18 May 2020 - 2:00 a. m.

Que en el Salto de Tequendama siga brotando la vida

Los fundadores de La Casa Museo Tequendama y la Reserva El Porvenir piden ayuda para seguir sosteniendo estos dos proyectos que protegen la vida y memoria del Salto de Tequendama.

Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

Nacieron tres corderitos. El Día de la Madre, el pasado 10 de mayo, una de las ovejas de la Reserva El Porvenir tuvo tres corderos. María Victoria Blanco, además de ser la directora ejecutiva de la reserva y la Casa Museo Tequendama, es veterinaria. Sabe bien que las primeras 72 horas de un cordero son fundamentales, así que se levanta a las seis de la mañana para, además de atenderlos, ponerse al día con el mantenimiento que requiere la huerta y el cuidado de los demás animales: perezosos de dos dedos, ardillas, puercoespines, zarigüeyas, comadrejas y tigrillos, entre otros.

Foto de C. Cuervo

La granja de la reserva se distribuye en dos partes: conservación y producción. Como Blanco y Carlos Cuervo, su esposo —que también es fundador de la Casa Museo—, viven cerca, desplazarse no es un problema. Su casa queda en una montaña pegada al Salto. Viven en medio del bosque de neblina que comenzaron a defender hace 25 años. Al atardecer comienza el frío y entonces el trabajo se traslada a la cabaña. Con las manos abrazadas a una taza de café para aliviar el frío, continúan con las tareas de oficina: contabilidad, trámites, llamadas, nóminas y agenda. A las 11 de la noche se termina la jornada y, a pesar de la rudeza del clima, la Tierra los alivia. Los ayuda a descansar. Les retribuye el trabajo por el cuidado del agua y el oxígeno. Por la protección de los corderitos recién nacidos. Por resistirse a la excusa del paso del tiempo. Por la reconstrucción de la casa, que estuvo abandonada más de cuarenta años. Por la importancia que le dan a la memoria que resguarda el Salto.

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La Casa Museo Tequendama fue construida entre 1923 y 1927. El general Pedro Nel Ospina ordenó la construcción de la línea sur del ferrocarril hasta el Salto debido a la gran afluencia de turistas en la zona. La casa, que ahora es un museo, fue concebida como una estación de tren, que además fungió como hotel para los que no alcanzaban a regresar a la capital después de su visita. Así duró hasta mediados del siglo XX. Después la convirtieron en restaurante, pero la contaminación del río Bogotá hizo que comer en la zona se convirtiera en algo insoportable: los olores que emanaba el agua desplazaron a los clientes y el restaurante cerró en 1980. Blanco y su esposo comenzaron la recuperación de la casa, su historia y entorno en 1994.

Foto A. Rueda

Los datos anteriores, la historia de la estructura y sus cambios son compartidos por medio de exposiciones y monitores pedagógicos que allí trabajan. Todos ellos, campesinos de la zona, se visten con el traje que los distingue como trabajadores de la casa y cuentan la historia de un lugar que fue construido con el objetivo de conectar personas. Entre semana sus labores rurales los ocupan. Los fines de semana y festivos se encargan de recordarles a los visitantes por qué la memoria tendría que ser concebida como un músculo que se debe ejercitar con frecuencia. La memoria, una función vital para recoger huellas, entender cambios y reconocerse en el transcurso del tiempo.

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La Casa Museo y la Reserva (que abarca catorce hectáreas) se sostenían con el dinero de la taquilla; pero ahora no hay visitantes: la plata se agotó. Hasta el momento, Blanco no ha tenido que despedir a ninguno de sus empleados, la huerta sigue creciendo y los animales se han alimentado regularmente. Hasta ahora la estabilidad no se ha roto. Por eso los fundadores de estos dos proyectos se las han ingeniado para conseguir dinero: las donaciones se promueven por medio de su página web y redes sociales. Ahí comparten información completa sobre cómo hacerlo y la forma en la que se emplearán esos recursos está explicada con detalles. Además, esta semana comenzará la iniciativa “El bosque de la cuarentena”. Las personas que quieran aportar tendrán la opción de comprar un árbol que podrán escoger entre las especies disponibles para plantar en el bosque de neblina que rodea el Salto. Cada uno costará $65.000. Cuando el dinero sea consignado, el comprador recibirá un PDF con una promesa: “Cuando superemos la crisis, usted podrá conocer su árbol”. El compromiso es que con ese dinero, además de sembrarla, la planta recibirá el cuidado que requiere hasta cumplir los tres años. Pasado ese tiempo podrá continuar sola. Como los tres corderitos, su vida se impulsará gracias a los cuidados de Blanco y Cuervo.

Foto C. Cuervo

“No queremos que nos regalen nada, solo pedimos que no nos dejen solos. Yo entiendo que somos una entidad privada y, por lo tanto, el Ministerio de Cultura no tendría por qué darnos dinero, pero sí podrían apoyarnos con, por ejemplo, comprarnos los libros que tenemos sobre la Casa Museo o la Reserva. También sería maravilloso que, después de que nos comencemos a mover, estudiaran la posibilidad de que se quitara el peaje que separa la zona urbana de Soacha con las veredas. Sin ese peaje para llegar al Salto, podríamos motivar a las personas para que nos visiten. No sabemos cuándo o cómo vayamos a recuperar la confianza para volver a los museos. Queremos que no nos dejen perder todo el trabajo que hemos hecho por esta casa y la reserva. Queremos que el Salto, su bosque y la casa sigan viviendo. Los necesitamos”, dijo Blanco, que además reflexiona sobre las lecciones que la cuarentena ha comenzado a darnos: la salud, el único estado necesario, sostiene la vida, y la vida se alimenta de esta Tierra herida que se regenera con nuestros ojos pegados a las ventanas.

Foto A. Rueda

Mediante la Resolución 3335, el 18 de septiembre de 2018 el Ministerio de Cultura declaró la Casa Museo Tequendama como Bien de Interés Cultural Nacional. Por su parte, el Ministerio de Medio Ambiente, en cumplimiento de la sentencia del Consejo de Estado y con el respaldo de los inventarios desarrollados en la Reserva Granja El Porvenir, declaró al Salto de Tequendama Patrimonio Natural de la Nación el 20 de noviembre de 2019. Por eso ahora el sostenimiento de estos dos proyectos es vital. En aquella reserva se renueva el oxígeno, nace el agua, los animales se resguardan y la Tierra descansa. Ahí estará la vida de la que podremos tomar para fortalecernos. En la Casa Museo, vigilante y guardiana de una cascada llena de misterio, se resguardan 93 años de experiencias que podrían darnos pistas sobre nuestro presente.

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Estos proyectos están dispuestos a continuar, pero necesitan ayuda. Sus deseos: que las hortalizas y los huevos que se producen en la huerta sigan alimentando a los campesinos de la zona. Que el agua abunde por el Salto. Que la neblina del bosque siga colándose por entre los árboles. Que la montaña siga quitándonos el aliento. Que atestigüe cómo fuimos capaces de defenderla y alimentarla. Que María Victoria y Carlos resistan. Que el frío continúe jugando con sus dedos. Que siempre haya café. Que recuperemos la confianza para volver. Que los tres corderitos se conviertan en corderos. Que siga brotando la vida.

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