Publicidad

Pintora de luces oscuras

Su obra oscila entre la pintura, el grabado, el dibujo y la escultura con una obsesión: la cultura afro, sus costumbres y geometrías. La luz, su elemento esencial.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Juan David Torres Duarte
06 de septiembre de 2014 - 03:09 a. m.
Ana Mercedes Hoyos nació en Bogotá en 1942. / Luis Ángel - El Espectador
Ana Mercedes Hoyos nació en Bogotá en 1942. / Luis Ángel - El Espectador
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Primero estaba la luz y todo cuanto definían sus percepciones. Primero estaba, también, la sombra que para Ana Mercedes Hoyos no era sombra: era luz oscura. Luz negra. La luz en la pintura tiene esa capacidad singular: crea fronteras donde ilumina, pero sobre todo donde oscurece. Quizá Hoyos habrá descubierto, sin intención o con ella, eso ya interesa poco, que son las sombras las que definen las formas. Que es siempre el lado oscuro el lado más iluminado.

En el principio fue la geometría y una serie que bautizó Ventanas; en los años 60, junto con el artista Carlos Rojas, las formas rectas y mesuradas, herederas del cubismo y también del expresionismo, fueron las que bordearon sus obsesiones. Por entonces, Hoyos había decidido aprender por sí misma el arte de la pintura, que las universidades suelen eclipsar como si se tratara de un viejo trasto. Sin embargo, su juicio era distinto: “La pintura siempre ha estado amenazada y siempre gana”, dijo en una entrevista con El Tiempo en marzo de 2011. Su decisión, entonces, era luchar, aunque no lo dijera. Su decisión, entonces, era pervivir a través de una forma que muchos pensaban muerta y anulada.

El carácter de Hoyos tenía que ver, en muchos sentidos, con esa lucha: dicen que decía cuanto deseaba, a quien lo deseara, y que tenía la certeza de quien busca con sus palabras la verdad. Su verdad. Un artista no puede aspirar a más: a encontrar su propia necesidad, sus hechos y sus trabajos, y a darles forma, espíritu y realidad. Su realidad. Hoyos supo desde siempre que su trabajo oscilaría entre los colores, los pinceles, y que sería el pincel el que la dejaría libre cuando él quisiera. Expuesta, entonces, a ese objeto, comenzó a pintar en los años sesenta por fuera de la academia. Las líneas se convirtieron para ella en una forma de la luz, en la potencia única que reaviva las formas humanas, que son todas porque en todo está el hombre y su método y su corrupción. Pero ella prefería verlo de otro modo: expusiera en Japón o en Estados Unidos, prefería resaltar la luz iluminada de su país, prefería eludir el mercado de la violencia, aunque tanto bien hubieran hecho con él Obregón y Botero. Ella deseaba lanzar el color como un modo del rescate: la luz como una forma de la salvación.

¿Cuál salvación? En los años noventa, Hoyos se acercó con más detalle a la comunidad de San Basilio de Palenque y encontró allí, aunque se hubiera alejado de ella en concepto, otra manera de la geometría: en los bananos, las papayas, los cortes duros sobre la fruta, los cuchillos, las cabezas de las mujeres afros, las palmas blancas herencia de sus trabajos, las bandejas repletas de frutas y semillas. En el fondo, más allá del óleo, estaban las historias: Hoyos tenía un amuleto, “un cuchillo gastado y amarrado con nudos que me regaló mi comadre Zenaida y con el cual cortó tanta fruta que logró levantar siete hijos”. Y detrás de la superstición venía el arte, que sustentaba la existencia de esos seres y los hizo conocidos, les dio voz. Hoyos practicó varias formas del arte: fue escultora, grabadora, dibujante y pintora. También supo, a pesar de esta manía puramente formal, que el arte era más que una forma sensible: era una forma social.

Ella, decía de manera constante en las entrevistas, no buscaba la denuncia. Sin embargo podría pensarse que la sucesión de sus cuadros en los años noventa y sus esculturas del primer decenio de este siglo (un corte inmenso de papaya en bronce, un banano gigante de lo mismo) convierten esa denuncia en una forma elegante de arte. No es un panfleto. No es un libelo sobre lienzo. Es la exposición certera de un colorido que, al mismo tiempo, es mera apariencia: detrás están la pobreza, la angustia y la necesidad de mejores opciones de vida. Hoyos sabía todo aquello y la pintura fue un buen medio para compartir esa obsesión de igualdad social. La comunidad negra de San Basilio de Palenque alentó esa obsesión; ella unió su concepto de la luz, la obvia consecuencia del color (que nace de una precisa definición de la luz) y la expresión de la línea para retratar esa realidad. Para iluminarla con su luz oscura, que no es sombra. Trabajos como Bazurto, Pink Knife, Autorretrato con Dominga, Consideración, Patillas de la cordialidad y Julia parten de esos parámetros conceptuales, que ella fue modificando en cuatro décadas de trabajo con rigor y disciplina, las únicas herramientas de un artista con juicio.

“Ya no pienso en el color a pesar de que mucha gente diga que mi pintura es colorista —dijo en entrevista con la revista Semana en 1997—. En mi cabeza yo eliminé el color. Yo no pinto pensando en el rojo, en el amarillo o en el azul, sino en la reacción de un color al lado del otro y cómo de esa reacción va apareciendo la luz. No pienso en los tonos sino en cómo voy a crear la luz”. Hoyos practicaba un mandato certero, aquel que reza que el arte verdadero es ese que oculta. Lo dijo Hemingway: la punta del iceberg. La luz (las luces) fue para Hoyos lo que la punta del iceberg para Hemingway; fue una herramienta de la ocultación, de la sutileza y el tacto con que una obra debe acercarse a su tema y sus motivos.

Hoy los medios recuerdan la relación de Hoyos con la comunidad afro en Bolívar. Los medios saben también que donó parte de esa obra a la Universidad de la ONU en Japón y que tal vez es una pintora querida porque supo expresar la “colombianidad”: el color, la diversidad, el folclor. Pero su trabajo sobrepasa esos requisitos casi políticos. Hoyos fue una artista de peso, no sólo porque se fijara en una comunidad abandonada por el Gobierno y por sus instituciones, que repelen cualquier forma de humanidad, sino porque encontró que una de nuestras oposiciones más básicas (la luz contra la sombra) es una falacia: es una falacia la raza, es una falacia el color, son falaces las noticias que nos llegan de ellos. Quien encuentra una mentira está en camino de encontrar una verdad. Ya se ha deshecho de algo, y eso es en sí mismo una ganancia. Hoyos encontró que los afros no eran los afros que los medios querían retratar, que la raza no existía y que el color es una simple superposición de planos de luz, de luz negra y de luz blanca. De oscuridades y de iluminaciones.

Allí, en el mundo de los deshauciados, halló también la armonía: la misma armonía que Miguel Ángel creyó ver en los ángeles al pintar la capilla Sixtina, la misma de Picasso cuando desfiguró a sus amantes en sus retratos parisinos. Hoyos quizá no tenga la misma influencia que aquellos dos, pero sus descubrimientos, por caminos distintos, fueron de similar suerte. No interesa dónde estén los motivos. Sólo interesa, y es verdadero, el punto donde nace la luz.

 

 

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

Por Juan David Torres Duarte

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.