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La violencia define a Colombia en términos cinematográficos. Desde 1915, cuando se filma el primer largometraje nacional, la pantalla ha sido el escenario de una larga masacre. Se descubre como un fantasma entre el melodrama; las adaptaciones literarias en clave romántica o sentimental —María, Aura o las violetas, Madre—; las visiones de un fervoroso patriotismo —Colombia victoriosa, Colombia linda, La canción de mi tierra—; la comedia que señala en versión de caricatura lo que significa vivir en la geografía doméstica y los intentos por sugerir un reflejo del público que se observa a sí mismo —o se desconoce— durante una proyección.
A los giros de una historia donde el colombiano ha sido un lobo para el colombiano, crece el repertorio del cine y se alargan, como una sombra, el crimen y sus variaciones. Los realizadores filman por exorcismo ante el miedo o para comprender la brutalidad ambiente, recreando de manera testimonial una barbarie sin pausa. Repitiendo los sustantivos: tortura, secuestro, chantaje, desplazamiento, atentados. Con protagonistas no menos recurrentes, sembrados igual que una condena en el paisaje local y en sus crónicas: mafia, sicarios, ejército, guerrilla, paramilitares.
Más allá, ¿no hay alternativa posible distinta al caos de la guerra civil? ¿El país del que surgen las historias se ha convertido en fórmula temática? ¿La inmediatez estilo reportero es una trampa y la cámara representa el ojo de la conciencia que quiere sobresaltar al público cuando revela el desastre del orgullo nacional?
El lugar común sugiere que hay una sangría permanente en el cine colombiano. Se trata de un espejismo no del todo falso. Un best seller del crimen opaca otras posibilidades para el espectador apático y fatigado. Los “grandes temas”, que quieren explicar a través de la ficción lo que informan las noticias de manera tendenciosa en un país radicalizado, destacan sobre los “temas menores”, que asumen de otra manera su intimidad, sin vampirizar el terror cotidiano.
Un periodista de paso aseguraba que los colombianos no se dan cuenta de todo lo que tienen para contar. Un director, luego de estrenar un documental sobre el gusto por matar a la sombra de una guerra en la que todos están contra todos, se vio acorralado en los festivales por el interés que despertaba la tragedia colombiana en las malas conciencias del circuito europeo. “Más que hacer cine colombiano”, declaró, “quisiera filmar simplemente cine”. En otras palabras, filmar sin vestirse con el himno, la bandera, la tradición o el folclor de una falsa democracia a manera de uniforme o camisa de fuerza.
Entre el asombro del periodista durante su viaje a Colombia y el desconcierto del documentalista etiquetado, a pesar de él mismo, por su “violencia de exportación”, se encuentra el vaivén de un cine atrapado en sus hallazgos.
Es preferible evidenciar los orígenes y las causas de la vergüenza antes que admitir una ilusión engañosa: la imagen local mostrada en el exterior como una artesanía admirable. El disfraz que oculta las pesadillas. Aun así, no deja de sorprender la inevitable sordidez que agobia la pantalla. Su cuota de inverosímil frecuencia. El aprendizaje para relatar las historias del canibalismo que asedia, al que sucumben tanto los protagonistas del cine colombiano como sus espectadores. Revelando en sus imágenes, como quería Mr. Hitchcock cuando terminaba una de sus películas, la “saludable sacudida mental” del suspenso. Dicho de otra manera por él mismo: cuando una película es más poderosa que la razón. Lo que no admite la indiferencia, pero también nos obliga a preguntarnos cuántos mundos, más allá de la violencia, aguardan aún para ser representados en la pantalla doméstica.