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Al hablar con Plinio Mendoza se tiene la sensación de que no le ha faltado a las citas de la historia. Sus recuerdos, sus anécdotas están ligadas no sólo con hechos relevantes que él mismo ha protagonizado, sino con personajes claves de la vida política y cultural contemporánea. Esas memorias, ese recorrido por momentos más glamuroso, por momentos combativo, aparecen en su novela Entre dos aguas. Una obra que ficciona las realidades de Mendoza y de las personas que ha conocido a lo largo de su trasegar como periodista y escritor.
¿Quién es Germán Pataquiva, ese coronel a quien le dedica el libro?
El coronel Pataquiva sostenía la tesis de que había una gran diferencia entre la guerra regular y la irregular. En la primera cuentan las bajas, en la irregular se trata de otra cosa. Lo conocí porque fue el gestor del cambio de El Carmen de Chucurí, un pueblo muy guerrillero, donde nació el Eln, ahí murió mi amigo Camilo Torres...
Perdón que lo interrumpa... ¿su amigo Camilo Torres?
Camilo y yo eramos condiscípulos del Cervantes. Teníamos discusiones de adolescentes, sobre el amor de Cristo, el compromiso por el prójimo. Un día su madre nos invitó a Luis Villar Borda y a mí a la casa porque después de un viaje a los Llanos Camilo había vuelto extraño, entonces lo sacamos a caminar y nos anunció su decisión de hacerse sacerdote. Él bautizó a Rodrigo García, el primer hijo de Gabo, mi ahijado. Como era un muchachón, Gabo dijo: “Este va a ser policía de Magangué”, y yo, que era comunista, lo interpelé: “Policía no, guerrillero!”, entonces Camilo me miró con terrible inquietud y dijo: “Plinio no puede ser padrino porque no va a cumplir su misión espiritual”. Tuve que convencerlo de que era un chiste.
Cuando empezó su actividad política supe de sus cercanías con la guerrilla, así que la última vez que lo vi, en Barranquilla en una entrevista, le dije: “Amar al prójimo es una cosa, matarlo es otra”. Pero él me contestó algo que luego le oiría también al Cura Pérez muchas veces sobre que el amor tiene que ser eficaz. Eso me dejó muy inquieto. Al poco tiempo, en el periódico me encontré con la noticia de su muerte. Mi hija menor se llama Camila.
Pero volviendo a la pregunta inicial, a Pataquiva, que le decían El Filósofo porque era estudioso del conflicto y un poco místico, lo mandaron a El Carmen de Chucurí, un enclave del Eln, casi como castigo. Durante su tiempo allá el pueblo dio la vuelta, sin disparar un solo tiro se lo quitó a la guerrilla. Esto me causó mucho interés y fui hasta allá.
¿O sea que Pataquiva inspiró a su personaje Benjamín?
Salvo la muerte y otros detalles, porque esto es una novela, la historia que narro ahí es totalmente cierta. Todo el trabajo con los campesinos, que ya estaban descontentos porque les reclutaban sobre todo a las hijas, y luego las represalias que tomó la guerrilla contra los habitantes porque perdieron su apoyo. Yo visité El Carmen de Chucurí muchas veces y conocí muy de cerca este proceso. Pataquiva fue de los primeros militares que trabajó en el tema de la reinserción. Era un estudioso del marxismo, entonces tenía argumentos para los guerrilleros más formados. Efectivamente este militar me sirvió de base para Benjamín. Existen estos personajes de la guerra y quería mostrarlos.
Benjamín contrasta con el otro personaje, Martín, que lo recuerda mucho a usted y sus andanzas de migrante...
Yo me encontré con dos experiencias: el conocimiento que tengo del país en guerra y mi acercamiento a esta difícil realidad. Pero también los 20 o más años que viví en París, donde llegué de 17 años. Mi vida en Roma (que resumí en una sola noche dentro de la novela), en Portugal. Así que creé estos dos personajes, uno que se va y otro se queda, pero en la realidad son experiencias que he recogido en esta vida errante.
Pero la parte de la novela que pasa en Europa está narrada con una melancolía que uno no percibe en el resto de la historia...
Claro. Hay muchas saudades de todo lo vivido en Europa. Lo otro desata otros sentimientos por esa Colombia que tanta gente ignora.
Esta novela le abre la puerta a una realidad, la de los militares, que usted ya ha tratado de mostrar y ha escrito como columnista. ¿Por qué meterlo en la ficción?
En una novela cabe la realidad, pero hay más libertad para ir más allá de los hechos. Muchas de estas historias están contadas en Zonas de fuego, pero a través de la novela podría mostrar otros aspectos menos fácticos: los sentimientos y algunas reflexiones.
Estar interesado en este tema ha hecho que a usted lo cataloguen como hombre de derecha. Pareciera que a los intelectuales no se les cuestiona ser de izquierda, pero se les condena si están más hacia la derecha... también le ha pasado a Vargas Llosa.
Desconfío mucho de los rótulos. Jean Francois Revel sostiene que las ideologías son sustitutos de las religiones, retienen lo que les conviene y desechan todo lo que las contradice en la realidad. Fui un hombre de izquierda, pero la realidad me convenció de otra cosa. Me niego a que me rotulen como de derecha. Soy un liberal, no de partido sino de pensamiento. Creo en la libertad política y económica; en la libertad del individuo.
¿Cómo se dio ese cambio de su posición comunista a la actual?
Es una suma de cosas. Yo era gaitanista, lo conocía. Tenía ideas de izquierda. En los 50 Latinoamérica estaba llena de dictaduras apoyadas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Entonces nosotros creíamos que el socialismo era la solución. La primera decepción fue ir a conocer el mundo socialista. Cuando fuimos Gabo y yo a los países de la Cortina de Hierro, de regreso él se quedó dormido, y cuando se despertó me dijo con su estilo siempre jocoso: “Uy, Plinio, tuve una pesadilla. Soñé que el socialismo no funcionaba”. Él cuenta ese viaje que hicimos en Viaje por los países socialistas y su gran decepción.
¿Pero hubo algún hecho en particular? Porque después de ese viaje ustedes trabajaron para ‘Prensa Latina’.
Con la llegada de Fidel pensamos que Cuba era la esperanza. Que esa tristeza de los países de la Cortina sería diferente. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que no era así. Muchos de mis contemporáneos vivieron el mismo proceso. Conocí personas, como Carlo Franchi, que venían de allá, Fernando Claudín, que me contaron la realidad y empecé a dar la vuelta. Pero el rompimiento vino con el caso Padilla, cuando era editor de la revista Libre. Me refiero a Heberto Padilla, encarcelado por el régimen de Castro. Nos dividimos: Goytisolo, Paz, Vargas Llosa, rompimos con Cuba. Otros no, como García Márquez y Cortázar. Fue la realidad la que contradijo todos los sueños ideológicos. Empecé a leer a pensadores liberales y me identifiqué con ese pensamiento. Octavio Paz nos dio grandes luces, el giro lo dio una generación, no fui yo solo.
Martín, su personaje, es poeta y periodista. Usted es periodista y escritor. ¿Acaso el periodismo es el camino para la literatura?
No necesariamente. Creo que es una ruta muy peligrosa. El periodismo es inmediatista y puede llegar a robarse todo el tiempo del escritor; hace falta una gran vocación para que esto no pase. Pero se hace necesario poder vivir de algo. Cortázar, cuando llegó a París, hacía sobres, un oficio que no ocupara su mente, pues esa era del todo para la literatura.
¿No le preocupa vincular en la novela a unos sacerdotes con la creación de pruebas falsas y con la guerrilla?
Claro que no, eso también sale de la realidad. El episodio del muchacho al que el personaje de Benjamín supuestamente había quemado y desaparecido, pero que luego se descubrió que era un guerrillero que él había ayudado a desmovilizar y que estaba vivo es del todo cierto.
¿Y la escena de la muerte de Gaitán?
Eso me tocó a mí. Él acababa de estar con mi papá, y cuando oímos los disparos mis hermanas gritaron “Mataron a papá”. Entonces bajé y vi el cuerpo de Gaitán en el piso y a su asesino, Juan Roa, tal como está descrita la escena en el libro.