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Presentes para siempre

El hijo y la nuera de Juan Gelman (entonces embarazada) fueron desaparecidos por la dictadura argentina en 1976. Encontró a su nieta 24 años después. En sus poemas describió la incertidumbre.

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Juan David Torres Duarte
15 de enero de 2014 - 10:20 p. m.
Juan Gelman en 2008, en Ciudad de México, durante una entrevista. / AFP
Juan Gelman en 2008, en Ciudad de México, durante una entrevista. / AFP
Foto: AFP - ALFREDO ESTRELLA
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En febrero de 1978, el padre Fiorello Cavalli, miembro de la Secretaría de Estado del Vaticano, dijo al poeta Juan Gelman que su nieta había nacido: no dijo dónde, ni cómo se llamaba ni qué sexo tenía, sólo afirmó que había nacido. Gelman ya la creía muerta. Oscilaba entre la aparente certeza de la muerte de su nieta y la incertidumbre sobre el paradero de su hijo, Marcelo Ariel, y su nuera, Claudia; secuestrados el 24 de agosto de 1976 por la dictadura argentina, cuando Claudia sumaba siete meses de embarazo, no volvió a tener noticia de ellos. “Como en decenas de otros casos —escribió en aquellos tiempos—, la dictadura militar nunca reconoció oficialmente a estos desaparecidos. Habló de los ‘ausentes para siempre’. Hasta que no vea sus cadáveres o a sus asesinos, nunca los daré por muertos”.

En 1976, los militares habían derrocado a María Estela Martínez y tomado el poder a la fuerza; Gelman, ya por ese tiempo un reconocido poeta y activista político, tuvo que exiliarse; puso pie en Roma, París, Nueva York y se afincó, tiempo después, en México.

No escapó, sin embargo, de la desidia: mientras volaba de ciudad en ciudad, Marcelo Ariel, Nora Eva, su hija, y Claudia fueron secuestrados. Nora Eva fue liberada. De Marcelo Ariel sólo sabría en 1990. Sobre Claudia, en cambio, no supo mucho más: el 14 de enero Juan Gelman murió esperando una certeza suya.

Cuando en 1962 Gelman publicó Gotán, su cuarto poemario, ya había tenido cierto contacto con las juventudes comunistas y socialistas de su país; influido por la Revolución cubana y su triunfo en 1959, dedicaba incluso algunos versos a Fidel Castro, a Camilo Cienfuegos. Un año después fue enviado a la cárcel por pertenecer a ese partido y puesto en libertad en breve.

La represión, sin embargo, no amilanaba su propósito: Gelman, como tantos otros, tenía pruebas certeras de que la derecha violaba los derechos humanos y de que sólo a través de la lucha y de la palabra, ambas entretejidas, haría algún bien. “Ahí está la poesía —diría en 2007, cuando recibió el Premio Cervantes—, de pie contra la muerte”.

El proceso fue lento, pero determinante: en 1967 ingresó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), de ideología peronista, inspirado en los términos del Che Guevara, y un lustro después, fusionado ese grupo con los Montoneros, pasó a integrar esta guerrilla. Los tiempos de inocencia habían caducado; los Montoneros secuestraron y asesinaron al expresidente Pedro Eugenio Aramburu y con frecuencia armaban acciones militares y políticas en contra del gobierno de turno. Comandado por aquellos actos, Gelman viajó en 1976 al exterior por órdenes superiores para retratar ante el mundo el ingente y sórdido quiebre de los derechos más esenciales en Argentina.

Ingente y sórdido serían adjetivos insistentes en los siguientes años, quizá más significativos que antes. Gelman estaba afuera, esperando. El dolor, sin embargo, no podía aplazarlo.

Desaparecidos sus familiares y convertido en un eterno extranjero, Gelman dedicó su vida a encontrar apoyo político para enfrentar a la dictadura —que produjo, en últimas, 30.000 desapariciones— y a publicar sus poemarios, salvo un período de silencio entre 1973 y 1980. Encontró en Francia y en otras regiones de Europa un apoyo vivo, de parte de políticos y escritores. Sus hijos ahora se multiplicaban: sus hijos eran todos los desaparecidos.

Sólo en 1980, cuando ya había roto con los Montoneros, publicó Carta abierta, un extenso poema dedicado a la pérdida, como solía decir. “Sí he pasado momentos de angustia —dijo Gelman en una entrevista cuando ya contaba 77 años—. El tiempo que me tocó vivir en lo particular sigue existiendo en lo general. Y cada vez peor. Cada vez peor. El dolor no se va. Uno convive mejor con sus dolores. Pero esas son pérdidas irreparables. Mi hijo hoy tendría 51 años. Yo lo conocí hasta los 20”.

El dolor, esa terca música del espíritu, caló y oprimió y sajó su carne. En 1982, su madre le escribió en su última carta: “Te dejo porque ya estoy cansada”, y Gelman buscó un pasaporte falso, algún modo de entrar en Argentina, aquel país con las puertas de la cárcel abiertas, para acompañar a su madre en sus últimos días. Ella —ucraniana, de lengua rusa, testigo de la revolución de 1917 en Rusia— murió el 7 de enero; él no pudo estar allí. “En primer lugar me quedé huérfano de hijo; después, huérfano de madre —dijo—. Es el tema de la pérdida. No hay diferencia”.

“El sufrimiento / ¿es derrota o batalla? / realidad que aplastás / ¿sos compañera? / ¿tu mucha perfección te salva de algo? / ¿acaso no te duelo / te juaneo”, escribió en el décimo poema de Carta abierta. El sufrimiento, sin embargo, se embriaga de certeza y puede amilanarse. En 1990, el Equipo Argentino de Antropología Forense —fundado en 1984 para la búsqueda de los desaparecidos de la dictadura— encontró el cuerpo de su hijo, encerrado en un cajón pleno de aceite y cemento en el río San Fernando.

A partir de allí reconstruyeron la historia, aún preñada de sospechas: Marcelo Ariel fue llevado a un campo de concentración, apenas un centro de automores llamado en otro tiempo Orletti y rebautizado por los militares como El Jardín: allí debieron de pedirle que se arrodillara, y entonces, de espaldas, le dispararon en la nuca. La única certeza real fue el disparo en la nuca.

Gelman hubo de esperar otra década antes de tener otra certeza: su nieta estaba viva, se llamaba Andrea y vivía en Uruguay. Y entonces Gelman supo que su nuera había sido enviada a Uruguay por los militares, amparados por el Plan Cóndor —unión entre las dictaduras de América Latina y la CIA para eliminar a personas “subversivas del orden instaurado”—; allí había parido, allí le habían robado a su hija, allí se la habían entregado al amigo de un policía. No supo si había muerto o no. Lo supuso; era la costumbre.

Años atrás, en 1995, le había escrito una carta pública a su nieta, que mudó su nombre y adoptó su apellido: María Macarena Gelman. “Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos —escribió a su nieta, entonces desconocida—. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él”.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

Por Juan David Torres Duarte

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