Publicidad

"Perlas para los cerdos", un retrato humano

Entrevista con el director de teatro Albie Birmann, quien estrena mañana en Kinesis, Barranquilla, su segunda obra.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
John Better
02 de septiembre de 2016 - 03:59 a. m.
Albie Birmann, en el centro de la imagen, dice que su nueva puesta en escena es realista.  / Cortesía
Albie Birmann, en el centro de la imagen, dice que su nueva puesta en escena es realista. / Cortesía
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Albie Birmann es un inusual director de teatro en la escena nacional. Exdiva de la noche trans barranquillera, sus performances fueron celebres durante la década pasada. Luego de graduarse como docente en teatro inicia una carrera con una obra que lo puso en boca de los entendidos del género en el Caribe. Los que no se nombran fue su primer proyecto, un trabajo oscuro y experimental que retaba la capacidad de aguante del espectador ante una trama ensordecedora y desesperante. El director barranquillero pronto estrenará Perlas para los cerdos, su segunda obra.

¿Qué diferencia a “Perlas para los cerdos” de su anterior trabajo, “Los que no se nombran”?

Básicamente, que es un texto teatral, pues Los que no se nombran era una adaptación cinematográfica. Paradójicamente, el ser una obra como tal, nos dio más limitaciones que libertades, aun cuando siempre creí lo contrario. El texto plantea algo tan simple y a la vez complejo como las relaciones humanas, y cada persona tiene una idea de eso muy subjetiva y personal. LQNSN buscaba responder el interrogante de hasta dónde llegamos por el miedo, y tal vez Perlas para los cerdos también. Pero son dos contextos sociales diferentes: la primera era un manicomio, y muy poca gente tiene una idea de lo que pasa en el interior de un lugar así, pero Perlas es una historia que te puede pasar a ti o a mí, en la casa de al lado. Es una historia más realista en cierta forma.

Al parecer sigue usted una línea algo oscura, tanto en lo visual como en la trama de esta obra.

Por supuesto, intentamos madurar un estilo, el lenguaje de la crueldad. Siempre hemos creído que el teatro como entretenimiento no puede profundizar en las reflexiones que el arte debe invitar a hacer. Este es un teatro que busca incomodar, y la incomodidad te hace preguntarte cosas, moverte. Asimismo, como la Kinesis, que simboliza el movimiento, el teatro debe moverte, física y mentalmente, y la crueldad como espectáculo crea un impacto que puede generar esos cambios que como sociedad necesitamos de manera urgente.

En sus obras, sus actores hombres representan papeles femeninos. ¿Con qué intención propone esto?

Esto en un principio fue fortuito, pues extrañamente en la compañía ha habido siempre más hombres que mujeres que aguanten la exigencia física que plantean mis espectáculos, pero luego de la primera vez me quedó gustando. En la Antigüedad los actores siempre interpretaban a los grandes personajes femeninos de la historia. Cuando supe esto en la universidad fue impactante, imaginar la Antígona de Sófocles o a Lady Macbeth en ese espectáculo de teatro travesti. He aceptado el transformismo, que es una de mis obsesiones, y como lo dijo Gustavo Turizo: “Las mujeres más lindas del mundo son hombres”...

¿Se considera un director “queer” del género teatral?

Creo que en mis obras hay elementos evidentemente queer que la gente puede ver y con los cuales algunos puedan sentirse identificados. Así como en mi persona, por lo que soy y como me muestro a la sociedad. Pero creo que, de ser así, son puntos inconscientes, pues no veo lo que hago como algo estrictamente ligado a mi condición gay.

¿Qué representan los cerdos en esta obra?

El análisis de esta obra y sus conflictos nos llevó una vez más al dogmatismo religioso. El concepto artístico de la obra plantea el cerdo como el animal inmundo para Dios, que no es digno de recibir nada de lo divino. En un versículo bíblico se dice: “No echéis perlas delante de los cerdos, pues puede que las devoren y se vuelven en contra tuya despedazándote”. A veces los seres humanos pensamos en los bienes materiales como forma de felicidad, pero realmente no estamos siempre preparados para recibir más de lo que merecemos. En la obra, una familia de clase trabajadora y en condiciones económicas terribles permite un chantaje creyendo que el dinero que el huésped puede ofrecerles les dará esa tranquilidad esquiva. Pero no lo soportan, como cerdos, los miembros de esta familia, devoran las “perlas” y a sí mismos, en un afán de poder que acaba sistemáticamente con su propia dignidad.

Hacer teatro sigue siendo una ardua labor. ¿Qué apoyo recibe?

Lo que hacemos es netamente autogestionado. Kinesis sobrevive gracias al apoyo de nuestras familias y amigos. Estas obras son hechas con recursos que la gente aporta porque cree en la cultura, de algunos pocos que saben que los mecanismos de financiación del Gobierno son tan enredados e injustos que favorecen a unos pocos.

¿Qué tanto les exige a sus actores? ¿Se considera el típico director déspota y dictador?

No tanto. Es una imagen que se han inventado en base a la percepción de gente que ha trabajado conmigo y que, para mí, no estaba acostumbrada a una exigencia que los pusiera a prueba dentro y fuera del escenario. Aquí, en Barranquilla, los “artistas” tienen un concepto facilista en el hacer teatro, y si uno mismo, que es quien lo hace, no lo ve con la seriedad que tiene, entonces ¿cómo podemos pretender que la gente lo haga? Mira, por ejemplo: dicen que soy dictador porque los actores trabajan en una disciplina que yo considero más parecida al deporte de alto rendimiento que lo que la gente llama teatro, pero al mismo tiempo soy un director amigo, que acompaña, que trata de preguntarles a diario si se sienten bien, qué ideales tienen, etc. Es una dualidad.

¿Por qué hay que ver esta obra?

Porque es una obra actual, real, que puede ocurrir en cualquier parte del mundo y aun así moverte por dentro. El que vaya a verla esperando entretenerse como cuando ve una sitcom, se va a sentir defraudado. Es una historia cruda, que devela lo ruines que somos como especie, y coyunturalmente, diría que es hasta necesaria. Estamos viviendo una situación terrorífica en los países latinoamericanos, donde el miedo y la opresión nos llevan a perder la dignidad, el respeto por uno mismo y por quienes te rodean. Han llegado a nuestras “casas” huéspedes perversos, que gobiernan a través de la sugestión, y nos hemos sometido a ellos, por un confort de papel, perdiendo hasta el criterio propio, y en ese camino hemos olvidado lo realmente importante.

Por John Better

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.