El Magazín Cultural
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Quedarme en tu recuerdo

En homenaje al poeta uruguayo, su amigo Ricardo Bada hace una semblanza.

Ricardo Bada / Especial para El Espectador
21 de mayo de 2009 - 02:17 p. m.

El 20 de agosto del año pasado, en estas mismas páginas, publiqué un artículo sobre aquél Benedetti a quien era bastante la gente, entre la intelligentsia española, que lo había encasillado en un Index tan feroz como el de la Iglesia Católica en su día. Para esa gente, Benedetti era Maladetti. ¿Por qué?

No puedo sino repetirme. Que entendería que hablasen mal de él como escritor, porque no les gustase lo que escribía: no tenía por qué gustarles. Pero es que hablaban mal de él, como escritor, con auténtico encarnizamiento. Incluso lo hacía gente por lo demás muy comedida y respetuosa con el resto del género humano, pero no con este polígrafo oriental (uruguayos sólo son los futbolistas, según Borges).

Analizando el tema, hallé dos explicaciones de esa inquina. La primera: porque pese a todos los pesares, jamás dejó de defender a la Revolución Cubana. La segunda: porque su poesía goza de un éxito de público sin precedente desde los tiempos de Neruda y los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Y para colmo, la juventud lo leía, y lo lee, como lo leyeron sus padres e incluso sus abuelos. Entonces, ambas cosas se la cobraban en forma de ninguneo. Y con saña, porque ¿cómo, si no, ningunear una carrera literaria de más de sesenta años bien cumplidos?

Me encontré con Mario muchas veces en mi vida. En Fráncfort, en Berlín, en Madrid (donde tantas veces comimos juntos en unos restaurantitos chiquitos y recoletos que siempre elegía él, dejándome a cambio la elección de los vinos). La última vez que nos reunimos fue en su Montevideo querido, allá por enero de 2002, cuando nos dedicó –en el apartamento 702 de Zelmar Michelini 1337– un ejemplar de su libro de los haikus.

La noche del domingo me llegó la noticia de su muerte por un colega argentino que vive en California. No por lo ya esperada nos conmovió menos. Mario era un amigo muy querido en la casa de los Bada, donde fue nuestro huésped alguna que otra vez. Así es que si me piden que escriba de él, en estas circunstancias, para no echarme a llorar no podría sino repetir los lugares comunes.

Como ese de que en 1960, con La tregua, se dio a conocer definitivamente –¡y de qué modo!– más allá de las fronteras de su país y de su lengua: esa novela suya, breve, tal vez su obra maestra, superó las cien ediciones en español, fue traducida a diecinueve idiomas y adaptada al cine, al teatro, la radio y la TV. Recuerdo que un día, platicando con Mutis, le pregunté por Mario, y Álvaro silabeó con admirada envidia: “Ese comunista que me robó La tregua…”. Porque, ¿qué escritor que la haya leído no hubiera deseado ser el artífice de tal joya?

A título anecdótico, y para evidenciar la popularidad de Benedetti entre el público lector, recordaré una vez más aquí la anécdota entrañable de que en Madrid había una call girl, Sandra, que se anunciaba con un endecasílabo suyo: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. Y sí, Mario, esa era tu táctica. Sumamente exitosa, por cierto, puesto que te has quedado para siempre en nuestra memoria.

Por Ricardo Bada / Especial para El Espectador

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