19 Apr 2018 - 2:00 a. m.

Pitalito: guardián del arte y la historia

Artistas, curadores, funcionarios públicos y un arqueólogo asistieron a ARCA, la iniciativa que pretende rescatar la identidad de un territorio que vive su cotidianidad rodeado de sensibilidad y tesoros prehistóricos.

Laura Camila Arévalo Domínguez

El capitán anunció a los pasajeros del avión con destino a Pitalito que estábamos próximos a aterrizar. Al asomarme a la ventana, me estrellé con uno de los paisajes más impresionantes que tiene Colombia: la entrada al Macizo Colombiano. El Valle de los Laboyos está rodeado por los verdes de las montañas que componen dos de las tres cordilleras que atraviesan Colombia. La bienvenida al Encuentro del Alto Magdalena, Arte y Arqueología se inició con mis ojos resecos por la falta de parpadeo que genera no querer perderme la vista.

A los trece años, Rafael Flórez Correa, autor y artífice de todo el proyecto, ingresó a la Escuela de Formación Artística. Comenzó a obsesionarse con las tahitianas de Paul Gauguin. Mujeres indígenas que protagonizaban los cuadros del autor, dándoles espacio a otras representaciones de la feminidad y saliendo del molde europeo que se acostumbraba en la época.

Sus intereses por la historia y el pasado los heredó de su familia, en la que la arqueología y los cuestionamientos por la sociedad, su composición y desarrollo, siempre estuvieron presentes. Además de vivir en un lugar en el que la prehistoria reclamaba su espacio, y en el que se encontraban y aún se encuentran figuras que pertenecieron a los indígenas que ocuparon el Valle de los Laboyos.

Flórez, quien nunca paró de cuestionarse, decidió salir de Pitalito a confirmar lo que supo desde muy temprana edad. Era artista, pero dudaba. Se cuestionaba si realmente era posible producir arte en una sociedad en la que la desigualdad social y económica era absurda.

Se preguntaba si realmente en algún momento Colombia podía recuperar su identidad. En Bogotá fue vecino de María Isabel Rueda. Compañero de estudio de María José Arjona y Vicky Benedetti. Se fue a España y luego a Suiza a descubrir que donde quería estar era en Colombia.

Desde su ida del país y posterior regreso, ha tenido la fortuna de relacionarse con artistas generosos que entienden la importancia de acercar y educar a las personas sobre el patrimonio del que debemos apropiarnos para recuperar nuestra identidad. No carece de aliados y tampoco de atención. Por eso desde 2015 creó Pitalandia, la casa colonial que pertenecía a sus abuelos y que convirtió en una residencia para artistas que quieran contagiar a Pitalito con sus obras.

El Encuentro del Alto Magdalena Arte y Arqueología ARCA se llevó a cabo desde el pasado viernes 13 hasta el domingo 15 de abril, y pretendía reunir a varios artistas que participaran con producciones que tuvieran que ver con la esencia y prehistoria de Pitalito. Asistieron artistas de todo el país, como María Isabel Rueda (Barranquilla), una mujer que con su obra, una pieza de videoarte por el río Nilo, llamada Lágrimas de Isis, dejó extasiados a los niños del municipio, que reclamaban más obras de su estilo. Se reconocieron en ese recorrido por aguas extranjeras que pretendía expresar sensaciones de la energía del planeta y su proximidad fue inmediata. Adrián Hueso (Bogotá), el hombre que recibió a los asistentes a la inauguración con un performance en el que 220 mil impresiones térmicas fueron realizadas con las huellas de sus pies. Recorrió el espacio por más o menos tres horas. Andrés Felipe Gallo (Pereira), un joven dibujante que transmitió de forma profunda las piezas recuperadas de Pitalito. Cecilia Vargas (Pitalito), un monstruo de la creatividad y el rigor que plasma en sus esculturas y famosas chivas las realidades de la sociedad colombiana o las del mundo, siempre intentando enviar mensajes que puedan sensibilizar a los espectadores. Fabiola Peña, una mujer excepcional; fue profesora de La Normal de Pitalito y con los niños logró recuperar aproximadamente 260 piezas que muchos consideran ruinas y hacen parte del pasado prehistórico de la humanidad. Son tesoros y ella los guarda en su casa protegidos con cajas de cartón.

Al encuentro también llegó Enrique Bautista Quijano, un arqueólogo y profesor de la Universidad Central de Bogotá. Una presencia vital que en pocos días y con una gran experiencia en la disciplina y el territorio, explicó a los participantes del encuentro innumerables detalles que recalcaron la importancia y presencia de las comunidades indígenas en el sur del país. Su pasión por la arqueología y el territorio se convirtió en aporte indispensable para la unión de fuerzas que requería el encuentro.

El Parque Arqueológico Nacional de San Agustín, ubicado a 30 minutos de Pitalito, fue uno de los lugares que visitamos y en los que Bautista, con precisión y detalles, nos relató cómo fue el descubrimiento de las enormes estatuas y grabados encontrados en la zona. Los estudios científicos se iniciaron con Konrad Theodor Preuss, quien estuvo en la zona entre 1913 y 1914, y los consignó en Arte monumental histórico, como llamó a sus investigaciones en San Agustín. Un trabajo que escribió en un pueblo cercano a Bogotá, en Cundinamarca, llamado La Esperanza, antes de irse a dirigir el Museo Etnológico de Berlín. El trabajo del alemán quedó incompleto y posteriormente, entre 1936 y 1937, José Pérez de Barradas y Gregorio Hernández de Alba, dos arqueólogos, el primero español y el segundo colombiano, retomaron sus estudios documentando los hallazgos con conocimientos sobre estratigrafía arqueológica y produciendo un trabajo fotográfico en condiciones bastante complejas. Tuvieron que subir los equipos técnicos en mulas y con climas impredecibles y altamente húmedos.

Ernesto Gumis, un hombre de origen indígena yanacona (término que empleaban los incas para llamar a los indígenas que esclavizaban y venían del Perú), los acompañó y fue quien se topó y descubrió los grabados de la fuente de Lavapatas, una formación rocosa que en la superficie fue tallada con formas hechas por escultores prehispánicos. En este marzo de 2018, el arqueólogo Enrique Bautista Quijano, con el apoyo de la Universidad Central y la Unicen, aplicó tecnologías como la termografía, que le permitió descubrir catorce figuras que durante 80 años permanecieron en el Lavapatas y no fueron identificadas por Barradas y Hernández de Alba en 1937. Desde 1995 el Parque Arqueológico de San Agustín fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

San Agustín, el pueblo, se llamaba La Culata. Fue fundado primero cerca del sitio arqueológico de Quinchana. Era una gran finca que comenzaba en Timaná y terminaba en el Páramo de las Papas, cuna del río Magdalena. La Culata la administró José Hilario López, expresidente de la República, y el parque adquiere consistencia en la década de los 60. Es llamado San Agustín por la llegada de los agustinianos a catequizar.

El encuentro entre arte y arqueología en Pitalito fue un comienzo que seguramente tendrá continuidad y seguirá dando frutos. A la inauguración asistieron muchas personas del municipio, entre ellos niños, padres de familia, estudiantes y el alcalde, que después de la incansable persistencia de Rafael Flórez, decidió cofinanciar la iniciativa. “Siempre me hizo antesala en el despacho. Eso me conmovió para rebuscarme y cofinanciar el evento. Rafael en su condición de artista tiene la disposición, yo sé que él con esta actividad no va a ganar un peso, pero finalmente nos permite que con estas exposiciones podamos explorar un producto natural y el trabajo de nuestros antepasados. Estas fortalezas de Pitalito están enterradas en estas cordilleras”, dice Miguel Antonio Rico, alcalde de Pitalito.

Para el municipio de Pitalito, el departamento del Huila y Colombia, Rafael Flórez y las evidencias materiales prehistóricas, que fueron halladas, protegidas y que aún no han sido estudiadas en su totalidad, son joyas para el desarrollo y el proceso evolutivo de nuestra sociedad. Son realidades de las que podemos tomar y usar para nuestra formación como seres humanos y habitantes del mundo. El arte, herramienta poderosa para sanar, necesita de más espectadores y una elevación de su valor como labor seria. Los artistas lo entienden y junto a Flórez, cada vez más son los que entienden que además de producir, deben darse a la tarea de retar, pero también educar.

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