“Los que hemos nacido en regiones costeras, sin lluvia ni vegetación natural, tenemos sin duda una fascinación con ese paisaje del desierto, con ese misterioso silencio, con esa ausencia de datos visuales que no sean la ondulante superficie continua de la arena y la línea del horizonte contra un cielo no siempre azul. Quizá por eso es que la presencia de lo sagrado es tan intensa en esos espacios desolados, abiertos y sin otros límites que los que el horizonte y el mar les confieren. Comparto con Ricardo Wiesse ese amor al paisaje de la costa, cuyo hechizo toda mi vida he intentado atrapar”, escribió el pintor Fernando de Szyszlo en un texto de 2005.
Treinta y cinco obras en diversos formatos muestran el interés de Wiesse por destacar su conversación personal con el paisaje de su tierra natal. Las telas de Cantera inca fueron hechas en los últimos tres años. Los papeles de algodón, fabricados en Nuevo Chimbote (cuatrocientos kilómetros al norte de Lima), retratan la cantera inca de Rumicolca, un lugar apenas explorado y desprotegido de donde los incas sacaron la piedra para construir Cusco. Allí las piedras están a medio hacer, a medio desgajar.
En la obra de Wiesse surge un lenguaje híbrido. Es una obra bisagra entre visiones contrapuestas, entre tradiciones, “una abstracción de signos orgánicos y conexiones, alusiones al micro y macrocosmos que rebasan lo descriptivo para adentrarse en suelo desconocido donde el ojo, el pincel y la mente entretejen acuerdos entre tentativas, repintes, salpicaduras y ocurrencias surgidas del acto mismo de pintar”, dice Wiesse.
Su trabajo se divide en representaciones realistas de sitios prehispánicos y representaciones abstractas. Las acuarelas muestran al Pachacámac, un santuario de barro, un oráculo del mundo andino antiguo. Para pintarlo en óleo, Wiesse puso su caballete sobre un muro en pleno verano, cuando la luz es la más propicia, porque el resto del año el paisaje de la costa peruana es, dice él, monótono y gris. Todo está trabajado in situ. Ni una sola pincelada fue hecha en el estudio. “Cuando salgo, trato de no añadir nada de mi fantasía, todo lo contrario al movimiento abstracto”, que es producto de deconstrucciones, experimentaciones, ensoñaciones, mezcla de elementos a veces dispares. En él conviven mundos microscópicos, el paisaje marino, el mundo de lo sumergido y hasta el mundo de lo pensado. “Somos fluidos, somos conciencia, somos huecos negros también, somos animales compuestos de células... Todo eso sólo lo puede sacar o mostrar la pintura. Es obviamente un mundo de fantasía, asociaciones y presencias que sin el trabajo de la pintura no existirían”.
También hay juegos con fragmentos. De pronto trabaja con patrones que se repiten y otras veces hace visible en los cuadros el acto mismo de pintar: en uno, por ejemplo, raspa la pintura con una cuchilla, para que se vea de alguna manera intervenida. “Eso saca al espectador de la mera representación y hace que se fije en la pura forma. Y luego vuelvo a pintar encima. Pintar es repintar”.
Sus cuadros abstractos también aluden al paisaje, a textiles enterrados y a las señas dejadas por ahí, probablemente por algún chamán. “Siento que todos mis referentes son de igual importancia: los occidentales y los de este mundo misterioso, mágico de los Andes, las culturas indígenas y los pueblos antiguos en general. Por eso no me considero en absoluto un pintor de vanguardia. Fernando de Szyszlo me hizo descubrir que nuestros originales son los objetos precolombinos, así como los originales de los franceses están en algunos de sus museos. Mi padre nos llevó a mí y a algunos amigos a Pachacámac cuando tenía siete años, y desde entonces he regresado, regresado y regresado. Era nuestro destino, digamos. Lo nuestro es una cantera propia”.
Wiesse vive enamorado de su tradición y se preocupa por rescatarla del olvido. Por ello critica duramente al Perú de hoy. Alguna vez hizo un mural en Lima que no ha recibido mantenimiento: “Por eso es el perfecto retrato del trato a la obra pública en Perú. Es un muro testigo de lo que los limeños emprendemos y no terminamos. Lima no tiene espacios donde uno pueda decir: ‘esta es mi contemporaneidad’. Se puede decir: ‘esta es mi autoridad’ o ‘ese es mi prócer de la Independencia’, pero no hay una afirmación como habitante peruano actual. Eso no existe. El Perú se ha convertido en una especie de neofactoría exportadora de piedras. Cero derechos laborales, cero mundo de difusión, sino de imposición. Sobre la forma de neocolonialismo en nuestro país no se habla. Todos los candidatos se pelean por liderar el neocolonialismo, no hay otra alternativa. El neocolonialismo ha desmontado lo poco constitucional que había. No hay secciones culturales en los diarios. El Comercio tenía una página cultural que no tiene hace diez o quince años. Le pusieron la cruz y se convierten en parias culturales”.
Afirma, además, que en Perú se respira una especie de triunfalismo por el turismo y la gastronomía. La creación no deja de hacerse, aunque no haya crítica. “No hay crítica. Hay sólo un crítico gastronómico. El resto es una especie de coro triunfalista que se alegra por una comida, además falsa, que desconoce la cultura popular, la ignora y la destruye. La verdad es el triunfo de un sector, y al turista se le trata como si fuera el rey Fernando VII”, dice Wiesse, que aun ante ese panorama desalentador no deja de pintar en la soledad de su taller, el lugar donde alcanza la concentración, donde limpia sus pinceles, mezcla sus colores y piensa en su próximo cuadro.
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