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“Pertenezco a otra marca de gente”

Alfredo Gutiérrez acaba de presentar su disco ‘2050’. Sus deseos de innovar le han significado amores y desamores. 

Juan Carlos Piedrahíta B.

26 de noviembre de 2009 - 04:11 p. m.
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El voltaje de Alfredo Gutiérrez no es fácil de igualar. Cuando todos sus colegas están de ida, él ya viene de regreso y llega cargado de reconocimientos como el de fundar, al lado de Calixto Ochoa y Daniel Montes, la legendaria agrupación los Corraleros de Majagual. Dentro de sus haberes también tiene varias coronas  del Festival de la Leyenda Vallenata, cientos de discos de platino y todo el cariño del público que corea hasta el cansancio sus creaciones.

Usted acaba de presentar su disco ‘2050’, ¿cómo es este trabajo discográfico?

Es el álbum más equilibrado que he hecho en todos estos años de historia musical, porque recorre mis principios, pasa por la nueva ola y llega, incluso, hasta lo que se conoce como el vallenato llorón. Hago un recorrido por los Corraleros de Majagual. Además, hago un poco del sonido internacional y elogio cantantes actuales como Silvestre Dangond, uno de los abanderados del vallenato porque lo que se hace ahora es música cantada y tocada con acordeón.

¿Y ese fenómeno por qué se dio?

La radio especializada no está integrada por programadores especializados y ellos no saben que todo lo que se toca en acordeón no es vallenato.

¿Cómo ve la nueva ola del vallanato?

Hay un movimiento que está muy de moda, con artistas muy exitosos, pero es que en mi tiempo había más de doscientos buenos músicos y hoy los podemos contar con los dedos de la mano. Para mí los mejores exponentes actuales son Silvestre Dangond y Peter Manjarrés, quienes cuando quieren tocar vallenato lo hacen muy bien, pero en sus discos le dan prioridad a todo aquello que no es vallenato.

Hoy, aparte de usted y de Lisandro Meza, prácticamente dejaron de existir los acordeonistas cantantes, o los cantantes que se acompañan a sí mismos con su propio acordeón. En las agrupaciones hay un acordeonero y un cantante... ¿Por qué ha cambiado ese arte?

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Esa especie está como está el animal que en el Chocó se conoce como la guagua: en extinción. Vigentes, creo, estamos dos que componemos nuestras propias canciones, cantamos y tocamos el acordeón. Ahora pasó a tener un valor inmenso el cantante, y el acordeonero es un simple integrante más de la formación. En la actualidad son pocos los cantantes que saben componer, ellos se dedican a cantar melodías de otros. Creo que la camada de compositores que saben cantar y que tocan acordeón se acabó, igual que pasó con la gran selección de Valderrama, Rincón y Asprilla.

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¿Y eso tiene que ver con las diferencias entre juglar y compositor también?

Un poco. El juglar se dedica a retratar con sus versos la cotidianidad de su vecindad y lo hace a través del lenguaje vallenato, y el compositor puede incursionar en escenarios como el rock, el tango y el jazz. Se les dice juglares, más bien, a aquellas personas que no han salido a las grandes élites de los medios de comunicaciones. Ellos pudieron ser muy grandes, pero nunca traicionaron su filosofía, que era componerle a lo cotidiano.

En el prólogo de su biografía, escrita por Fausto Pérez, Andrés Salcedo lo compara con Astor Piazzolla. ¿Cabe la comparación?

Lo mejor que han dicho de mí está consignado en dos páginas que me dedicó Andrés Salcedo en el extinto Diario del Caribe. Ahí dijo en alguna oportunidad: “Alfredo Gutiérrez, el Astor Piazzolla del vallenato”. Dicen que soy el innovador número uno de este género y por eso no me molestan las innovaciones que se hagan hoy con el acordeón. Lo que critico es que digan que algo es vallenato cuando no lo es. Piazzolla nunca traicionó la esencia del tango y yo tampoco le he sido infiel al estilo vallenato, y cuando quiero ganarme un premio, lo hago ejecutando parrandas de verdad y puras. Para mí es un honor esa comparación y dicen que el vallenato antes de mí era una muchacha campesina y muy hermosa, pero no tenía el traje adecuado para ser presentada en sociedad.

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¿Cómo le fue en el mano a mano de acordeón y bandoneón que llevaron a cabo usted y el argentino Carlos Buono en el Carnaval de las Artes de Barranquilla?

Fue una experiencia muy linda y Carlos quedó muy sorprendido de que yo en el acordeón pudiera asimilar la cadencia del tango y, a diferencia de la mayoría de los argentinos, nosotros aquí sí asimilamos el sonido del arrabal y nos encanta. No es casualidad de que el dios del tango haya escogido nuestra tierra para morir. Decir acordeón diatónico es hablar de vallenato y mencionar bandoneón es sinónimo de tango y cuando esas dos voces se unieron hubo una especie de temblor y, de seguro, Barranquilla se volvió tanguera a partir de ese momento.

La voz humana se desgasta con el paso del tiempo. ¿Cuál es el secreto para seguir manteniendo el nivel de su tono y sus falsetes?

Oreloleyreleyleroleloyiii, en Guararé, oreloleyreleyleroleloyiii, en Guararé. Como diría Calixto Ochoa con un personaje que se inventó y que se llamaba Remanga: “Es que pertenezco a otra marca de gente”. Debe ser que mis cuerdas son muy fuertes y la disciplina siempre me ha acompañado. Mis dedos son un tesoro y mi voz mi máximo patrimonio. Siempre antes de cualquier concierto hago la misma súplica: “Señor, no te pido riquezas, te pido que me conserves mi talento innato, mi voz y mi habilidad para tocar el acordeón”.

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‘Cabellos cortos’, ‘Cabellos largos’, ‘Ojos indios’, ‘Ojos verdes’, ‘Ojos gachos’, ‘Ojos de gata’... ¿Cuál es esa obsesión con los ojos y los cabellos que lo ha llevado a escribir tantas canciones?

Hay varias cosas en la mujer que uno particularmente admira. Uno siempre mira las piernas. El cabello es sinónimo de feminidad y no creo que exista sobre la faz de la Tierra una mujer fea con el pelo largo. Y los ojos son aquellos elementos que amarran e hipnotizan y por eso se dice que son el reflejo del alma. Por eso a esta mujer que le compongo ahora Ojos de gata, después de tantos años de no componerle a esta parte del rostro, y que dice: Mujer de ojos de gata penetrante/ ojos de fiera y de tigre en celo/ cuando sueño que me dejas abrazarte/ también besarte/ yo subo al cielo.

¿Qué significado tiene para usted terminar sus conciertos no con un vallenato, sino con la famosa ranchera ‘Pero sigo siendo el rey’?

La música vallenata y la ranchera tienen afinidades. Sus esencias están en las realidades de la vida, costumbres y demás aspectos cotidianos. En ambos casos sus máximos exponentes hemos sido casi analfabetas y no tenemos otra forma de declarar nuestro amor que a través de la música. Por eso Escalona decía que un vallenato era una carta al amor o a un amigo, y lo mismo sucede con las letras manitas, aunque ellos son un poco más trágicos. No es casualidad que los caribeños se pasen la noche escuchando vallenatos, pero cuando llega la madrugada se pasa a la ranchera.

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Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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