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¿Qué es ser mujer moderna?

La exposición parte de un suplemento de El Espectador que circuló en Bogotá entre 1926 y 1927, y muestra las preocupaciones y luchas de las mujeres de la época.

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Sara Malagón Llano
26 de diciembre de 2013 - 08:24 p. m.
Una de las secciones de un número de la revista. / María del Pilar Rodríguez Duplat
Una de las secciones de un número de la revista. / María del Pilar Rodríguez Duplat
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“¿Una mujer culta puede ser madre?”, se preguntaba una mujer en la década de los 20 del siglo pasado, pues en el imaginario de la época una mujer culta era racional, fría, y había perdido la ternura y la capacidad de amar.

Otra se preguntaba: “Yo no sé si soy vanidosa porque estoy saliendo a la calle y estoy tomando el tranvía. Muchos dicen que soy detestable. ¿Será que estoy perdiendo mi feminidad?”, y otra se defendía diciendo: “Yo no soy feminista, soy femenina”, porque las feministas no eran bonitas, no eran madres y eran masculinas... ¿Ha cambiado acaso el prejuicio?

Estas y otras preguntas aparecieron en un suplemento dominical de El Espectador entre 1926 y 1927, el cual es punto de partida de la exposición La mujer moderna del hogar. Una mirada a la mujer de los años veinte desde la revista Hogar, muestra que estará en el Archivo de Bogotá hasta principios de febrero. En esta revista Bogotá aparecía como un territorio en movimiento y transformación que era testigo de la emergencia de un nuevo imaginario alrededor de lo femenino.

En 2003 Marcela Gómez, curadora de la exposición, recibió una beca de literatura del Instituto Caro y Cuervo para investigar sobre publicaciones y revistas de los años 20 en Bogotá que mostraran la emergencia de nuevas subjetividades. Fue así como dio con la revista, que inmediatamente llamó su atención porque estaba dirigida por una mujer y no por un hombre.

Ilva Camacho es una de las pocas mujeres que aparecen en un diccionario bibliográfico de los treinta, pero no por ser una heroína, como Policarpa, o una escritora romántica, como Soledad Acosta de Samper, sino una “escritora de estilo varonil”.

Camacho fue la primera que se atrevió a escribir en letra de molde, es decir, fue la primera periodista, la primera en dirigir un suplemento que no sólo tenía artículos escritos por ella, sino que incluyó una sección en donde se abría un espacio de opinión y debate. Entre secciones fijtas, como “La mujer y la casa” y “La educación de los hijos”, nacía otro tipo de periodismo, caracterizado por secciones abiertas que iban dando forma a la emergencia de un espacio participativo femenino: “Al principio son muy tímidas, tanto así que Ilva Camacho se inventa un pseudónimo, ‘Campesina’, para firmar artículos y secciones que incitaran a escribir, como ‘cuántas cosas diría si supiese escribir...’. Empieza entonces a interpelar a las mujeres para que escriban y expresen su opinión. ¿Por qué tanto misterio alrededor de una mujer que escribe?”, dice Marcela Gómez.

Escribir en letra de molde implica, en primer lugar, saber escribir. El nivel de escritura de las mujeres a principios del siglo pasado era precario. En la escuela primaria, que era casi siempre el nivel educativo más alto al que podían aspirar, se les enseñaba lo básico para que cuando se casaran pudieran escribir la lista de mercado o una que otra carta. Aprender a escribir era entonces un acto de rebeldía.

La escritura de molde, además, es una escritura pública. ¿Qué implicaba que una mujer fuera vista y leída en una época en la que incluso estaba muy mal visto que saliera de la casa sin su marido o su padre?

En la revista apareció la carta de una lectora que decía: “Alguien le dijo a una amiga que yo estaba escribiendo una carta para la revista y ya me dicen bachillera”, término despectivo que los hombres utilizaban para burlarse de la capacidad intelectual de las mujeres.

Ser una mujer moderna implicaba —e implica— enfrentarse a espacios públicos y territorios de autoridad y legitimidad masculina. Surge entonces una contradicción, que la revista evidencia: con la llegada de la moda la mujer bogotana no sólo quería sino que se veía obligada a salir a la calle, a mostrarse, pero al hacerlo, así fuera maquillada y vestida a la moda, perdía su feminidad. Otra línea de mujeres, ya influenciada por el feminismo europeo, luchaba por los derechos civiles de la mujer —en ese momento inexistentes: no tenían siquiera el derecho de propiedad sobre sus joyas y vestidos— y por que las mujeres pudieran ir a la universidad. Ilva Camacho era una de esas “feministas” —y no “femeninas”— que querían que las mujeres estudiaran. Sería en 1935 que una mujer entraría a estudiar medicina en la Universidad Nacional de Colombia.

Ambas tendencias, ambos tipos de mujer moderna, transgredían el orden establecido: todas perdían su feminidad, porque exponerse, de una u otra manera, iba en contra de la figura de la buena madre y esposa. “La moda, mucho peor que la peste bubónica, invadió a mi pobre compañera”, escribió un hombre en la sección abierta.

La revista puso en escena una voz plural, diversa y conflictiva, y en evidencia los debates de la época, las discusiones, las luchas. Las secciones abiertas mostraban que la mayoría de mujeres sentía que no tenía derechos, autonomía ni libertad.

saramalagonllano@gmail.com

Por Sara Malagón Llano

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