El Magazín Cultural

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11 Jun 2020 - 3:25 a. m.

Propuestas para una crítica literaria pedagógica

Hace unas semanas un docente -PhD en comunicación- me dijo algo bastante curioso: “no necesitamos crítica, necesitamos más lectores”. Lo señaló en el marco de una feria del libro de una universidad, en una charla a la que fui invitado y cuyo nombre era “Panorama de la crítica colombiana actual”.

Jaír Villano

María Luisa Bombal, escritora chilena que influyó en la escritura de Juan Rulfo.
María Luisa Bombal, escritora chilena que influyó en la escritura de Juan Rulfo.
Foto: Archivo particular

Su mensaje me dejó claro algunas cosas que desde hace un tiempo venía sospechando, a saber: que la crítica literaria no es bien vista, que la definición que se tiene sobre ella es errada, que cada vez más este género -porque lo es- se vuelve una minoría dentro de otra minoría: ya no de la gente que le gustan los libros, sino de la que les gustan los libros que hablan de libros.

Si ese comentario proviene de un individuo de estudios avanzados, ¿qué se puede esperar de personas que carecen del acceso a otro tipo de educación?

Lo interesante es que esto me generó reflexiones que ya en otro tiempo y en este mismo periódico había señalado: la primera de ellas es que la crítica literaria debe renovarse en su forma y sus alcances. O para decirlo mejor: debe privilegiar un discurso más cercano a los demás.

Con lo cual no quiero decir que haya que abandonar su espíritu contestatario y su rigurosidad al momento de arrojar argumentos. Para nada. Lo que creo es que debe adoptar un discurso estético, igual o mejor que el empleado en la ficción. En suma, debe responder a la literatura con más literatura, o sea: con estética, con prosa, con decoro.

De esta manera, el lector puede disfrutar tanto de una reseña o un ensayo como de una novela, de un poema o de un cuento. La estética, para citar a Valéry, es placer, y el mismo placer que genera la lectura de la ficción la puede proporcionar la crítica. (Cómo olvidar los ensayos de Lukács en “El alma y las formas”).

Hay gente que sabe de literatura, pero poco de escribir, de eufonía, de estilo. La otra vez una editora de una reconocida revista me confesó algo: “aquí hay algunos que saben mucho de libros, pero no saben cómo responder a los libros”. Y por eso, por ese discurso soso y despersonalizado, la crítica se ve relegada a un sótano, un lugar marginal, un escondrijo que pocos quieren conocer.

Lo segundo es que creo que se hace necesario enfatizar que la función del crítico no sólo es destruir, juzgar, “dañar”. La crítica también celebra obras, destaca autores que no gozan de reconocimiento, incluso ayuda a relacionar los elementos sociales que circundan un entramado de ficción.

Gracias a la crítica se rescatan plumas portentosas y adelantadas para su tiempo, piénsese en escritoras como María Luisa Bombal y su influencia en Rulfo; en Roberto Arlt y su ayuda a Onetti; en Felisberto Hernández y su influencia en Cortázar; en tantos otros, como Arguedas, Lispector, Juan José Saer, Marvel Moreno, que no se reconocieron por razones ajenas a su virtuosismo narrativo. El crítico halla esos huecos que deja el tiempo: le recuerda al lector que eso que hoy llaman novedad suelen ser epígonos de autores con menos fama.

Es que el crítico reflexiona sobre sus lecturas, y por lo mismo lo que hace es sugerir libros. Vivimos en un mundo atiborrado de publicaciones. Un ensayo como el de Gabriel Zaid, “Los demasiados libros”, habla con cifras concretas de la cantidad de ejemplares diarios.

Es un texto de hace varios años, de manera que el mexicano no contempla el eBook, lo que quiere decir que son muchísimos más. Un crítico le ahorra tiempo al lector: lo abstiene de lecturas innecesarias.

El capitalismo ha penetrado tanto las expresiones artísticas que mide su índice de favorabilidad de acuerdo a las utilidades. Un autor, entonces, no es bueno, regular o malo. Un autor vende o no vende, y de eso depende su circulación.

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Las estrategias de mercado son efectivas: como no hay tiempo para sumergirse en la lectura, se fabrican productos en función de satisfacer una necesidad respetada socialmente: leer. El problema con esto es que se suplanta la calidad por la popularidad, la sensiblería por lo sensible, lo liviano por lo agudo, la fábula por la filosofía. (Lo intenté explicar en “Una definición de la literatura cosmética”).

El crítico, en ese sentido, le proporciona al lector esa noción de que habla Jacques Ranciére: el espectador emancipado. Lo guía en su proceso de lectura, lo orienta en sus elecciones. Se me hace imposible no citar al francés: “No tenemos que transformar a los espectadores en actores ni a los ignorantes en doctos. Lo que tenemos que hacer es reconocer el saber que obra en el ignorante y la actividad propia del espectador1”.

Si ya hay una voluntad por la lectura, hay que aplaudirla y direccionarla. Y esto no lo hacen los rimbombantes comentarios de contraportada, ni las entrevistas condescendientes de ciertos periodistas, ni las reseñas apologistas de ciertos glosadores. Es una labor del crítico, que asume su oficio como una función social.

Borges dice que la imprenta multiplicó la existencia de textos imprescindibles. Muchas veces a esos plumíferos los hacen pasar por maestros del oficio, por los creadores de magnus opus.

Piénsese que por la preponderancia a las fábulas de Paulo Coelho se ocultan otras formas narrativas y poéticas, como las que provienen de los escritores indígenas, que sí aportan un conocimiento y mensajes distintos, puesto que muchos de ellos escriben en nombre de sus comunidades: utilizan la literatura como un instrumento para difundir sus saberes y enseñanzas. Nos orientan en su concepción del tiempo y el espacio, de las expectativas y concepciones del entorno natural, del mundo. En algunos casos, cuestionan rituales y jerarquías sociales, como los cuentos de María Siosi Pino.

El crítico contribuye en la educación literaria. Se trata, entonces, de buscar la manera en que su saber llegue a más personas, que no se suspenda en ese público selectivo para el cual muchas veces apunta.

La tercera reflexión, es la necesidad de acortar esa distancia que hay entre la crítica literaria académica y la que se desarrolla en presa y en magazines. Muchas veces el académico mira por encima del hombro al crítico de la prensa, porque sus comentarios no gozan de los puntos de las revistas indexadas para las que se dirigen sus investigaciones. Muchas veces el crítico de prensa mira con recelo al académico por su atribución a la literatura de prefijos o sufijos a sus categorías de análisis (a veces alambicadas), o por incorporar al discurso tecnicismos y atiborrar de citas sus estudios.

Ambos se equivocan. En la academia se desarrollan importantes estudios literarios que lamentablemente no tienen suficiente difusión; quiero decir: que no llegan a los oídos de todos los lectores. Esas disecciones deberían estar en escenarios más comunes, como la prensa, pues es en este lugar donde desde sus comienzos la crítica empezó a operar: piénsese en casos como Sainte Beuve, que escribía todos los lunes sus reseñas, o en Colombia en Baldomero Sanín Cano y Hernando Téllez.

Lo cuarto es que un actor tan importante como el periodismo cultural debería jugar un papel más significativo. Quizá convendría replantear su manera de obrar. Reivindicar el espíritu de su oficio -el periodismo- que por definición interpela, busca, se informa.

A mí me parece una falta de cortesía que se empiece una entrevista con la pregunta: “¿De qué trata su libro?”. Y es además bastante riesgoso, porque un interlocutor hábil puede hacer creer maravillas sobre su escrito; y otro, menos elocuente, puede perder su momento por ausencia de efectismos verbales.

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En definitiva, veo a la crítica como otra forma de promover la lectura. Estas son algunas de las propuestas con las que creo que se podría modificar la percepción del género, las distancias entre sus exponentes, y lo más importante: el acercamiento a quien más lo necesita: el lector. Ese quiere leer, pero no sabe qué; ese que quiere empezar, pero no sabe dónde; ese que es engañado -y lo ignora- por las artimañas del marketing editorial.

Se hace necesario precisar la función social que cumple la crítica literaria. Buscar espacios para que lectores avezados compartan sus conocimientos con lectores legos, y abrir escenarios en los cuales se genere una interacción cultural entre el libro y el lector. De manera que se entiende que una de las formas de honrar el libro es conversando con él.

No se trata de que todo aquel que abra un libro sospeche a priori de su contenido. La literatura es goce, se sabe. Todo esto más bien como un llamado de atención a todos los actores contagiados por esa enfermedad llamada literatura.

Ah…y sí: tardé en mi respuesta, pero aquí se la dejo, doctor.

1 Rancière, Jacques. El espectador emancipado. Pág.23

https://www.elespectador.com/noticias/cultura/yo-confieso/

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