El Magazín Cultural

28 Apr 2020 - 10:41 p. m.

"Que el mundo fue y será una porquería" (Como de cuento)

El mundo era una porquería en sus tiempos, años 30 y 40 del siglo XX, y después, “en el 506 y en el 2000 también”, como lo escribiría en un tango.

Fernando Araújo Vélez

Enrique Santos Discépolo y Carlos Gardel, dos inmortales del tango.  / Cortesía
Enrique Santos Discépolo y Carlos Gardel, dos inmortales del tango. / Cortesía

Y era un tango, un cambalache, como diría, en el que cualquiera era un señor y cualquiera era un ladrón, y se confundían unos y otros, y todos eran sospechosos de cualquier cosas, empezando por él, que rumiaba su amargura a puro tango y a puro whisky, tal vez para no agarrar una pistola y volarse los sesos, o para matar a alguien simplemente porque todos los alguien eran sospechosos. El mundo era un baile de farsantes, cada uno con una máscara distinta, pero en el fondo, casi todos disfrazados de lo mismo: de buenos y honestos y generosos. Él sabía que no eran así. Los tangos y las noches de bar en bar, y de burdel en burdel, le habían mostrado lo real de la gente. 

Y allí donde él quería ver a alguien auténtico, un hombre auténtico, aunque solo fuera uno, había hallado tipos que le robaban hasta a su madre y luego salían a la calle a hablar de la situación del país, de los pobres, de que algo había que hacer por tanta familia menesterosa, tipos de saco y corbata y camisa blanca que gritaban a los cuatro vientos su generosidad, y que invertían en lo social, o eso decían, pero por otro lado iban pisoteando, formando ejércitos de muertes subterráneas sin siquiera contar los muertos a su cuenta, y explotando y engañando y haciendo negocios con el hambre del pueblo. Los veía noche tras noche en los bares, en los prostíbulos, en los teatros y en el cine. Los veía por la calle, en los salones de los grandes personajes, y en las burocráticas oficinas de aquellos que les aprobaban una ley a cambio de un buen fajo de billetes. 

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