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Pinot Noir (Cuentos de sábado en la tarde)

Lo primero que hizo Clara al despertar, el domingo en la mañana, fue palpar el lado contrario de la cama, todavía con los ojos cerrados. Y como sus dedos solo se toparon con arrugas y algunas motas de algodón ya frías, abrió los párpados de inmediato. Una sombra de temor la recorrió por dentro. Conocía la sensación muy bien.

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M. Mantra
29 de mayo de 2021 - 06:00 p. m.
A trompicones, Clara y Esteban bajaban las escaleras de madera del sótano, rumbo a su muy bien aprovisionada enoteca.
A trompicones, Clara y Esteban bajaban las escaleras de madera del sótano, rumbo a su muy bien aprovisionada enoteca.
Foto: Pixabay
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Una noche de copas, arrumacos, sexo desenfrenado y al otro día nada. La más absoluta soledad. El teléfono que no suena y el del otro que no contesta. Y, en el peor de los casos, desaparecido hasta de las redes sociales, y de los sitios que ambos solían frecuentar, o en el que acababan de conocerse. Por eso, su despertar fue atropellado y angustioso. A pesar de que la cabeza todavía le daba vueltas, se paró de inmediato, se enfundó en su levantadora de seda azul y empezó a buscar por todos lados los indicios de la presencia, aún querida y ya traumática, de su hombre. O del que pensaba que era su hombre, ¿el correcto al fin? ¿Su merecido ‘Príncipe Azul’ de los cuentos de hadas? Como atormentada saeta recorrió la sala, el comedor, el estudio, los baños, la cocina y hasta el sótano, que hacía las veces de cava y lavandería. Pero nada, ni siquiera una miserable nota escrita de afán, disculpándose por no poder despedirse o, en el mejor de los casos, diciendo que habría salido a comprar café y croissants para ambos. Solo lo típico, lo normal y lo predecible, lo de siempre. Su tradicional soledad llena de placenteros y efímeros fantasmas de barba, bigote, musculosos, flacuchos, chispeantes, reservados, intelectuales, cabezas-huecas, pero todos iguales. Vienen y van. Como llegan, desaparecen. Por entre la bruma de la borrachera de la noche anterior, solo recordaba la música estridente, sus propias risotadas histéricas y la bonita sonrisa, enmarcada por una muy negra y tupida barba. “Clara, Clarita”, la llamaba, y ella creía ver un destello de luz en sus ojos cuando pronunciaba su nombre. “Más vino, Clarita. Vamos, abramos otra botella”, la invitaba. “¡Qué buen Pinot Noir!”. Y a trompicones, bajaban los dos las escaleras de madera del sótano, rumbo a su muy bien aprovisionada enoteca, tradición heredada de su padre de origen francés. ¡Estaba tan segura de que Esteban era el correcto! Clara, como un sabueso fatigado y sediento, abrió la llave del agua de la cocina y bebió directamente del chorro, teniendo cuidado de sostenerse el pelo con una mano. Ahora, encima de todo, tendría que lidiar con una maldita resaca. A la semana siguiente, partió en un tortuoso e interminable viaje de negocios, visitando varios de los clientes ‘estrella’ de la agencia de publicidad para la cual trabajaba. Eso, al menos, la ayudó a suavizar la ausencia de Esteban. Cambiar el panorama y mantener la cabeza ocupada, el secreto para aliviar cualquier corazón maltrecho, como el suyo. No obstante, estaba muy lejos de encontrar la cura para este nuevo desengaño sentimental. Una llamada la despertó a la media noche de un lunes, en el hotel en el que se hospedaba. Era un policía que reclamaba su presencia inmediata en su país para identificar el cuerpo de un hombre, de alrededor de 30 años, que había sido encontrado muerto en el sótano de su casa. La señora que por días le aseaba su vivienda lo había encontrado detrás de uno de los anaqueles en los que almacenaba su preciado vino. Según las primeras pesquisas, había perdido el equilibrio tratando de alcanzar una botella demasiado alta y, en la caída, se había partido el cuello de manera fulminante. Su cuerpo reposaba completamente embutido en una improbable posición, entre las esquinas de dos de aquellas repisas, imperceptible a simple vista. El difunto vestía jeans desteñidos y una camisa de leñador de cuadros rojos y negros, y lucía una espesa barba. Su descripción se ajustaba a la de Esteban. Era él, en efecto. Era el correcto, el que nunca la había abandonado a pesar de todo, hasta el fin.

Por M. Mantra

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