11 May 2021 - 1:59 a. m.

Poesía para resistir

Estos días no ha dejado de llover. Llueven nubarrones, balas, piedras, desesperanza.

Juliana Muñoz Toro*

Cae el aguacero y es como si pudiéramos volver a escuchar a Eduardo Galeano decir: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen”. Hoy volvemos a sentirnos los nadies, esos que “cuestan menos que la bala que los mata”.

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Es frustrante ver que situaciones como las de la última semana se repiten en la historia una y otra vez. El dolor siempre es el mismo, incluso mayor. Poetas de otros tiempos ya han dicho mejor que lo que se podría decir en este momento. Su poesía es la marcha de las palabras, pacífica y desgarradora. Sus versos podrían ayudarnos a mirar más allá y, ojalá, darnos consuelo en estos días en los que da miedo vivir porque “nunca la vida fue tan mortal para un hombre”, según Gonzalo Arango. Como él, nosotros nos hacemos la misma pregunta: “¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”.

Colombia, esa casa nuestra. Quizá apenas la coraza; una tal casa pintada. Las paredes se vienen abajo, como lo veía María Mercedes Carranza: “Todo es ruina en esta casa,/ están en ruina el abrazo y la música,/ el destino, cada mañana, la risa son ruina;/ las lágrimas, el silencio, los sueños”. Somos prisioneros de nuestro propio hogar. O es el hogar mismo lo que estamos encadenando. Cantaría Nicolás Guillén: “¡Oh Colombia prisionera,/ orquídea puesta en un vaso,/ trino a trino, paso a paso,/ te alcanza la primavera!”.

¿Hay acaso un solo culpable? ¿O cada uno es culpable a su manera? Mario Benedetti señala a un “pobre señor” y le dice así lo que merece: “pobre dictador perdido/ tras los miedos de su quinta presidente pura pinta/ tan violento y repetido”. Recordemos, como Diana Sánchez, que “no es lo mismo una bala/ que una piedra/ no es lo mismo una piedra/ que una palabra”.

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Aun así nos queda la música de estos versos. Nos queda la esperanza, como diría Emily Dickinson: “La esperanza es esa cosa con plumas/ que se posa en el alma,/ y entona melodías sin palabras,/ y no se detiene para nada,/ y suena más dulce en el vendaval”. Hay tantísimos más fragmentos que valdría la pena anotar. Ojalá hiciéramos una antología poética sin fin, como creyendo que la vida sigue, y al fin encontrar un escampadero ante tanta lluvia.

*@julianadelaurel.

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