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Pinturas de Kalighat: el arte del siglo XIX detrás de la imagen de India en la FilBo 2026

Con una imagen que representa a una familia india leyendo, el pabellón del país invitado de honor abrió sus puertas. Exploramos la historia detrás del estilo artístico que la inspiró: las pinturas de Kalighat.

Andrea Jaramillo Caro

21 de abril de 2026 - 05:58 p. m.
El pabellón de India tendrá presentaciones de danzas tradicionales y una amplia oferta literaria.
Foto: Cortesía
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La Feria Internacional del Libro de Bogotá fue inaugurada ayer y el pabellón del país invitado de honor, India, también abrió sus puertas. Más allá de las exhibiciones, actividades y oferta literaria, este país asiático es representado por el slogan “Lee y explora la India” y por la imagen de una familia tradicional reunida alrededor de un libro. Esta simboliza historias compartidas y refleja un santuario hogareño donde las historias se transmiten de generación en generación.

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La familia y los valores alrededor de la lectura que este país exalta se reflejan en la ilustración y se transmiten a través del estilo artístico en el que fue creada, en el que destacan las curvas amplias y fluidas y la paleta de color distintiva. Para esta imagen se inspiraron en el arte de Kalighat, del estado de Bengala occidental, que surgió en el siglo XIX.

Este tipo de pinturas puede ser rastreada por el templo de Kali. Para entender mejor el contexto de este estilo, es necesario conocer un poco de las deidades del hinduismo. Según la leyenda, tras la muerte de Sati, un avatar de la diosa Kali, su consorte, el dios Shiva de la danza y la destrucción “vagó durante días con el cuerpo de ella sobre sus hombros y su dolor inconsolable amenazaba con arruinar la tierra”, de acuerdo con un artículo del Victoria & Albert Museum. El dios Vishnu, el preservador, intervino y dividió el cuerpo de la diosa en varias piezas. Una de ellas cayó en el Río Hugli. Este sitio se convirtió en un lugar de peregrinación y para el año 1690, cuando este territorio comenzó a formar parte de Calcuta, ya se le conocía como el reino de la diosa Kali. El templo dedicado a ella fue establecido en 1798 y abrió oficialmente en 1809.

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Cerca del terreno donde se construyó el templo, en la parte rural de Bengala, habitaban artesanos y artistas que eran nómadas y entretenían a los habitantes con sus habilidades para contar historias en rollos de papel y tela, conocidos como “patachitra”. El primer registro que se tiene de estos artistas es del siglo XIII, al ser mencionados en el texto en sánscrito “Brahma Vaivarta Purana”.

“Cada sección del pergamino se llamaba ‘pat’, de ahí que quienes los leían póstumamente fueran conocidos como ‘patuas’. Estos intérpretes desenrollaban lentamente el pergamino, sección por sección, y luego cantaban y representaban la historia. La mayoría de sus temas eran religiosos e ilustraban relatos tanto hindúes o musulmanes, siendo los más famosos fragmentos del Ramayana y las vidas de santos islámicos populares. Los patuas no vendían las obras de arte ni los pergaminos; vivían de donaciones”, escribió Sharmistha Chaudhuri.

Solían ser pintados como una actividad familiar, en la que cada miembro tenía una función. Las brochas con las que creaban las pinceladas características de este estilo estaban hechas de pelaje de ardilla o cabra.

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Cuando la ciudad y el templo se convirtieron en un lugar popular para peregrinos y viajeros europeos, la tradición y forma de trabajo de los patuas cambiaron. Con la cantidad de nuevos visitantes y migrantes que vieron en Calcuta un destino de nuevas oportunidades, los patuas comenzaron a organizar puestos afuera del templo para vender sus pinturas que, además, cambiaron de formato. Pasaron de ser historias visuales contadas en telas y rollos de aproximadamente seis metros a una hoja de papel que hoy se consideraría de tamaño carta.

“Influenciados por las distintas formas artísticas de su entorno y con la necesidad de trabajar con rapidez, los patuas abandonaron su estilo lineal y narrativo en favor de cuadros individuales con una o dos figuras. Los fondos se dejaban lisos, se eliminaban todos los detalles superfluos y se utilizaban combinaciones básicas de colores. Esto dio origen a las características clave del género Kalighat. La productividad de los patuas también se vio favorecida por la importación de pinturas prefabricadas más baratas procedentes de Gran Bretaña y papel hecho en fábricas”, cuentan desde el Victoria & Albert Museum.

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Aunque al principio este tipo de pinturas fueron vinculadas a lo religioso, con la llegada de viajeros y migrantes las temáticas comenzaron a cambiar. “Los artistas comenzaron a representar temas contemporáneos, injusticias sociales y críticas al poder colonial, empleando frecuentemente el humor y el simbolismo para transmitir sus ideas”, reporta la plataforma de arte Rooftop.

De acuerdo con Pika Ghosh en un artículo para el Penn Museum, los patuas, al mudarse de la ruralidad a la ciudad, comenzaron a retratar los elementos que más los impactaron por este cambio. “Las representaciones de Kalighat de las deidades hindúes tradicionales también indican el profundo impacto de la capital colonial británica en los artistas. Las diosas llevan coronas victorianas, tocan violines en lugar de ‘veenas’ (el instrumento de cuerda tradicional asociado con Saraswati) y adoptan las elegantes poses de las damas de la nobleza inglesa. Estas deidades suelen estar enmarcadas contra las pesadas cortinas de los teatros ingleses de la ciudad”, escribió.

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Las pinturas de Kalighat, a las que en ocasiones se refieren como “pinturas de bazar”, se convirtieron en el souvenir perfecto por su formato compacto y la “exoticidad” que veían en ellas los europeos. Según Ghosh, la tradición europea se mezcló con las técnicas de Kalighat al introducir elementos como experimentos en perspectiva y la pose de tres cuartos para retratos.

La popularidad de este tipo de arte fue decayendo hacia las primeras décadas del siglo XX, cuando comenzaron a aparecer reproducciones en masa y cromolitografías que hicieron que el trabajo hecho a mano comenzara a ser desplazado. Sin embargo, muchas de las pinturas del siglo XIX comenzaron a entrar en las colecciones de diferentes museos ya que personajes como John Lockwood Kipling recolectaron múltiples ejemplares de estas pinturas y sus descendientes luego las donaron al Victoria & Albert Museum. Ahora las pinturas de Kalighat vuelven a tomar protagonismo desde tierras colombianas, mientras que en la India este tipo de arte continúa vivo en áreas como Medinipur y Birbhum, desde donde artistas contemporáneos usan los materiales que se habrían utilizado en estas pinturas en el siglo XIX para mostrar temas seculares y sucesos actuales.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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