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Poder y política en la literatura: introducción (La novela y el mundo)

Iniciamos una nueva serie de entregas de “La novela y el mundo” con reflexiones sobre el ejercicio del poder político. Las dictaduras, la democracia, los regímenes absolutistas, las monarquías, los nacionalismos y las distopías son nociones que se han visto reflejadas en la literatura a través de diversos géneros y en distintas épocas.

Mónica Acebedo

04 de junio de 2026 - 07:00 p. m.
Estos son algunos de los libros que han reflexionado sobre el poder político desde la literatura.
Foto: Santiago Gómez Cubillos
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«A menos que alguien se decida a eternizarlas, no para que sigan vivas, sino para que no mueran del todo, después de tanto nadar, tirados ahí, en la arena calcinada, sepultados por el cieno hambriento de nuestra época. A menos que yo me decida a vencer todos mis miedos y me atreva a escribir la crónica de una derrota».

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“Morir en la arena”

Leonardo Padura

Antes del siglo XIX, casi todas las expresiones literarias sobre el poder y la política se circunscriben a géneros distintos a la novela. Por ejemplo, Platón, con su esquema de diálogo, establece en su “República” una forma ideal de organización política (ciudad-estado); Maquiavelo en “El príncipe” (1513) introduce la teoría política moderna con la idea de que el gobernante mantenga el poder a toda costa; en muchas de las obras de teatro de Shakespeare siempre hay alguien listo para hacerse al poder cuando falta quien lo sustenta; Thomas Hobbes en “Leviatán” (1651) defiende que los súbditos deleguen sus derechos en el monarca soberano; John Locke en su “Segundo tratado sobre el gobierno civil” (1689) concibe una de las primeras ideas democráticas a través de un pacto entre ciudadanos; Rousseau en “El contrato social” (1762) sella las bases de la Revolución francesa.

Y es que precisamente desde la Revolución francesa el mundo occidental cambió su perspectiva del poder y la política. En este sentido se pronuncia Juan Gabriel Vásquez en su ensayo “El espíritu trágico de la novela”: “a partir de 1789, resulta claro que la posición relativa del gobernante y su gobernado ya no será nunca la misma, ni siquiera en los casos de monarquías reincidentes; tampoco puede ser la misma, como es apenas evidente, la palabra que intente nombrar esa relación” (“Viajes con un mapa en blanco”, p. 54, Alfaguara, 2018). En efecto, desde entonces la novela, como espejo del comportamiento social y género literario por excelencia de la modernidad, ha retratado las transiciones, los temores y esperanzas truncadas o cumplidas entre los gobernantes y gobernados. “Es (la novela) el tesoro más valioso que la humanidad ha acumulado en su búsqueda de autocomprensión” dijo el autor turco Orham Pamuk en el discurso de recepción del Premio Nobel de literatura en 2006.

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En Europa encontramos ejemplos como “Rojo y negro” (1830) donde Stendhal da cuenta de las tensiones monarquía–república, Jansenismo (moralistas y religiosos)–Jacobismo (republicanos protagonistas de la Revolución francesa), y retrata con precisión un periodo de transición que se debate entre los ideales políticos de la Ilustración y aquellos de la Revolución; en “Los miserables” (1862) de Víctor Hugo se dibujan las tensiones políticas de Francia posteriores a la Revolución; “Un mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley es una distopía sobre el control social y político ejercido mediante el consumo y la tecnología; “La condición humana” (1933) de André Malraux se inserta en la Revolución china y la violencia que genera la ideología y el actuar político; “El cero y el infinito” (1940) de Arthur Koestler se remite a la lógica destructiva de los regímenes totalitarios; “Rebelión en la granja” (1945), de George Orwell, utiliza la alegoría en forma de fábula para presentar animales que se rebelan contra la tiranía; “1984” (1949), también de Orwell, es otra distopía que critica los totalitarismos, la manipulación ideológica y la vigilancia permanente.

Estados Unidos también presenta varios ejemplos: “La cabaña del tío Tom “(1852) de Harriet Beecher sobre el conflicto político que posteriormente dio lugar a la guerra civil: la esclavitud; “Todos los hombres del rey” (1946) de Robert Penn Warren refleja temas como el populismo y la corrupción de quienes ostentan el poder; “Fahrenheit 451” (1953) de Ray Bradbury es otra distopía sobre la censura estatal y la manipulación social.

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América Latina no se queda atrás, sobre todo con las dictaduras que azotan el continente en el siglo XX. Aunque ya desde el siglo XIX Domingo Faustino Sarmiento en “Facundo” (1845) muestra el problema del caudillismo; o “Amalia” (1855) de José Mármol que combina el romance con la dictadura de Juan Manuel Rosas; más adelante Miguel Ángel Asturias publica “El señor presidente” (1946) e inaugura la novela de dictador; se le unen Augusto Roa Bastos con “Yo, Supremo” (1974); Alejo Carpentier con “El discurso del método” (1974); García Márquez con “El otoño del patriarca” (1975) y Vargas Llosa con “La fiesta del chivo” (2000), entre muchos más.

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En suma, la aparición de las masas, la expansión de la democracia, los sistemas económicos que transformaron al mundo, las críticas al capitalismo, los totalitarismos, las autocracias, los efectos políticos de las guerras mundiales del siglo XX, las distopías como reflejo de la angustia que supone el ejercicio arbitrario del poder, los nacionalismos, la necesidad de afianzar la identidad de las nuevas naciones americanas después de las guerras independentistas, las revoluciones internas, las crisis políticas convertidas en dictaduras, se convirtieron en el material ideal de la novela.

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Por Mónica Acebedo

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