Piero Antonio Franco De Benedictis es el nombre completo de quien en adelante será el protagonista de estas páginas. Lo conocí hace algo más de veinte años, cuando yo era una estudiante de periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, pero fue a partir de la “Marcha por las víctimas del paramilitarismo y agentes del Estado en Colombia”, convocada en el 2008 por el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), cuando se intensificó nuestra amistad. Tuve la oportunidad de conocer a su nuevo “manager”, Sergio Perata, con quien surgió de inmediato una enorme sintonía, difícil de encontrar en cualquier otra persona.
Fue a través suyo que poco después, sin mediar investidura alguna, me convertí en parte de su equipo. “Road manager” fue el nombre que sugirió Sergio y que acepté pese a la molestia que me producen los títulos y el uso de anglicismos que asumo como resultado del imperialismo cultural del que aún no hemos logrado liberarnos muchos pueblos latinoamericanos.
Desde entonces, como parte de su grupo, sin serlo realmente, he tenido la oportunidad de recorrer junto a Piero y su banda —cuatro músicos excepcionales de la provincia de Córdoba (Diego, “Pichi”, “Cachito”’ y Gustavo), su hijo Juan Sebastián y su director de tarima y de sonido (por así decirlo), Juan Lebek (con quien además me une un profundo cariño mutuo y una amistad de más de dos décadas)— distintas ciudades y pequeños municipios dentro y fuera de Colombia.
Han sido múltiples los roles que durante los últimos años he asumido junto a Piero; numerosas las causas en las que hemos participado, innumerables los momentos que hemos compartido y casi infinitas las historias que de él he escuchado. No obstante —me anticipo a señalar— que mi percepción sobre Piero siempre fue bien distinta a la que podía constatar entre las personas que le escribían anónimamente al “ídolo”, lo seguían a sol y sombra, lo aguardaban a la entrada de los hoteles, se colaban hasta su habitación o se aglomeraban ansiosos, incluso frenéticos, a la salida de los conciertos a la espera de una foto o un autógrafo.
Tal vez por mi tan cotidiana cercanía a él, muchas veces me resultaba incomprensible el entusiasmo que su figura despertaba —y despierta— en públicos tan diversos. Piero cumplía ya cincuenta años de vida en los escenarios y el fervor que provocaba, la locura adolescente en mujeres de todas las edades, era realmente impactante. ¿Por qué? No tiene la voz de un cantante lírico, no deslumbra por su belleza física, no interpreta música docta ni cae en esa estridente vulgaridad que moviliza masas, y tampoco es un erudito capaz de darnos las respuestas que necesitamos. Quizás se deba a que la mayor parte de sus temas, ya clásicos, son emblemáticos de un tiempo que condensa los valores de una utopía truncada. Sus canciones alimentan el alma, sacuden los sentidos, evocan mundos posibles. Pero ¿acaso esa simbiótica catarsis —pregunto nuevamente— da sustento a un fervor tan pronunciado e inefable?
Algunas veces le he dicho a Piero, entre bromas, que si cobrara por las fotos que la gente se toma con él, sería inmensamente rico. Nunca se niega a una foto, incluso no le molesta que lo levanten de la mesa de un restaurante o que lo atajen cuando regresa cansado al hotel. He sido testigo del amor que le profesa su público que, paradójicamente, no está integrado exclusivamente por veteranos de los desengaños que entonaron sus temas en el auge de las revoluciones posibles del siglo XX o contra las fieras dictaduras militares que dominaron el Cono Sur, ni por mujeres afiebradas, sino también por muchísimos jóvenes y niños, cuyos padres, no en pocos casos, siguen emocionándose hasta las lágrimas cuando escuchan la Sinfonía Inconclusa en la Mar.
Esta adoración hacia “el Piero ídolo” la he visto tanto en Colombia como en Ecuador, Chile y Venezuela. Por ello, tratando de comprender cómo se consolida una carrera musical a lo largo del tiempo, e intentando desentrañar el misterio de esa fascinación casi mística que despierta su proximidad con la gente, le ofrecí a Piero convertirme en su biógrafa.
Yo no era, claro está, la primera persona que se lo proponía. Pero por cuestiones que aún no alcanzo a descifrar —entre las que sin duda tuvo que haberse colado la mano prodigiosa de nuestro querido Sergio— él aceptó, y empezamos este viaje a través de su memoria.
Cuando le pregunté, en medio de largas conversaciones sostenidas dentro de un avión, en un hotel o en una calle cualquiera, la razón por la cual la gente se enamoraba tan locamente de Piero, queriendo develar la naturaleza de aquello que muchos llaman “carisma”, me respondió: “Porque yo amo a la gente, de verdad la amo desde el fondo de mi corazón y eso se percibe. El amor no se puede fingir”. Y es verdad, en él lo es. Lo he visto compartiendo con todo tipo de personas que se le acercan, escuchando con atención sus historias, brindando abrazos e intercambiando datos de contacto, sin poses de hombre importante o de practicante de la misericordia con los demás. Este comportamiento, debo decirlo, no lo he visto en ningún otro artista que haya tenido la fortuna o el infortunio de conocer personalmente.
Monstruo. Hace un tiempo cuando acudimos a un recital organizado por la Secretaría de Educación de Bogotá Humana, en medio de los desacuerdos, las premuras y los nerviosismos que siempre asoman antes de todo evento, cuando el público lo aclamaba y los organizadores trataban de empujarlo para que saliera a escena, Piero se detuvo tras bambalinas, movió la cabeza en círculos como si se dispusiera a entrar a un ring, se sacudió, alborotó su cabello ensortijado con los dedos, y con los oídos atentos, muy atentos al júbilo de la platea, pidió calma. Solo cuando sintió que era el momento preciso, no sé cómo se percibe algo semejante, dijo: —¡ahora sí!— y avanzó sonriente hacía la tarima saludando a un público eufórico que no se cansaba de corear su nombre. Curiosamente ese día, en ese preciso momento, sentí que estaba ante un “monstruo”. Un ser mítico pero real, construido a través del tiempo, pulido en los abismos y en las contradicciones que reafirman, y muchas veces retan, la condición humana. Hoy más que nunca, consciente de su fuerza proverbial y de la luz que emana dentro y fuera de los escenarios, reconozco en él al fiel intérprete del sentir popular de un continente devorado por la amnesia, la confusión y la iniquidad, pero también consciente de los avatares que asolan a nuestra gran patria suramericana.
Piero siempre se ha resistido a hacer parte de un mundo bipolar, y contrario a lo que muchos de sus seguidores dan por cierto, Piero no es de izquierda, nunca lo ha sido, pero tampoco ha pertenecido a la derecha expoliadora y pragmática que durante décadas impuso la violencia en nuestra América indomable. Piero es un hombre que ha logrado permanecer junto a las grandes luchas sociales sin empeñar su corazón ni doblegarlo bajo el peso de las ideologías políticas. La enorme sensibilidad social que lo caracteriza, sumada a una más grande dosis de rebeldía, lo han motivado a estar presente en momentos de drásticas coyunturas, asumiendo siempre una férrea posición en favor de los perseguidos, las víctimas y los más débiles de nuestra historia.
Reconocimientos. Pese al enorme reconocimiento del que disfruta en la mayoría de nuestros países, a las atenciones que le extienden desde jefes de Estado, Premios Nobel, líderes políticos, figuras de la farándula hasta altos empresarios, Piero es una persona sencilla.
Claro que su lógica y su comportamiento, por más discreto y consecuente que sea, no son iguales a los de cualquier persona anónima. Es comprensible, considerando su historia y lo que él simboliza. Pero, más allá de eso, he descubierto que parte de la fascinación que despierta se debe a su real interés en la vida común de las personas comunes. Piero se deja querer y habitar por las personas; acepta invitaciones, responde cartas y correos, incluso contesta el celular; se angustia con los pedidos de ayuda que recibe casi a diario y siempre les busca solución. Suele construir lazos de afecto sincero con las personas, porque no les teme ni a ellas ni al cariño que le ofrecen. Incluso hoy día, sigue siendo asediado por las admiradoras que se las ingenian para llegar hasta él con la ilusión de compartir un poco de intimidad.
Por supuesto, como nos pasa a todos, tiene las complejidades de todo ser humano, sus días buenos y sus días no tan buenos, virtudes y defectos. A veces peca de ingenuo, pero en el fondo es un tipo asequible, amable y sencillo que acepta, con el mismo agrado y con una sonrisa cordial, tanto el abrazo de un presidente como el de un campesino; el camastro de un resguardo indígena, el refugio en una casa de familia o el suntuoso confort de un hotel penta-estelar; y así como le place comer un almuerzo popular en un rústico restaurante de carretera también disfruta de un elaborado platillo servido en la elegante mesa de un palacio. Lo único que no come es pollo. Viaja indistintamente en micro, en auto de lujo o en bicicleta, en un superjet o en una avioneta destartalada.
Lo he conocido alegre, triste, optimista, derrotado, apesadumbrado, preocupado, de mal humor, enfermo o derrochando energía, tranquilo o irascible, pero siempre su sonrisa y su palabra son las de un hombre común, el mismo hombre común que se propuso ser décadas atrás cuando rechazó la vida de un “rockstar”, cuando se opuso a la mercantilización de su vida privada, cuando prefirió unir su destino a mujeres ajenas a ese mundo de luces de neón y se planteó, a través de su música, el deber de contar las historias de la vida sencilla de los hombres comunes.
Su coherencia e innovación artística lo han consagrado como un ícono de la música popular testimonial en el continente. Pasan los años, pasa la vida y Piero sigue siendo aclamado por millares de personas en todo el continente que se identifican con sus canciones y con su particular manera de amar y entender el mundo.
* Maureén Maya Sierra es la autora de la biografía “Piero, mi querido Piero”. La comunicadora social y periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano dice: “Piero de mil maneras y de muchos colores marcó nuestras vidas y nos regaló el derecho y el deber de la esperanza. Seres así, que vienen a iluminar el camino, nunca mueren”.