi madre!

Un frío tétrico se apoderó de mi cuerpo, quedé inmóvil ante la materialización de mi temor. Volví al pasado que me desangraba el alma y la vi a ella, a la luna, hermosa como siempre, pero nublando mi juicio y mente.

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